
Los españoles Bernardo de Gálvez y Luis de Unzaga y Amézaga, junto al suegro de ambos, el francés Gilberto Antonio de Saint Maxent, han pasado a la historia gracias a la colaboración a la financiación, creación de redes de espionaje y campañas militares, que hicieron posible la independencia de Estados Unidos.
Lo que se nos olvida es que no detrás de un gran hombre hay una gran mujer, porque esas mujeres más que atrás, estaban a su lado. Las hermanas Felícitas e Isabel Saint-Maxent, junto a su madre, tuvieron mucho que ver en los subterfugios planificados para la creación de la futura superpotencia. A través de sus hijos, el matrimonio formado por Elisabeth y Gilberto Antonio, formaron una de las redes más influyentes en las colonias. Entre salones y salas de bordados, se tejieron alianzas y redes que lo permitieron. Criadas y educadas desde la más tierna infancia para ser gobernadoras.
Cruz Sánchez nos narra la influencia de estas mujeres fuertes y de como contribuyeron a la causa, siendo su participación tan importante como la de sus cónyuges. Los hechos serán narrados desde el punto de vista de sus protagonistas, donde la hija de Isabel recopilará los datos, componiendo la historia real de su familia y de cómo sus actos fueron de crucial importancia, provocando que cambiase el rumbo de la historia del mundo.
La propia autora se declara descendiente de tan intrépidas damas, y como es lógico, no podía dejar en el olvido las hazañas de sus antepasadas. La historia nunca ha sido justa con las mujeres, por ello es justo señalar que estas han sido igual, o más, relevantes que sus compañeros.
La novela transcurre cuando ambas hermanas ya son viudas. Isabel aún conserva su estatus. Reside en Málaga junto a sus hijas, las que permanecen soltera. Sus vidas transcurren de forma tranquila, donde el pasado solo permanece en la memoria de la matriarca, y es ignorado por las nuevas generaciones, como ella misma desea.
Un día llega a casa la hija pequeña de su hermana Felícitas desde Aranjuez. Pues no quiere que la niña sufra el ostracismo al que ha sido condenada al considerarla afrancesada en una corte donde lo francés es enemigo. La que un día fue condesa de Gálvez y virreina de Nueva España. vive sus últimos días casi en el destierro.
Será en la visita de la hermana donde los recuerdos se esfuercen por quedar patentes en negro sobre blanco a través de la mano de una de las hijas de Isabel, al principio arrebatados a tirones, pues es la abuela, que se encuentra aún al otro lado del Atlántico, la que insiste en que el la historia familiar no ha de caer en el olvido, aun con la reticencia de las hermanas.
Cruz, conocida abogada y activista relacionada con los derecho humanos, publica esta, su cuarta novela, donde no podía dejar pasar la relevancia que tuvieron, en la creación de Estados Unidos, estas mujeres singulares.
Con una prosa florida, deleitará al lector, que se habrá de detener y disfrutar de forma minuciosa el lenguaje cuidado que utiliza esta escritora.
La narración es pausada, por lo que esta novela no es para todos los lectores. Está destinada más a aquellos y aquellas que buscan un rincón cálido entre renglones, que se degusta, de manera serena, sin sobresaltos en la narración. Esto no significa que no pueda emocionar, pues su literatura está plagada de momento emotivos.
Un gran trabajo de investigación avala la ambientación en todos los aspectos que envuelven la historia.
Una novela sosegada en la que descubriremos hechos históricos que nos sorprenderán, y donde se hace justicia a una actrices consideradas secundarias, cuando merecen el reconocimiento de protagonistas.