Malditos de Arturo del Burgo

La cuestión podría ser: si un exceso de novelas de caballería puede llevar a intentar emular las aventuras de un caballero andante, o un abuso de novelas románticas a querer huir de la monotonía conyugal, ¿de qué manera puede afectar la obsesión por la novela negra?, ¿puede conducir al crimen a ciertos caracteres y en circunstancias concretas? Arturo del Burgo, sin aspirar a crear un personaje arquetípico como hicieron Cervantes y Flaubert, da su personal respuesta por medio de un endiablado thriller con referencias literarias.

Del Burgo crea con Malditos una suerte de compendio de personajes y situaciones propios del género. En sus páginas aparecen una subinspectora carente de empatía y con impulsos violentos, una excomisaria jubilada que la ayudará en la investigación, frases crípticas dejadas por el asesino junto a sus víctimas, pistas que conducen a clásicos de las novelas de misterio y policíacas, o un grupo de estudiantes interesados en ellas dirigidos por un profesor especialista en las mismas: el elemento esencial del subgénero dark academia.

Dos son los escenarios al comienzo de la narración. Por un lado el intento por parte de la policía de evitar un nuevo crimen que se sume a la lista de los que, cada cuatro años y en la misma época, se vienen sucediendo con siniestra periodicidad. Y por otro el acuerdo que, como un juego y un desafío, van a llevar a cabo tres de los antiguos participantes en aquel lejano grupo universitario: intercambiar durante una semana las vidas de lujo que ellos y sus parejas disfrutan.

Estos dos escenarios iniciales se van a ramificar dando lugar a otros que siguen más de cerca las actividades de distintos personajes. Entre aquellos va saltando la acción mediante capítulos cortos que incitan a avanzar a un lector que no encuentra el momento de tomarse un respiro. Se intercalan también los necesarios flashbacks y la transcripción de unas cintas grabadas por uno de aquellos estudiantes, añadiendo nuevas piezas al puzle. Una de estas será la aparición de una orquídea en el lugar donde se encontró a la primera de las víctimas, siempre mujeres jóvenes, en un claro desafío a los investigadores.

Naturalmente, la aparente desconexión entre el juego de los amigos y los crímenes del librero, como los denominan los medios, se irá aclarando, de la misma forma en que todo irá encajando conforme avanza la novela. Un resultado tanto más meritorio por cuanto son múltiples y variados los elementos que un incontinente Del Burgo pone en acción. Y aunque las sorpresas se suceden hasta el final y el autor nos va proponiendo sutilmente diversos asesinos, no será necesario llegar a la conclusión del texto para descubrirlo, un recurso que no hace sino añadir tensión al relato.

No es la primera vez, por cierto, que Del Burgo recurre a la literatura como soporte interno de su thriller. Así lo hizo con el anterior, No mientas, en el que el asesino anuncia sus crímenes mediante una novela que va publicando en la red. 

Finalmente, no hay que ser muy exquisito para lamentar la presencia en el texto de algunas erratas, ciertos errores gramaticales y alguna desconcertante incoherencia, sin llegar, afortunadamente, a confundir adjetivos con adverbios como hacía Javier Castillo, entre otros gazapos, en su primera novela, no sé en las demás. Supongo que tanto autor como editor (¿existen correctores en todas las editoriales?) no repararon en aquellas imperfecciones inmersos en el vértigo de una novela que, por longitud y argumento, iba a ser candidata a acompañar al lector en su despreocupado descanso estival.

Rafael Martín