

Las novelas de espionaje están conformando una sólida parcela dentro de la extensa obra del británico William Boyd. Tras sus brillantes Sin respiro y Esperando el alba, fue incluso elegido por los herederos de Ian Fleming para recrear, en su novela Solo, al más famoso de los agentes secretos.
La luna de Gabriel es una nueva incursión en el género, y su personaje, Gabriel Dax, va a ser el protagonista de una trilogía cuyo segundo volumen, The Predicament, está ya pendiente de traducción. Boyd justifica en una entrevista su querencia por este tipo de novelas cuando afirma: “Siento que el mundo del espionaje es, en realidad, la condición humana en su máxima expresión. Todos hemos traicionado a alguien. Todos hemos mentido a alguien”
De una forma muy cinematográfica el texto comienza con un terrible incendio del que escapará milagrosamente Gabriel, pero que le dejará secuelas psicológicas. En Esperando al alba el protagonista acudía a la Viena de 1913 para tratarse cierto problema psicosomático con un discípulo de Freud, cuya terapia consistía en negar el hecho traumático creando una realidad paralela que asumiría el paciente. Por el contrario, la psicoanalista que trata a Gabriel pretende resolver su problema de insomnio haciéndole recuperar los recuerdos ocultos del incendio para reconstruir con ellos la realidad del suceso. Las investigaciones que lleva a cabo Gabriel crean así una línea argumental secundaria.
La principal arranca, al cabo de los años, en Léopoldville: Gabriel es un exitoso escritor de libros de viajes que, aprovechando su estancia en el recién independizado Congo, realiza una entrevista a su primer ministro por encargo del periódico para el que trabaja. Las cintas de la misma se convertirán en un objeto deseado por distintas agencias de inteligencia y, por lo tanto, en un objeto peligroso. Aquí Boyd deja patente el peso de los intereses de las grandes potencias a la hora de conformar el mapa geopolítico, tan cierto en los años 60 de la novela como en cualquier otra época. Quizás sea ese el trasfondo que da sentido a toda novela de espías que se precie.
La indispensable contrapartida femenina corre a cargo de la agente del MI6 Faith Green, que convencerá al protagonista para que haga de intermediario en unas transacciones aparentemente inocuas. Para ello se desplazará a Madrid y a Cádiz con el encargo de obtener un dibujo de cierto surrealista español y, posteriormente, al otro lado del Telón de Acero. No tardarán, sin embargo, en aparecer las sospechas y la desconfianza que llevarán a Gabriel a sentirse un simple instrumento en manos de otros, y a temer a extraños personajes como el que usa el nombre del exsurrealista y oulipiano Raymond Queneau. Hay, por cierto, otro guiño al grupo francés fundado en 1960: el nombre de la analista de Gabriel, Katarina Haas, no difiere mucho del de Catherine Haas, el primer personaje de la novela coral La señorita Haas, de la también oulipiana Michèle Audin.
Sin duda, los años 60 de la Guerra Fría son el marco idóneo para este tipo de obras, y Boyd les da vida adornando las peripecias de sus personajes, en el icónico Londres de la época, con objetos tan emblemáticos como los vehículos de la industria británica del momento: los Austin-Healey y Morris Minor, o el deportivo Mercedes 190 SL de Faith.
En definitiva, una entretenidísima novela con los quiebros argumentales que se esperan en un texto así, y con las vueltas de tuerca justas para no complicar gratuitamente un texto que tiene entre sus virtudes el no ser innecesariamente exigente con el lector.
Rafael Martín