
Existen carreras profesionales que te conducen por muy distintos caminos. Periodismo creo que es una de las más diversificadas. Puede estar orientada al análisis de cualquier arte; pertenecer a un gabinete administrativo; dar rienda suelta al lado más chismoso, dedicándose a lo denominado «corazón», deportivo, político… o puede solventar las ansias de aventuras convirtiéndote en corresponsal de guerra.
Estos últimos, tal y como nos los presentó el cine y la literatura, se podría decir que han cambiado bastante. No era lo mismo informar en tiempos en que la tecnología actual no era más que ciencia ficción, que hoy día, donde la mayoría informa desde la comodidad de unas instalaciones a las que va llegando la noticia en tiempo real sin ni tan siquiera tener que desplazarse al lugar de los hechos.

Hubo una época en la que los corresponsales de guerra estaban en el campo de batalla, entre la metralla, las bombas y las balas de los francotiradores. Periodistas que ponían sus vidas en peligro —muchos de ellos incluso pagaron con ella— por mantenernos informados desde primera línea, sin intermediarios que tergiversaran lo que allí sucedía. Corrían desesperados hacia algún teléfono que funcionase, de aquellos que iban por cable, para poder transmitir su crónica en primicia.
Pérez-Reverte perteneció a esta élite de profesionales que arriesgaban su vida por el mero hecho de llevar la verdad hasta nuestros salones. Esto le permitió una vida fascinante, pero el precio por cumplir su vocación fue demasiado alto, no solo por dejar a multitud de amigos y compañeros por el camino ni poner su vida en peligro infinidad de veces, también al descubrir en primera persona el lado más oscuro y los límites inimaginables a los que puede llegar el ser humano.
En Enviado especial Arturo Pérez-Reverte reúne, en orden cronológico, crónicas y reportajes que realizó durante veintiún años sobre los conflictos a los que acudió en las décadas de los setenta y ochenta, conflictos que forjaron su carrera y que marcaron su trayectoria como escritor, dejando huella en sus posteriores novelas. Sus escritos llegan a dos mil veinticinco, donde se nutre de experiencias y recuerdos.
Del estilo de Reverte creo que a estas alturas sobra hablar, siendo uno de los escritores más leídos y respetados de este país, con el que podrás estar más o menos de acuerdo en cuanto a opiniones personales, pero al que todos han de reconocer como uno de los mejores autores del panorama actual.
Cada una de sus crónicas se perciben escritas desde el corazón, no se conforma con una información objetiva, pues si algo sobra en la guerra es lo impersonal, por lo que es de agradecer esa nota cálida con la que el reportero analiza y expone la situación, donde no acude al recurso fácil de hablar de buenos y malos, porque si algo queda claro es que en todos los bandos y frentes siempre son los inocentes lo que sufren, que ninguna bala es buena.
Lo que queda claro es que el ser humano no deja de sorprendernos tanto por lo sórdido como por lo extraordinario, esa dicotomía que puede existir dentro de la misma persona, y como Pérez-Reverte señala, el mismo individuo puede ser por la mañana un ángel y por la tarde el peor de los verdugos.
Pero aquí no aparecen solo hechos relacionados con la guerra. Comienza con cronicas elaboradas en las entrañas de minas de carbón, o a bordo de barcos que frente al temporal no eran menos inofensivos que la más cruenta de las batallas. Estremece la crónica que trata y analiza esa práctica tan absurda como cruel que es la ablación, y donde se sigue llevando a cabo en muchos países.
A pesar de indicar en uno de los pasajes que la crónica debe prescindir de literatura, en los primeros reportajes de Arturo se vislumbra su alma novelesca, puesto que la emoción y el poder de cautivar que provoca en quien le lee está impregnado en cada renglón. Cómo narra lo de la jornada en la mina, o los petroleros, compartiendo jornadas con jóvenes soldados que caerían por el camino; nos engancha y emociona como si de la novela más fascinante se tratara, con la única diferencia de que todo lo narrado es real.
Esta cualidad debe ser innata, pues cada una de sus crónicas, donde describe los estragos de la batalla, las incursiones, los personajes y colegas que lo acompañaron, las situaciones más surrealistas que vivió, la descripción de lo terrible del sufrimiento de inocentes, o los momentos de asueto, resultan igual de adictivos a la hora de leer. Concluyendo que en cincuenta años no hemos aprendido nada y que el mundo sigue siendo el mismo lugar hostil, con la única diferencia de que ahora toda la información que nos llega hay que ponerla en cuarentena porque aquellos reporteros, que se jugaban la vida a cambio de compartir la verdad, son ya una raza extinta.