Manazuru de Hiromi Kawakami

Manazuru (Hiromi Manazuru)_cubierta

Leer a Hiromi Kawakami es siempre un paréntesis apetecible entre otras muchas lecturas. Sobre su obra el crítico Rafael Martín ha dicho: “Hay narraciones que atrapan, pero no por su ritmo frenético o por su impredecible desenlace, sino por la armoniosa cadencia del texto, por la sutileza de las descripciones o por la humanidad y cercanía de sus personajes. Esta segunda opción es la elegida por Hiromi Kawakami, que incluso es capaz de redondearla con un lenguaje cuya sencillez es el vehículo expresivo idóneo para que, libre de excesos verbales, podamos sumergirnos en una lectura directa y sin obstáculos.»” Manazuru cumple con estas premisas con un argumento que se adentra en territorios fantasmales los cuales nunca sabemos si son delirios de la protagonista o trasunto de la realidad.

Kei es una mujer que vive con su madre y con su hija. Su marido desapareció doce años ago sin dejar rastro dejando cortados los vínculos con el presente y el futuro de su familia. Kei es una mujer tranquila que observa con asombro como la vida le pasa por encima sin encontrar respuestas a las preguntas más importantes: ¿Por qué desapareció mi esposo? ¿Cómo es posible que mi hija haya crecido tanto y tome las riendas de su vida? Seiji es su amante, un hombre de negocios muy ocupado que la ama en su presencia y la ignora en su ausencia. Tampoco ella quiere más pero esa relación ennegrece su alma más que aportarle luz.

Es en este marco de circunstancias en el que surje el viaje a Manazuru, una región de Japón que contiene el único vínculo que le dejó su marido, esa palabra escrita en su diario. Una vez allí realidad y fantasía se entrelazan en un mundo oscuro, una visión onírica de la existencia donde fantasmas conversan con Kei, el tiempo se convierte en flexible y los recuerdos se plasman en escenas. Ella volverá varias veces allí en busca de respuestas pero tristemente solo las preguntas parecen multiplicarse. Manazuru es la alegoría del vacío.

Los elementos básicos de Kawakami afloran maduros en Manazuru, la pertinaz soledad de los protagonistas, su ingenuidad e inseguridad. También “la refrescante sensación de que casi todo es posible”.  Cuando se lee a Kawakami entramos en otro territorio al que habitualmente la literatura no nos lleva, genera un cálido ambiente untuoso en nuestro ánimo que nos transporta a una atmósfera sensual, densa, de la cual no queremos salir.

Minimalista pero cuidadosa con los detalles su prosa es tan sencilla que penetra en nuestro ser haciéndonos ser parte de su narración.

 

 

Reseñado por Pepe Rodríguez

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Escrito por Hiromi Kawakami

Hiromi Kawakami (Tokio, 1958) estudió Ciencias naturales y fue profesora de Biología hasta que en 1994 apareció su primera novela. Sus libros han recibido los más reputados premios literarios, que la han convertido en una de las escritoras japonesas más leídas. En esta editorial han aparecido sus libros El cielo es azul, la tierra blanca (2001; Acantilado, 2009), que recibió el Premio Tanizaki, Algo que brilla como el mar (2003; Acantilado, 2010), Abandonarse a la pasión (1999; Acantilado, 2011), El señor Nakano y las mujeres (2005; Acantilado, 2012) y Manazuru (2006; Acantilado, 2013).

Ficha técnicaCaptura de pantalla 2014-01-14 a la(s) 20.46.20

Páginas: 216

Precio: 20.00 €

«Me pregunto si mi marido quería morir o si desapareció porque quería vivir. También es posible que la vida y la muerte estuvieran al margen de sus reflexiones». Quien habla así es Kei, una mujer que vive con su madre y su hija adolescente. Su marido desapareció sin dejar rastro hace doce años. Con el tiempo ha encontrado un amante, Seiji, pero la presencia de su esposo llena sus fibras más íntimas y se resiste a abandonarla. Manazuru: esta palabra misteriosa es la única pista que el marido dejó en su diario, y el punto de partida para la búsqueda de un sentido en la península japonesa del mismo nombre. El lector se encontrará acompañado de fantasmas en una profunda, memorable y sensual exploración del amor, en un mundo de evocaciones de una sutileza delicadísima, en una barca que pende en el horizonte y que busca acariciar la íntima piel de los sentimientos.