En un texto clásico acaso quepa siempre, como deuda estética, el reconocer la grandiosidad de la palabra, que, queriendo llegar hasta el dios, adquiere en la voz del poeta un sentido y elocuencia, desde lo más sencillo, que le hace erigirse en modelo de armonía, de concordia entre naturaleza y mito.

Cuando tenía quince años tenía muy claro que no quería vivir una vida corriente. Quería conocer mundo, explorar cosas nuevas, quizás perderme entre selvas o desiertos e incluso estar al pie del cañón en una guerra y poder hablar de ello a todo aquel que me quisiera escuchar. Pero los […]

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