
Los teólogos orientales aseguraban que el mundo físico no era más que el borrador imperfecto de una conversación que los dioses mantenían en la penumbra. De modo semejante, el autor de este compendio de poesía de la naturaleza no presenta su obra en el sentido bucólico tradicional, sino más bien como un catálogo de variaciones sobre la percepción, un inventario sucinto donde las formas visibles buscan justificar la conciencia del observador. ¿Qué sucede en las cosas cuando las contemplamos? ¿Y qué sucede en nosotros, que no podemos contemplarlas sin incorporarlas a nuestra propia incertidumbre? En las páginas se disponen, con una cadencia deliberadamente pausada, mirlos que fijan su atención en insectos, olas que repiten una partitura inmemorable y barcos que dibujan trazos efímeros entre dos nadas. Hay en esta disposición geométrica de versos una sospecha recurrente: que las cosas existen únicamente en la medida en que son pensadas o miradas. El autor formula el problema con la serena perplejidad de un físico antiguo. Si el mirlo devuelve la mirada al caminante, ¿comparten acaso el mismo universo o habitan dos ficciones paralelas que se cruzan por puro azar?
El entramado del tiempo se disuelve mientras el poeta aborda su devenir sin angustia; bajo su mirada, el tiempo es una sustancia maleable, un espacio donde el pasado y lo venidero pierden sus fronteras. El ayer y el mañana se superponen en el vuelo de un gorrión o en la marcha cautelosa de un caracol tras la lluvia. El paisaje deja de ser un decorado exterior para convertirse en un pliegue de la propia memoria del narrador; la experiencia individual y el ciclo natural obedecen a duraciones distintas, aunque coincidan durante unos instantes. El verso «El primer amanecer: ya ha sido antes; será mañana» disuelve la flecha cronológica y postula una suerte de eterno retorno, donde cada amanecer contiene todos los amaneceres posibles que le precedieron y los que le sucederán.
De hecho, esa insistencia circular se manifiesta también en el viento o en el fluir de la marea, que parecen calculados como si un metrónomo marcara un tempo en el que «Nada desaparecerá, pero nada volverá a recuperar su ser» (p. 15). Las cosas permanecen en sus efectos, en los recuerdos y en las transformaciones que han provocado, pero su presencia original no puede restituirse.
Los objetos cotidianos —un plato, una taza o la servilleta con festón de ganchillo al borde de la mesa— adquieren en esta obra una gravedad casi teológica; el texto se detiene a preguntar: «¿Estarán tranquilos cada vez que les ubican ahí, cerca del borde?». En esa inquietud singular y bellísima por el estado anímico de la porcelana y el lino, los objetos se convierten en custodios de una vigilia secreta, pendientes de una caída que es también una alegoría del destino humano.
A lo largo del texto se percibe un sistema de imágenes creado a través del campo semántico de lo textil y que señala que las cosas son «urdidas» (p. 15), que la orilla «confecciona» su figura (p. 24), que la tarde se «deshila» (p. 63), o que los días son «un transcurrir de hilo» (p. 71). Esta, creo, es la «artesanía de las palabras», a la que hace referencia el autor: los versos como tela que se hace y se deshace, y el poeta que la teje y la desteje a través de las páginas.
Escribir de la naturaleza sin convertirla en un catálogo de estampas exige desconfiar tanto de la descripción ornamental como de la tentación de revestir cada imagen con un significado trascendente. Por eso, el lenguaje renuncia al adorno inútil para operar como una herramienta de precisión metafísica que traza un mapa de perplejidades a través de notas al margen de la existencia. En pasajes como aquel que reflexiona sobre el acto de mirar —«Mirar guarda disposición a amar; ¿quizás porque mirar es mirarse?»—, el libro desvela que sus páginas forman un espejo cóncavo donde el observador, al contemplar el vuelo de una gaviota o el temblor de una hoja en noviembre, termina por descifrarse a sí mismo.
Rodolfo Leiva
Profesor, crítico literario