Alda Merini: amor a la vida

Por José de María Romero Barea

Regresamos a las fuentes de lo numinoso inmersos en la conciencia de un universo apenas perturbado por nuestra presencia. Nuestra imaginación registra meticulosa el inicio del proceso: “El nacimiento es el evento supremo de nuestra vida. En el cuerpo natural del ser humano se encuentra el germen de lo que éste será el día de mañana, los amores que encontrará, las fatigas los cinismos, incluso la muerte”. Al igual que los poetas Donne o Herbert antes que ella, la creadora de Cuerpo de amor (2009) desciende a la metafísica. El espacio entre los versos evoca la práctica de utilizar formas espaciales para encapsular la experiencia psico-espiritual del abismo que la engulle.

Los poemas de Alda Merini (Milán, 1931 – 2009) actúan como dispositivos sonar de una occidental, contemporánea conciencia. Exploran las profundidades mediante radiotelescópicas composiciones que auscultan, precisamente, lo que no queremos oír. En su autobiografía Delito de vida (1994; Vaso Roto 2018, Edición de Luisella Veroli; Traducción de Jeannette L. Clariond) sus meditaciones, intensamente enfocadas, sensualmente flexionadas, nos informan acerca de pensamientos que son sensaciones, prestas a capturar instantes de rapto, idiosincrasias de la percepción a través de las cuales la autora de Magnificat (2009) halla equivalentes, muestra intensidades, diseña diagramas.

Viajera a través de un universo mental que cambia de continuo, capaz de penetrar en otras dimensiones, el alcance de sus percepciones y su sentido de la obligación informan un yo aumentado en la repetición de infinitos indiferentes que se eliminan entre sí: “Si existe una gnosis que ha acompañado al poeta y además lo ha obsesionado siempre, es la mujer. Es decir, el valor de su contrario. La inversión afectiva hacia la mujer ha sido el hacer poesía abstrayéndola de su realidad. Y ahí está la mujer como objeto del amor, la musa. En suma, el amor es una gran bella locura”. Al leer Delito, crece la sospecha de que lo importante puede ser no lo que se ve, sino lo que se ha visto: la escala prevista de las cosas, invertida en sus efectos.

Dada su preocupación por lo fenomenológico, lo sobrenatural de la imaginación de la escritora de La carne de los ángeles (2009) surge sensibilizada por las amenazas, en un memorial que nunca se olvida del femenino talento para la guerra: “La vagina es como un animal prensil con vida propia, tan es así, que es capaz de crear. El violador se apodera de esta parte animal de la persona violada, no de su alma”. Tras del colapso de los sistemas, la seducción de un nihilismo que apenas contempla la aniquilación. Frente a todo lo anterior, se enfrenta la tipografía a la prosodia en líricas afirmaciones, primitivos rituales destinados a sofocar existenciales miedos.

Nuestra insondable voluntad de esperanza se explora aquí en pensamientos singulares, impredecibles, seductores: “Todo esto es amor a la vida; pues, sin que importe cómo se quiera y se pueda morir, siempre quedará una huella nuestra. Y no es la carne. Aun así, lo único tangible que queda para el ser humano es lo que se ve”. En el décimo aniversario de su fallecimiento, presente en cada signo, la producción de escritora y poetisa italiana, Premio Librex Montale 1993, se cumple en la experiencia vertiginosa (y a veces embriagadora) de caer a través de las grietas del significado, de la conciencia, del tiempo. Fascinada por las desconcertantes alteraciones en la percepción, por los contratiempos en el flujo de lo cotidiano, su escritura resucita fascinada por la cadencia entre las brechas.

Sevilla, 2019

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