
Punto de araña es la deslumbrante primera novela de Nerea Pallares, una obra marinera y coral, narrada desde el punto de vista de las mujeres que permanecen en la orilla. En ella, la escritora entrelaza realismo social y elementos míticos para relatar una rebelión femenina en la Costa da Morte.
El libro cuenta la historia de Ari, quien llega a Camariñas, un pueblo laberíntico que le resulta extrañamente familiar, para encargarse del museo del encaje y ejercer como guía turística, sin saber aún que las mujeres de la localidad han tomado una decisión que está a punto de cambiarlo todo. Hartas del egoísmo de los hombres ausentes, dueños del dinero y de las decisiones, y de sostener la voz de todos sin tener una propia, las encajeras o palilleiras –que son también rederas, mariscadoras y trabajadoras de la conservera– deciden acabar con esta situación de una forma drástica y peligrosa: llamando a las arañas. Tres deidades dotadas de un poder y una sabiduría ancestrales.
A partir del gesto ancestral de tejer, el libro explora el vínculo entre lenguaje, trabajo y poder.Con una prosa rica y poderosa, la novela construye un universo propio donde lo simbólico es también político; una fábula contemporána que reactualiza lo mítico para hablar de la amistad femenina, la importancia de la comunidad y de la transmisión de los oficios tradicionales.
Punto de araña es una oda a las que tejen las redes invisibles que nos sostienen; a las manos que, en silencio, entrelazan el mundo y a las manos de las amigas, red de redes.
| «Que la literatura es tejido, texto, como la vida, lo sabíamos, pero se nos había olvidado. Pallares nos lo recuerda con una novela atlántica sobre el sentido de las sociedades y del mundo, sobre los ritos y los mitos, sobre herencia y revolución. Su escritura, dionisiaca y salvaje, es, también, sabiamente apolínea, de perfección controlada y cristalina. Literatura de la buena, de la que quedará, que nos confirma que nada está perdido.»Blanca Riestra «Nerea Pallares trenza con maestría magia y realidad en un finísimo encaje de bolillos donde todo me enamora. Una novela corta e intensa, con el rumor de fondo del oleaje del mar bravío, a la que no le sobra ni le falta una palabra y en donde cada puntada sostiene la trama, dejándonos sin aliento.»Marta Barrio «Un debut original en el que Nerea Pallares teje y teje palabras hermosas e inquietantes, palabras a veces olvidadas y recuperadas, qué bien, por ella para dar forma a esta novela misteriosa con la que reivindica voces y cuerpos silenciados y que nos la descubre como una de las voces más delicadas de la narrativa actual.»Fernando Navarro |

| Sobre la autora |
| Nerea Pallares |
| Nerea Pallares Vilar (Lugo, 1989) es licenciada en Periodismo por la Universidad de Santiago y máster en Estudios Comparativos de Literatura, Arte y Pensamiento por la Universitat Pompeu Fabra. Es autora de las colecciones de cuentos Sidecar (2015) y Los ritos mudos (2021), y algunos de sus relatos se han incluido en antologías como Pena negra (2022) y Ellas, las extrañas (2023). Con el original gallego de Punto de araña (2025; Libros del Asteroide, 2026) ganó en 2025 el Premio García Barros. |
| «Estamos acostumbrados a las grandes gestas de altamar que libran los hombres, pero para mí la verdadera épica está en otro lugar. En lo pequeño y en lo diario. En las manos de todas las que tejen lo cotidiano y, con ese gesto, sostienen el mundo. Y en las manos que, agarradas unas a otras, se sostienen entre ellas. Porque Punto de araña es, ante todo, una historia de amistad entre mujeres.» |
| Un fragmento |
| «Fueron los ojos. Y podría haber sido otra cosa. El mar salvaje y sin orilla, subido al asfalto en cada ola, que nada más llegar me mojó los pies. O quizás mis propias sensaciones: la lengua que se hizo sal, el pelo al viento en vertical como tentáculos de medusa y sentir que los cruces de tierra y musgo que componían los caminos de aquel pueblo me convocaban. O podría haber sido ese extraño espíritu que todo lo habitaba: el viento que azuzaba el agua y azotaba las puertas de las casas, la boca de la bahía abierta entre faros, las nasas tendidas en el puerto como un gran lomo de escamas, ocre, verde y gris, enroscado y adormecido. Ese pueblo-reptil que se había despertado embravecido, haciendo sonar la música violenta de los mástiles. Un laberinto que con su vendaval me llamaba. Pero fueron los ojos. Y no los de los habitantes, que aquel día eran ojos esquivos y hechos a ráfagas. Me di cuenta de que evitaban mirarse cuando en el cementerio abrieron un corro para dar sepultura a un ataúd y me dijeron que dentro había una niña. Hacía apenas unas horas que acababa de llegar y dejar en mi nueva casa las maletas, cuando me encontré con todo el pueblo reunido en aquel entierro. No faltaba nadie: por las calles vacías solo pasaba el temporal. En otras circunstancias nadie le habría dado explicaciones a una desconocida como sí hicieron conmigo, pero en mi caso era distinto porque ya sabían que era Ari, la del museo, la que había ido para quedarse, así que, de alguna manera, intentaban ponerme al tanto. Mientras el cura predicaba al fondo, entre susurros, las mujeres me hablaron del naufragio y de cómo el mar había escupido a la niña en la arena de Reira. Sacudían la cabeza en una negativa vehemente. Fue a navegar con el padre, le estaba enseñando a la niña a andar al mar, pero dime tú a quién se le ocurre salir con las mareas vivas. Pa’qué vale eso, dime tú, ‘pra procurar unha desghrasa e nada máis’. Y mira que la madre se lo dijo bien claro, hoy de aquí no la llevas, contigo no va, pero este nada, ho, así como le salió la mujer por la puerta, le faltó tiempo a él para marchar con la niña, ¿no sabes? Murmuraron algo más sobre aquellos hombres, estos merdentos que piensan que todo tiene que ser como dicen ellos. Y no es así, ¿eh? ‘O conto non vai ser así’, que aquello había sido demasiado y que iba a tener consecuencias. Y dijeron algo más sobre eso, sobre las consecuencias, que no escuché o que no entendí, que no entendería bien hasta mucho después, en cualquier caso. Fue entonces cuando me giré y los vi: aquellos ojos que también me miraban. De entre todas las señales posibles cuando llegué a Camariñas, fueron sus ojos los que me lo revelaron. Y no fue porque me preguntase, desde el primer contacto visual, si en aquella mirada dura y sin parpadeo con la que aquella mujer me aguijoneaba estaba, quizás, el dolor de esa madre a la que no habían hecho caso. No fue eso, sino otra cosa que supe enseguida a través de ellos. Los habitaba algo más allá de lo humano. Pasaría mucho tiempo hasta que volviese a ver a esa mujer de nuevo.» |