La obra póstuma de Sabino Portolés, de Piluca Ruiz

Siempre he dicho que admiro muchísimo a los escritores que se atreven a escribir relatos. Y, sí, utilizo el verbo «atreverse» porque me parece toda una hazaña. Si escribir es ya de por sí una tarea complicada que requiere múltiples talentos, si uno se decanta por la narrativa breve es que le gustan los retos. Y tú, lector, a estas alturas te estarás preguntando por qué. Si parece muchísimo más complicado escribir una novela de cuatrocientas páginas que un relato que apenas abarca unas quince. Pues la respuesta es muy sencilla: por el poco espacio que tenemos. 

En una novela, el autor tiene todo el tiempo del mundo —bueno, tampoco nos excedamos. Tiene «más tiempo»— para contar todo lo que tiene que contar. Tiene margen para jugar con las tensiones, el desarrollo de los personajes, el ambiente, el misterio… En cambio, el que se decanta por el relato breve sabe que tiene muy poco espacio para que todo eso cuadre. Y siempre hay que renunciar a algo, ¿no? Es imposible meter en un relato todo lo que cabe en una novela. Ahí, queridos amigos, es donde reside la valentía. 

Quería recalcar muy bien esto antes de empezar a hablaros del libro que vengo a presentaros porque creo que es importantísimo que tengamos claro de dónde partimos. Ahora bien, el libro protagonista de hoy es La obra póstuma de Sabino Portolés, de Piluca Ruiz. Quizás os suene el nombre de la autora, pues hace unos meses me pasaba por aquí para presentaros su novela El puente de una sola orilla, libro que me encantó y que recomendé a más no poder. 

Habiendo leído una novela de ella anteriormente —y que me había gustado tanto—, no era de extrañar que mi primer pensamiento fuera el de «a ver cómo se defiende en el relato breve» y a cada página que pasaba me iba asombrando más y más por su gran destreza en esto de juntar palabras. 

El comienzo es más que prometedor. Piluca Ruiz empieza con un relato llamado A la luz de una farola. Ese es el momento exacto en el que el lector se da cuenta de lo que tiene delante de las manos: unos relatos cuidados, muy trabajados, perfectamente escritos, irónicos, divertidos y con un punto gamberro, podríamos incluso llegar a decir. Este primer relato cuenta la historia de dos hombres que espían a la misma mujer. Uno, casado con ella, porque sospecha que tiene un amante. El otro porque sospecha que la mujer a la que ama en realidad está casada. Los diálogos se suceden uno detrás de otro, divertidos y con muchísima conexión, hasta que llegamos al final. El relato nos ha durado apenas diez minutos y necesitamos más. Continuamos con el siguiente. Así, hasta habernos leído los once cuentos que conforman este libro mientras pasamos por diferentes estados: habremos sonreído, frustrado, identificado o incluso enfadado con algunas de las historias que nos encontramos. Ahí es donde está la magia de este libro. 

Mientras lo leía no podía parar de imaginarme al Sabina poeta que tanto adoro. Esa forma de buscar la historia a través de los sentimientos que generan en el lector es algo que he identificado muy rápidamente. Y no solo por eso, sino también por el carácter cotidiano que encontramos en todos los relatos. Podríamos pensar que en cualquiera de ellos podríamos llegar a aparecer tú y yo y el resultado sería el mismo. Porque las personas que pasan por delante de nuestros ojos son personas reales, de verdad, con sus defectos y virtudes que han venido para contarnos una historia y para marcharse con lo puesto. Estoy segurísima de que tú, lector, te vas a encontrar dentro de alguno de estos relatos. Igual que he hecho yo. 

También me ha recordado un poco a los diálogos de los Monty Python. Esos que parecen un partido de tenis donde las contestaciones se van sucediendo unas a otras con algún chascarrillo y alguna nota de picardía donde el ingenio es el protagonista. Y donde, de nuevo, podemos observar la cotidianidad que rezuma por cada poro de cada palabra. Una obra, sin duda, muy difícil de escribir. 

Una cosa que tengo que alabar es que la autora haya querido darnos relatos tanto en primera persona como en tercera. Por ejemplo, el relato del que os he hablado más arriba está narrado en tercera, con un presentador omnipresente que sabe la verdad que une a esos hombres y que conecta enseguida con el lector. En cambio, hay un relato que me ha gustado especialmente llamado Muchacha desconocida al pie de la catedral, que está contado en primera persona y que hace que te identifiques muchísimo más con lo que se está contando, consiguiendo una mayor conexión e interés por parte del que está leyendo. 

En definitiva, La obra póstuma de Sabino Portolés ha sido un libro que me ha sorprendido gratamente en muchísimos aspectos, pero sobre todo porque he descubierto la pericia que tiene Piluca Ruiz a la hora de manejar las palabras. Termino esta reseña igual que he acabado el libro: con una sonrisa en la cara y la sensación de que esta mujer me tiene preparadas muchísimas más sorpresas en el futuro. 

Ana Segarra

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