
Nacida en San Sebastián en 1970, con su reciente novela “Lo nuestro”, la escritora Maite R. Ochotorena ha impulsado el terror rural, un género que tiene mucho material en los caseríos de España.
También guionista de cine y televisión, así como creativa en el sector del videojuego, Maite R. Ochotorena nos ofrece en exclusiva un adelanto de su nueva obra. Una criatura que acecha a las chicas jóvenes pone en duda la mirada de los vecinos. ¿Es miedo o realidad aquello que nos amenaza?

La hija de la serora de Barbari, Bruna, aguarda despierta en su cama. El alba asoma y la tormenta se aleja por fin. Ha pasado la noche en vela, aturdida por los rayos y el viento, ansiando que dejara de llover tanto para poder escabullirse sin que su madre la vea, que había planeado pasar un rato con Karmele, que ya nunca la ve, no con su madre siempre vigilando, con sus normas estrictas y los reproches en la boca, y la suspicacia y las advertencias. Le late el corazón con fuerza en el pecho. Sin moverse aún, estudia cuánto la rodea.
No hay nada extraño alrededor, su cuarto sigue siendo su cuarto, ella sigue siendo ella, con sus miserias. Altzola continúa siendo el caserío austero y frío que siempre ha sido, apenas respiran sus muros, aunque la luz del amanecer se esfuerza por asomar tímida por encima del horizonte, aún nuboso y negro tras los montes. Los recuerdos del castigo que le impuso su madre la última vez que se escapó regresan a su conciencia y se estremece. Aún le escuecen los golpes.
El aire se tumba sobre ella, frío, las paredes rezuman humedad. Todo es oscuro en esta casa, no hay calidez, falta el amor del hogar, para eso tendría que haber una familia habitando Altzola, y no la hay, sólo hay una madre vigilante, una madre-halcón: Joxepa, y una hija que no vive, sino espera la ocasión de vivir. La señora tiene un carácter atrabiliario, cambia de humor con facilidad, tan pronto reza como levanta la mano. Es brutal, imprevisible como las riadas. Bruna le tiene miedo, se sabe sola, a su merced.
Yace así, henchida de rebeldía, en su lecho de lana, de costado, el cuerpo juvenil muy tenso bajo la ropa. No se ha desnudado, se acostó con la ropa del día, esperando su momento, pero la tormenta le ha truncado la oportunidad y ya casi amanece, ahora será mucho más difícil burlar a su madre. Un suave cosquilleo le recorre los músculos agarrotados de tanta tensión como alberga en su interior. No quiere pensar en ella, en sus castigos, en cómo la atormentó por haber tratado de eludir una vez más su encierro, por querer experimentar la vida. Cada semana la agarra de los pelos y la obliga a rezar, a humillarse ante la cruz…
Para distraerse, piensa en otra cosa. Imposible, no hay nada a lo que aferrarse, no mientras continúe atrapada en Altzola. Ojalá pudiera escapar volando por la ventana, ojalá abandonar a su madre-halcón. Pero, ¿a dónde pretende ir si ni siquiera es capaz de traspasar la puerta de su habitación? ¿A dónde si no tiene recursos?
Los ojos profundos le brillan llenos de fiereza. Otras veces ha conseguido salir, volverá a hacerlo, así reciba otro castigo.
Bruna se arma de valor.
Ya no le ha de bastar con pequeñas fugas, piensa desde hace un tiempo en huir para siempre. Eso la haría libre. Joxepa tiene dinero, siempre lo ha tenido, no pasa penurias ni trabaja en el campo como otras familias. Vive de rentas y guarda en alguna parte los ahorros que le dejó su difunto padre. Si pudiera echarles mano, si se atreviera a hacerlo…
No se atreve.
Se esfuerza en vano por comprender lo que impulsa a su madre a comportarse con ella como un demonio. Su situación es la de una condenada que apenas sale de casa si no es para ir a misa o a la fuente a por agua, o a veces a hacer compras, siempre acompañada. Que no puede acudir a los bailes cuando los hay en la plaza, ni entretenerse charlando y riendo como cualquier chica de su edad en el lavadero, mucho menos ir a pasear por el bosque con lo mucho que le gusta la naturaleza, que su madre se lo tiene prohibido.
Le produce vértigo el abismo en que se hunde su existencia. Cada noche se acuesta, cada mañana se levanta y nada cambia, como si las horas transcurriesen en una especie de trance. El futuro es para ella un vacío tenebroso y una amenaza que rara vez le trae esperanza. Nunca quiere dormirse, pero se duerme, y en cada ocasión despierta y sigue perdida en la más absoluta soledad.
Mientras así se debate, el tiempo se ha estancado, no se mueve. Ella tampoco. La rabia invade su ánimo, esa rabia se estrella contra la almohada en que apoya la cabeza, gastada de tanto uso.
Es tarde para ir a buscar a Karmele, ya amanece.
Escucha la actividad del caserío. Pronto su madre despertará, si no lo ha hecho ya. Oirá sus pasos, sus toses, cómo pasa furtiva por delante de su cuarto, cómo se detiene y pega la oreja a la puerta para asegurarse de que sigue en casa. Vivir en Altzola nunca ha sido sencillo para Bruna, pero desde hace un tiempo es mucho peor. Ha tratado de que su madre hable con ella, pero no la escucha, se niega a ser sincera, a revelar algún sórdido runrun que la impulsa a maltratar a su única hija. La mira, pero no la ve, la oye, pero no la escucha; pasa por encima de sus emociones, de su enfado, de la incomprensión que lastra su entendimiento. Sólo sabe imponer su criterio, tejer su versión de los hechos al margen de ella, someterla al martirio de su indiferencia. En vez de protegerla, la acusa de profanar el buen nombre de Altzola y su reputación cada vez que la desobedece. Las represalias cuando consigue escabullirse son largas y crueles.
Qué poco la ayuda, cuánto la castiga.
Ay, su madre, toda la vida enfurecida, se ha encomendado a Dios y a la virgen y ha repudiado a su propia hija sellando su corazón inclemente. Jamás le muestra algo de misericordia. Es férrea en sus convicciones, su mentalidad estrecha hace que la mantenga vigilada, constreñida y aislada. Bruna se hunde en la impotencia.
A veces le parece que su madre es una loca. Sabe que los vecinos de Barbari la creen enferma porque Karmele se lo ha contado, que Joxepa va diciendo por ahí que es de salud delicada y que por eso no sale apenas a la calle. Karmele los desmiente cuando los oye, pero al final la gente cree lo que ve y lo que ve es que vive aislada. Joxepa es hábil tejiendo mentiras. Un profundo desprecio se le instala en el pecho cuando piensa en esos que viven fuera de Altzola, que no piensan en ella, que no se preguntan qué hace, qué siente, que no se atreven a cuestionar a su madre. La han abandonado.
No tiene a nadie a quien acudir y Karmele no puede ofrecerle sino consuelo. Bruna no puede hacer otra cosa que esperar su ocasión.
Esperar a que algo cambie.
Esperar a morir o a desaparecer.
O a escapar para siempre.
Ay, Joxepa es implacable. Vive por y para su iglesia, por y para la fe, por y para sí misma y sus doctrinas severas. La obliga a bañarse todos los días y, si le parece que no se ha frotado lo bastante, le arranca la mugre que sólo ella nota con sus propias manos hasta dejarle marcada la piel fina. Al lavarle el pelo se lo desenreda con saña, a tirones, mientras la acusa de impía, de pecadora, de desgraciada, la vergüenza de Altzola.
—¡No te das cuenta de todo lo que sacrifico para protegerte! ¡Acabarás como esa desgraciada de Kattalina!
Rabiosa, Bruna decide que intentará marcharse de todas formas. Ha llegado el momento, ha de intentarlo, antes de que su madre despierte, incluso aunque se haya levantado ya. Karmele no la espera, se alegrará de verla cuando se presente en su ventana y silbe que quede para que baje a reunirse con ella. Karmele, la tímida y dulce Karmele, cómo no va a acudir a su lado si se le ha roto el corazón con la desaparición de Kattalina. Quiere ir a verla y abrazarla. Nada le impedirá llegar hasta su casa.
—¡Kattalina es una pérdida y ha tenido su merecido! —le dice siempre Joxepa.
Bruna sabe que eso es mentira.
Decidida, se levanta. Camina sigilosa hacia la puerta, unos pasos cortos. Si no demuestra valor, permanecerá a la sombra de su madre por siempre, hasta el día que se muera. Se asusta, apoya la espalda en la pared, todo el peso del cautiverio en el pecho. Le viene a la cabeza lo que le contó Karmele la última vez que se encontraron.
Algo se ha llevado a Kattalina. Como le pasó a Tomasa hace ya muchos meses.
Le ha preguntado sobre eso a su madre:
—Ahí fuera hay un mal que proviene del mismísimo infierno. Mira lo que les ha pasado a esas desgraciadas, ¿qué crees que te ocurrirá a ti si no eres obediente?
—Kattalina no era una desgraciada.
—Kattalina, como Tomasa, era una niña malcriada ¡que hacía lo que le venía en gana!
—¡No es verdad! ¡Se la llevaron de su cama!
—¡Pasó la noche fuera y por eso no la encontraron!
—¡No es cierto!
—¡Quién te lo ha dicho!
—¡Karmele!
—Pues más te vale no juntarte más con ella, que miente más que habla, ¿me oyes?
Bruna suspira, no tiene miedo de eso que hay ahí fuera, sea lo que sea. No puede haber un mal tan nefasto como el que ella padece a manos de su madre.
Abre la puerta, se asoma al pasillo desierto. No hay movimiento en Altzola, su madre aún no se ha levantado. O peor, que tal vez no la ha oído y ya está en la cocina, ocupada con los guisos, limpiando las verduras o amasando harina para hacer el pan. O con suerte habrá ido a la iglesia a ayudar a Don Cipriano. Ojalá, eso sería una bendición, le brindaría un margen bastante amplio de tiempo para pasarlo con su amiga.
Se desliza como un fantasma hacia la escalera en penumbra. No se oye nada, no se mueve nada. El caserío duerme un sueño profundo de sombras y soledades. Sólo tiene que alcanzar el portón. Qué imagen tan idílica: fuera la vida, dentro la injusticia y el temor.
Baja las escaleras, peldaño a peldaño, más y más rápido. La tarima helada y oscura recibe sus pasos quedos. Hace frío, no le importa. Es el corazón lo que le duele de verdad, son las lágrimas las que escuecen cuando asoman y barren su cara crispada. Musita una oración. No reza a Dios, pues no cree en él, que la ha olvidado, sino a Mari, la madre del mundo natural y de todas las cosas que lo habitan y no se ven. A lo mejor ella sí que la escucha. Otro peldaño. Contiene el aliento en un ¡ay! El odio que siente dentro se recrudece. Odio hacia la vida que le ha tocado en suerte, odio hacia su madre que la obliga a moverse como una ladrona por el mundo, que en vez de quererla la humilla.
Alcanza la planta baja, se detiene, atenta al menor sonido.
Coge impulso y se lanza hacia la salida.
Ay, pero, antes de que logre alcanzarla, unos pasos retumban en el suelo a su espalda y una mano recia la retiene. Bruna se revuelve, gruñe, trata de zafarse. Esa mano-cepo le impide culminar su plan. Sus dedos casi rozan el portón. No logra llegar a él, pues Joxepa la arrastra hacia atrás. Atareada en la cocina como estaba, no ha oído a su hija salir de su cuarto. Al volverse para coger un trapo de la mesa la ha descubierto, a punto de escaparse otra vez. No ha dudado en intervenir.
Bruna no tiene la menor posibilidad frente a su fuerza endiablada, imposible salir victoriosa, nunca lo hace, que Joxepa es fuerte y la mueve una fe inquebrantable en sus normas. Sus garras le sujetan las muñecas. La abofetea, la aplasta contra el suelo para que no escape.
—¿Qué hacías? ¿Es que no tienes claro ya que no puedes salir si no te acompaño yo? —le ruge muy cerca—. ¿No sabes ya que es peligroso?
—¡Déjame! ¡Qué te importa!
Trata de liberarse. Es inútil. Al fin se relaja y llora. Joxepa entonces la incorpora. Bruna se lanza contra su cuerpo duro siempre vestido de negro, golpeándole el pecho con los puños. ¿No hay nada ahí dentro? ¡Dónde tiene el corazón!
—¡Por qué no me dejas vivir! —grita— ¡Déjame! ¡Déjame que salga!
—¡Es peligroso! ¡No voy a cargar con tu muerte, Bruna!
—¡Por qué no, si me odias!
Acaban sentadas en el suelo, jadeando. Bruna se va calmando, no se molesta en tratar de escapar, aunque tenga tan cerca la salida de Altzola y pueda sentir el aire de la mañana filtrándose por las grietas. Sabe que su madre se lo impediría. Pese a su edad, es mucho más rápida que ella y ahora está alerta, muy pendiente de sus movimientos. Además, se le ha pasado el arrebato, ya no le quedan fuerzas para volver a intentarlo.
Mal, porque seguirá sufriendo, porque continuará respirando en este páramo que es su mundo, solitario como es. Mal porque dejará sola a Karmele con su pérdida. El desamparo baña su determinación.
—¿Por qué me torturas así, criatura? —pregunta Joxepa.
—¿Yo soy tu tortura? —Bruna se asombra—. ¡Dime qué te he hecho!
—¡Desafiarme siempre! ¡Es tu responsabilidad todo esto!
—¿Mía? ¡No he hecho nada para merecer esta vida de encierro! ¡No me dejas vivir! ¡Me asfixio!
Joxepa gira el rostro brusco hacia ella, los labios rígidos y fríos, el desconcierto abierto en cada poro de su piel.
—Y quién si no cuidará de ti, desgraciada. ¡Dime quién, Bruna! ¿ A dónde irás, sin dinero, sin familia? ¡No llegarías muy lejos! ¿Quieres que te encuentren tirada en una cuneta?
—¡No lo sé! —grita ella.
—Sólo yo velo por tu bienestar.
—¡Por qué no me escuchas!
Joxepa la abofetea. Bruna se repliega, fría, hermética. Su madre la observa cansada, harta de lidiar con esta criatura asalvajada que le ha tocado en suerte parir.
—Tienes que obedecer. Es por tu bien, ¿es que no lo comprendes?
Bruna se ríe, rozando la histeria. Luego se pone seria y baja la cabeza.
—No es cosa mía que las cosas sean así, sino tuya. Recuérdalo cuando ya no esté.
—¡Qué quieres decir!
Bruna se zafa de ella, se levanta, pasa de largo y sube las escaleras, de vuelta a su habitación. Se aloja en la ventana y calla. Oye a su madre que se acerca. La puerta se cierra, la atranca por fuera.
Permanece quieta, se sabe presa.
Entonces algo se le rompe por dentro.
—¡No, no no no no! ¡Ama! ¡Ama!
Enlace del libro en Amazon
