Mujer al borde del tiempo, de Marge Piercy

Llega por fin la traducción española de esta novela de la norteamericana Marge Piercy publicada originalmente en 1976, un lanzamiento de Consonni que enseguida llamó mi atención: una obra de ficción especulativa protagonizada por Consuelo (Connie), una mujer chicana recluida en un opresivo sanatorio psiquiátrico, pero que, por su especial fuerza mental, acaba contactando y viajando a un futuro de tintes utópicos ubicado en el siglo XXII, guiado por el misterioso personaje de Luciente.

A lo largo de los diferentes encuentros con los habitantes de un pueblo llamado Mattapoisett, Consuelo conoce una sociedad en aparente armonía, de pequeñas poblaciones agrícolas, cuyo modo de vida parece una utopía anarquista, feminista e igualitaria, donde todos contribuyen con libertad al bien común y el sexo de una persona no predetermina su papel en la sociedad. Las criaturas nacen de máquinas y ambos sexos ejercen como madres. “El don está en crecer para cuidar, conectar, cooperar. Todo lo que aprendemos intenta hacernos sentir fuertes, en conexión con todo lo vivo” (p. 333), explica Luciente a Connie mientras cocinan.  Estas excursiones al futuro de la protagonista se alternan con sus intentos de sobrevivir en una institución que recuerda más a la novela Alguien voló sobre el nido del cuco que a un hospital moderno, con médicos carentes de comprensión por los enfermos e internos que están encerrados por ser homosexuales o por defender a su sobrina de un violento proxeneta-novio, como es el caso de Connie. Los tratamientos que recibe en este hospital son de todo menos terapéuticos; se centran en anular su personalidad, aunque la voluntad de luchar será más fuerte: “Por tanto, Connie ya no existía. Sin embargo, todavía estaba viva” (p.402).

Además de este viaje, Connie conoce otro posible futuro, opuesto al anterior, de consumismo, superpoblación, desigualdad, cosificación de la mujer y mercantilización universal. Una breve “visita” a esta otra posible realidad, y ya sabe que no desea volver, sino cruzar “al futuro correcto, al que ella deseaba” (p.431), aunque a veces critique los ideales de Luciente. Después de retornar, Consuelo cree que lo importante es evitar que ella y sus compañeros de reclusión sufran traumáticas operaciones cerebrales, pensando que tiene un papel en lograr que el futuro de Mattapoisett suceda y en evitar el futuro en el que conoce a Gildina y su “contrato” opresor. No en vano, Luciente le ha dicho muchas páginas antes: “El tuyo es un momento crucial. Los universos alternativos coexisten. Las probabilidades chocan y las posibilidades desaparecen para siempre” (p.239). Durante su escapada por el bosque, Luciente llama a nuestra época “la era de Avaricia y Desperdicio” (p. 231).

El contenido de la obra me ha cautivado  principalmente por dos motivos. El primero, empatizar con la lucha constante y el intenso sufrimiento que llenan la existencia de Consuelo, una mujer de 37 años, descrita por sus médicos como “obesa”, “violenta” y “esquizofrénica”, que ha ido perdiendo todo (su marido y su hombre, su hija, su trabajo, su salud, su libertad…) y que no cuenta con el apoyo real de su familia, que es un hermano aculturado en lo anglosajón. El segundo, la detallada y minuciosa descripción del modo de vida que ejemplifica Mattapoisett, que es esencialmente respetuoso con los seres humanos y con el medio ambiente, así como tecnológicamente avanzado en un modo que ayuda a las personas, sin someterlas a las máquinas. Los del futuro nos conocen como su pasado, que Bolívar diagnostica certeramente: “La separación patriarcal cuerpo-mente transformó el cuerpo en máquina y al resto del universo en un botín que la voluntad podía manejar a su antojo y sin freno, utilizando, descartando, destruyendo” (p.285). Leer afirmaciones así, de 1976, y constatar que seguimos básicamente en el mismo camino de cuerpos como campo de batalla y explotación sin límite de los recursos de nuestro planeta finito, resulta, cuanto menos, turbador.

Lo que más me ha llegado, sin  duda, es esa ventana a un mundo nuevo y mejor que se abre en la mente de un personaje que no creo que se llame “Consuelo” por casualidad (es una novela rica en nombres parlantes, como “Sibila” o “Bolívar”; en Mattapoisett puedes cambiar de nombre cuando quieras).  Imaginar otros mundos es un buen primer paso para pensar en transformar el nuestro, y el contexto feminista y contracultural en que surgió esta obra propiciaba ese tipo de especulación. Tal vez sea esta sea una buena definición de este libro: una lectura que transforma. Mujer al borde del tiempo llega a los lectores que, como me ocurre a mí, buscan en sus libros algo que los remueva por dentro y que les haga cuestionarse la realidad. La buena ficción especulativa no es un simple ejercicio literario que juega con la historia o la actualidad, sino que, como hace Marge Piercy en su libro, muestra en sus historias una profunda reflexión sobre la época en que se escribió.

Lo que resulta preocupante, sin embargo, tras la lectura del capítulo de Gildina (el del otro futuro), es que parece que nos acercamos más a su distopía opresora y destructora que al mundo agrícola, científico, artístico y libre de los habitantes de Mattapoisett. Esta triste sensación se acentúa con la muerte de un personaje del pueblo, que nos muestra que el fantasma de la guerra sigue planeando entre los amigos de Luciente, la cual nos recuerda que “El enemigo no es numeroso, pero tiene determinación. En su día gobernaron todo este mundo […] El pasado es un área en disputa” (p.358); el enemigo está vinculado al avance tecnológico más deshumanizador, plagado de robots y androides, pero apenas lo vislumbramos en estas palabras de Luciente. Y, en fin,  está el presentimiento de que lo que sus pacíficos ciudadanos llaman “trabajos de coordinación” y asumen como servir “a la necesidad” (p. 337) de modo rotatorio, en el fondo es el poder, y que las viejas (actuales) maneras de llegar a él y hacer uso de él pueden estar al acecho. El optimismo de Luciente y su fe en la sociedad en la que vive llegan a exasperar a Connie, que estalla en el capítulo Trece: “Nunca en la vida has estado desamparada, bajo la suela de alguien. Nunca has vivido donde te controlan tus enemigos, donde controlan tu vida o pueden barrerla de un plumazo. No puedes entenderlo. ¡Por eso te quedas ahí, llenándome la cabeza de eslóganes vacíos!”. Así es como Piercy incluye en su novela la crítica de esa sociedad que es el sueño de los movimientos contraculturales de la época con los que se relacionaba, o mejor dicho, de unos ideales que resultan demasiado lejanos para personas cuyo único afán es sobrevivir.

Esta edición cuenta con una introducción de la autora, escrita para la publicación en inglés de 2016 y una imagen de portada de rico simbolismo creada por Carla Berrocal. La traducción de Helen Torres tiene que haber sido particularmente difícil, pues los habitantes de Mattapoisett no usan  palabras (¡ni ropas!) con género binario. Por ejemplo, los pronombres que lo tienen son sustituidos por “persona” o “per”. Según explica la traductora, el lenguaje de los personajes latinos, negros y futuros es mezclado de español, inglés y latino, y los blancos hablan “español del Reino de España”. Esta distinción resulta bastante efectiva para expresar el distanciamiento entre los grupos sociales que se muestra en la obra, que está traducida en excelente español.

En conclusión, nos encontramos ante una de las publicaciones imprescindibles del año que comienza, una obra increíblemente intensa que me ha empujado a implicarme como lectora, que te atrapa por su modo de contar y por los temas que trata, que no deja indiferente. Nunca llegamos a saber si lo que vive Connie es real o no es más que un producto de su mente enferma, pero nos quedamos con la fuerza que sus viajes en el tiempo le dan para luchar, por muy difícil que sea ganar la batalla.

Roxana Pérez

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