
| A sus ochenta años y tras recibir el Premio Nacional de las Letras Españolas 2023 por el conjunto de su obra, Cristina Fernández Cubas vuelve a ofrecernos un excelente volumen de relatos. Diez años han pasado desde el anterior, La habitación de Nona, con el que obtuvo el Premio Nacional de Narrativa y el de la Crítica, pero con las seis narraciones que componen Lo que no se ve sigue mostrándose como la gran autora española de historias inquietantes, sin menoscabo del otro pilar del género en nuestro país: Pilar Pedraza. Fiel a los temas y al estilo que han singularizado su obra, vamos a encontrar aquí, además de ambientes desasosegantes y situaciones escalofriantes, esa sutil ironía que puede rebajar la tensión de ciertas escenas o convertir en entrañable a algún personaje. A otros los veremos reflejados en esos espejos, metafóricos y reales, que pueblan los textos como insinuación constante de la idea de doble, tan querida por la autora. Un concepto que bien puede representar una pareja de hermanas, como la que encontramos en el relato que dio nombre a su primer libro, Mi hermana Elba, y en el que se lo dio al último publicado hasta este esperado retorno. Con unas hermanas, pues, tenía que abrirse este, las que, desde que imitaran en su infancia a las protagonistas del film de Robert Aldrich ¿Qué fue de Baby Jane?, han acabado identificándose con las Bette Davis y Joan Crawford de la siniestra cinta, incluso asumiendo una de ellas el papel de inválida. Y es que la duplicidad es pariente cercana de la simulación y la suplantación, y esta conlleva riesgos, como empiezan a comprender cuando perciben que no están solas en su mansión, una al notar a su espalda una sombra que escapa y la otra cuando descubre a un personaje desconocido que la mira desde dentro de sus pensamientos. A destacar el tratamiento que la autora hace aquí del narrador, tan deslumbrante como el que hacía del de ‘La habitación de Nona’. Hermanas, aunque no biológicas, son también Violeta y Adelfa, las protagonistas de otro de los relatos. Entre ellas existe un vínculo similar al que se establece entre algunas especies vegetales: la presencia de una potencia las cualidades de la otra. Pero la luz que hace brillar a Violeta cuando está junto a su hermana, es también la que ensombrece a Adelfa mientras esta va acumulando un rencor sombrío. El comienzo de algunos relatos recuerda, por su ambientación en una cotidianeidad reconocible y acogedora, a alguna de las historias que cuenta Fernández Cubas en su magnífico libro de memorias relatadas Cosas que ya no existen, mientras que, según se desarrollan, acaban por entrar en ese terreno nebuloso del misterio y lo extraño o, al menos, acercándose a su frontera. Así ocurre con ‘Momonio’, en el que un grupo de jóvenes amigos decide invocar “al Otro” sin sospechar las consecuencias de su temeridad. Esas fronteras se traspasan inadvertidamente por los protagonistas de los dos últimos relatos. En ‘Il Buco’ ese paso al otro lado se produce cuando el protagonista accede a una zona solitaria de la catedral por la que deambula. Allí recibirá unas misteriosas indicaciones de unas figuras en sombras. Pero lo que en principio podría resultar una interrelación perturbadora deviene en consoladora y propicia, como ocurrirá en el último texto. En este se vuelve al blanco y negro del primero, convocado ahora por una tienda que había pasado desapercibida para la protagonista y que recuerda a la de algún episodio de esas series de los años sesenta como La hora de Alfred Hitchcock o Dimensión desconocida. En el local la atenderá una mujer que parece adivinar sus pensamientos y la anima a hacer un recuento de su vida. Es de nuevo paradójica la sensación de plenitud que aquí también invade al personaje, porque, quizás, traspasar los límites de la realidad no siempre tiene que resultar terrorífico. Rafael Martín |