Reseña de Serotonina – Michel Houellebecq

¿Basta con ser un autor polémico para convertirse en un superventas literario? ¿Qué tienen los textos de Houellebecq para que se esperen y consuman con tanta avidez? ¿Merece la pena leerlos a pesar de los continuos exabruptos de machismo casposo que contienen?

Vayamos por partes. Puede ser que la intelectualidad más conservadora y chusca los aplauda al encontrar en ellos unas ideas que comparte pero cuya expresión reprime. Al verlas expuestas sin complejos y convenientemente argumentadas, el estigma de la incorrección política pierde su poder de contención, como bien empezamos a comprender por estos pagos. Aunque también es cierto que algunas de las cuestionadas ficciones de Houellebecq animan a la discusión, a replantearnos los matices de lo establecido y lo denostado, a preocuparnos por ciertas derivas. Y ahí está uno de sus atractivos. Baste pensar en su anterior novela, ‘Sumisión’, la divertida distopía que imagina el ascenso al poder de una formación islámica en la Francia de la próxima década: no se trata de remover fobias latentes, sino de preguntarnos sobre el futuro del laicismo en las democracias occidentales, sobre la caducidad de nuestra cultura.

Pero lo que más puede exasperar a lectores de todo género es el tratamiento despectivo que los protagonistas de los textos del francés conceden al estamento femenino. Por limitarnos a su última novela, y dejando al margen las expresiones menos suaves, en ‘Serotonina’ se nos comenta que: “la pena media por un crimen pasional cometido en un marco conyugal era de diecisiete años de prisión; algunas feministas desearían ir más lejos, permitir la imposición de penas más severas introduciendo el concepto de “feminicidio” en el Código Penal, lo que a mí me parecía bastante divertido, me sonaba a insecticida o raticida. Así y todo, diecisiete años me parecía mucho.”, y que: “Era realmente alucinante la cantidad de objetos para ella indispensables para mantener su condición femenina, las mujeres suelen ignorarlo pero es algo que desagrada a los hombres, que los asquea incluso, que acaba por darles la sensación de que han adquirido un producto adulterado cuya belleza sólo consigue mantenerse gracias a artificios infinitos”, o se le quita hierro a “una historia de una tía que ya no se acordaba de si había accedido a que la sodomizasen”, concluyendo: “en fin, problemas de jóvenes”.

Es evidente que debemos discriminar entre las opiniones de los personajes y las del autor, aunque Houellebecq no nos lo pone fácil cuando defiende la necesidad de la prostitución, o no se escandaliza de la infantil que promueve cierto turismo sexual. En una entrevista realizada en Buenos Aires y publicada en El País en noviembre de 2016, declaraba: “Puede que sea un poco machista, pero yo digo que me gustaría que encontráramos un sistema que funcione. El patriarcado no fue sustituido por un sistema que funcione. La palabra de los hombres ha desaparecido, porque el hombre se dio cuenta que era más prudente callar. Porque se arriesga a no gustarle más a las mujeres. Se calla, disimula, y la mujer piensa tontamente que cambió. Por eso creo que las feministas deberían leerme para conocer el punto de vista de los hombres, que es poco conocido”.

En ‘Serotonina’ volvemos a encontrar a un personaje solitario, hosco, apático, resentido, que intenta sobrellevar su relación con el mundo consumiendo un antidepresivo de última generación, segregador de serotonina e inhibidor de la libido. Al repasar su vida sentimental no hace sino computar fracasos, y en la profesional siente que ha traicionado los ideales que alguna vez tuvo: de defender la agricultura sostenible pasó a trabajar para una multinacional de biotecnología, y a realizar inoperantes informes técnicos para el Ministerio de Agricultura.

Su última relación, con una japonesa encargada de renovar la imagen cultural de su país, venía haciendo aguas, y termina de hundirla el hallazgo de unos videos porno que aquella protagoniza. Debatiéndose entre el suicidio y el asesinato, opta por la huida, por desaparecer de improviso. En su escapada se reencuentra con un antiguo condiscípulo, propietario de una explotación ganadera que a duras penas mantiene, asfixiado por las condiciones que impone Bruselas, o se ilusiona con retomar la que quizás fue su más prometedora relación.

A lo largo del texto Houellebecq va lanzando sus tiritos: contra la ingenuidad de los indignados españoles, contra la irresponsable política en materia de transgénicos, contra la limitación de velocidad en las autopistas españolas (el autor pasa temporadas en el Cabo de Gata), contra la persecución a los fumadores, o contra la ciudad de París, “infestada de burgueses ecorresponsables”. Aunque al deslizar ciertas afirmaciones de su personaje que pudieran sugerir adhesiones reprobables, las suele acompañar de argumentaciones heterodoxas. Así, puede advertir del peligro de separar procreación y sexo pero sin asumir la moral católica; o alabar al franquismo pero por su visión comercial al potenciar el turismo, “independientemente de otros aspectos a veces objetables de su acción política”. Y tanto para sus provocadoras reflexiones como para el relato de sus peripecias, el narrador emplea una voz cuyo sarcasmo ayuda a rebajar sus angustias existenciales.

No se olvida Houellebecq de incluir referencias literarias que otorguen empaque a sus textos y ofrezcan un contrapunto a su lenguaje explícito. En este caso se trata de Bataille o Blanchot, mientrs que en ‘Sumisión’ era Huysmans el objeto de las reflexiones del protagonista, profesor especialista en su obra.

No sé, en definitiva, si habré sabido explicar la tensión moral a la que se puede encontrar sometido el lector de Houellebecq, pero disponemos de un recurso obvio para superarla: olvidarnos de sus opiniones. Con esa actitud podemos interpretar el estado de aislamiento social e indiferencia vital de los protagonistas como consecuencia de su misoginia y falta de empatía, viendo así la obra del francés no como una reflexión sobre el negro futuro del individuo occidental en general, sino de estos personajes en particular. No sé si les servirá.

Rafael Martín

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