
Desde que publicó hace más de cuarenta años su primera novela, Las joyas de la serpiente, Pilar Pedraza ha venido desplegando una obra en la que ha compaginado la ficción tenebrosa con el ensayo sobre arte, cine o mitos de la cultura popular, señalando el frecuente carácter misógino de algunos de estos en sus trabajos sobre brujas, vampiras, autómatas o mujeres barbudas. Pero son sin duda sus novelas y relatos los que la han situado en el Olimpo patrio de las narradoras de lo siniestro y extraño, lugar que comparte en divina armonía con Cristina Fernández Cubas.
A Pedraza le basta una imagen, una pincelada para suscitar el terror en lo que, hasta ese momento, solo era un relato de tintes macabros. Pero, de igual forma, puede rebajar la tensión con la ironía o el escepticismo de ciertos personajes. Características resultan también sus frecuentes referencias culturales, ya sean mitológicas, históricas, literarias, cinematográficas o simplemente legendarias y pertenecientes al acervo popular. O sus magníficas introducciones al relato con las que proporciona al lector el contexto y las expectativas más estimulantes. De todo ello se puede disfrutar en su último libro Perseidas.
Las diversas narradoras de estos textos suelen encontrarse en el desempeño de tareas de investigación de su ámbito profesional, cercano en ocasiones al de la propia autora, lo que les permite recrearse en textos extraños, esculturas soberbias o pinturas evocadoras. Son historiadoras, escritoras, alumnas de Bellas Artes o estudiosas del folclore, como la de ‘La yegua de la noche’. Aquí y en un entorno de cuento gótico, con castillo y hospital donde se tratan rarezas humanas de esas que tanto entusiasman a Pedraza, el horror corre a cargo de un caballo como aquel que, con ojos desorbitados, asoma su cabeza en el cuadro ‘La pesadilla’ de Johann Heinrich Füssli.
Cuando se trata de historia antigua o mitología clásica, Pedraza prefiere recrear los ambientes y dioses romanos, más truculentos que los griegos, como en ‘Locusta’, relato sobre la experta botánica y envenenadora al servicio de Agripina la Menor y, después, de Nerón. Y si es cuestión de buscar un momento histórico propicio a la diversión vampírica, nada mejor que el sangriento Terror de la Francia revolucionaria, como demuestra ‘Le Salon des Vampires’, magnífico relato lleno de ambiguos y estrafalarios personajes.
La leyenda popular se cruza con la nigromancia a través del famoso espejo de obsidiana del alquimista John Dee, cuya posible procedencia azteca permite a Pedraza relacionarlo con la Medea mexicana en ‘Encuentros con La llorona’. Si en este caso es el estudio de unas pinturas prerrafaelitas el que conduce a la narradora a un espeluznante encuentro, en ‘Angeología póstuma’ será el trabajo fotográfico de la protagonista, centrado en esos bellos ángeles que decoran los cementerios, el que le permitirá presenciar un inesperado combate.
Hay lugar también para historias protagonizadas por extraños insectos y misteriosas gemas, como las que se pueden encontrar en Mystic Topaz, la tienda esotérica donde se desarrolla el texto homónimo de la autora. Y lugar para la reivindicación. De la llamada Condesa Sangrienta en ‘Mon Rouge’, a la que la narradora defiende de su cruel leyenda atribuyendo su divulgación a la venganza de un primo rechazado. Y de la resistencia de las mujeres frente a nuevos encasillamientos.
En ‘Wiccana’, al alertar a una sobrina sobre ese personaje espiritual de la mujer maternal y bruja que aúna budismo oriental y esoterismo occidental, la narradora le advierte de que “no se destruye el patriarcado a base de brujería”, y es que “el mundo necesita menos brujas y más feministas, menos hechiceras y más ingenieras, menos sanadoras y más investigadoras”. Aprovecha también para hablarle de la quema de brujas y del film de Dreyer Dies Irae, porque el cine y sus iconografías están muy presentes a lo largo de todo el libro, no en vano Pedraza ejerce como profesora de Cine en la Universidad de Valencia.
Con otra introducción de Luis Pérez Ochando y con sus espléndidas ilustraciones se completa un texto que consigue sacarnos, al menos durante un rato y para volver con renovadas fuerzas, de, a ojos de una de las narradoras, “ese sueño insípido que llamamos realidad”.
Rafael Martín

Perseidas de Pilar Pedraza Martínez
Relatos abismales
De la ya extensa producción literaria de Pilar Pedraza, en la que conviven novelas de corte fantástico –tres de ellas ambientadas en la antigüedad clásica– con ensayos sobre la imagen y el papel de la mujer en la historia del arte y de la cultura, estudios monográficos sobre maestros del cine y varias colecciones de relatos –entre las que destacan Arcano trece y Nocturnas, ambas publicadas en Valdemar–, es en esta última faceta, en las distancias cortas, donde a juicio de muchos de sus lectores más brilla la fecunda imaginación de esta singular autora, feliz anomalía de nuestras letras. Perseidas. Relatos abismales reúne dieciséis cuentos narrados en primera persona donde lo autobiográfico se fantasea y transfigura, las anécdotas reales se subliman y en ellas acaban aflorando monstruos, espectros, pequeños dioses o personajes históricos soñados por un alter ego imaginario. «En el estrato más profundo de estos relatos late una curiosidad histórica, una anécdota libresca, un destello visto en el mercado, una chispa volandera que la ostra va recubriendo de nácar, capa tras capa, hasta lograr una perla», comenta Pérez Ochando en la presentación. Lo fantástico se manifiesta en una mariposa, una piedra de ámbar gris encontrada en una playa, o un cristal de roca comprado a los pies de una pirámide e ilumina el relato como perseidas caídas desde el abismo de los cielos.