La valenciana Carmen Amoraga lleva una trayectoria notable: en 1997 obtuvo el Ateneo Joven de Sevilla con Para que nada se pierda, más tarde fue finalista del Nadal con Algo parecido al amor y ha vuelto a quedar finalista del Planeta con El tiempo mientras tanto. LEER MÁS
Lo que existe, más bien, es un problema de diccionario, un vacío léxico entre la novela rosa (que es lo mismo de buena o mala que la literatura vampírica, por ejemplo) y lo romántico, un vocablo que integre lo sentimental y se distancie del sentimentalismo.
Hecha esta puntualización conviene aclarar que la novela de Amoraga no es el drama de una pobre chica, María José, que queda en coma tras un accidente de tráfico y de su atribulada madre que la atiende escindida entre el deber y la culpa. El tiempo mientras tanto habla de otro drama, el de la frustración por no haber vivido las vidas que quisimos o que creímos querer. Dicha frustración no es baladí ni anecdótica, afecta a todo quisque en mayor o menor medida, la padeció hasta la enajenación Alonso Quijano.
Con acertada voz narrativa y huyendo de imposturas maniqueas se desdobla Amoraga en María José, Pilar, Fermín, Paco y Marga para componer un collage de ilusiones truncadas, rivalidades, egoísmos, engaños y rencores, un pequeño repertorio de la amalgamada condición humana. Especialmente conmovedora es la relación –o ausencia de ella- entre los padres de la accidentada, Pilar y Paco, cimentada en la conveniencia y carcomida por recíprocas expectativas fallidas. Y sin embargo, al trasluz de su resentimiento, a Pilar le lastima el solitario dolor de Paco ante la desgracia de su hija. No nos es del todo indiferente el prójimo si su dolor es el nuestro, parece sospechar Pilar mientras la ocasión de averiguarlo y quizá de hacer reparaciones se le ha echado encima, un agorero tempus fugit que la escritora nos asesta desde el título.
Perturbadora es también la truculenta –y por ello verosímil- historia de Goumba, el pequeño inmigrante cuyas ensoñaciones de prosperidad europea se ven trágicamente defraudadas por un resbalón en un charco de lluvia y aceite.
El argumento de esta novela recuerda remotamente a la película Hable con ella, no en vano la menciona Amoraga en las primeras páginas. Por cierto, no hemos oído nunca que a Pedro Almodóvar, cuyo cine es puro sentimiento hiperbólico, se le haya llamado nunca cineasta romántico. ¿O sí?
LALE GONZÁLEZ–COTTA
Los comentarios están cerrados.