Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, de Bernal Díaz del Castillo, una de las obras más fascinantes de las letras hispánicas en una nueva versión para el lector contemporáneo.

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Libros del Asteroide recupera Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, de Bernal Díaz del Castillo, una de las obras más fascinantes de las letras hispánicas en una nueva versión para el lector contemporáneo.La presente edición ha sido cuidadosamente antologada por Lorenzo Martín del Burgo y reproduce de forma prácticamente íntegra los capítulos más relevantes, mientras que los pasajes secundarios para el desarrollo del relato —como determinadas batallas o expediciones paralelas— se condensan en breves síntesis.A esta labor de selección se suma la actualización del texto al español actual, concebida para facilitar su lectura sin desvirtuar su carácter original. En palabras de Martín del Burgo: «No se trata de ninguna reelaboración, sino de una traducción al español actual que busca mantener en todo momento la fidelidad al original, sin corregir el lenguaje de Bernal ni los posibles errores de su texto».
Una crónica de enorme valor histórico y literario
Historia verdadera de la conquista de la Nueva España es un vívido relato en primera persona, de prosa ágil y sostenido por una poderosa voz narrativa, de la expedición colonial de Hernán Cortés en 1519 en el México actual. Indignado por la precaria situación económica en que habían quedado algunos de los conquistadores y por la publicación de lo que consideraba relatos escritos de oídas sobre todo lo acontecido, Díaz del Castillo emprendió, a mediados del siglo XVI, veinticinco años después de haber colgado las armas, la titánica tarea de escribir su propia versión.Con un enfoque desacralizador, el soldado Bernal relata batallas, intrigas políticas y motines de diversa índole y describe todo un entramado de alianzas con distintos líderes locales, así como fascinantes descripciones del paisaje americano y de la cultura indígena. Fuente histórica excepcional, la obra es un testimonio privilegiado para comprender cómo se fue configurando el orden colonial del siglo XVI, desde los episodios militares hasta la dimensión evangelizadora de tal empresa. Un clásico indiscutible cuya nueva edición permite redescubrirla en toda su riqueza y acercarla al gran público.
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«Una obra de extraordinaria y perenne frescura.»
Carlos Fuentes
«Una obra maestra de la literatura española capaz de medirse perfectamente con las de Cervantes, no en la perfección formal sino en su grandeza narrativa.» 
Féliz de Azúa
«Un clásico absoluto tanto de las crónicas de conquistadores como del memorialismo hispánico. Más allá del valor testimonial, hoy sigue vivo este libro sobre todo por sus múltiples virtudes literarias, empezando por la voz propia de autor.»
Jordi Gracia
«Un libro extraordinario que he leído varias veces. (…) Lo recomiendo mucho.»
Arturo Pérez-Reverte

Bernal Díaz del Castillo (Medina del Campo, circa 1496-Santiago de Guatemala, 1584) fue un soldado y cronista español que participó en las expediciones al continente americano de Pedrarias Dávila, Francisco Hernández de Córdoba y Juan de Grijalva. En 1519 se unió a la expedición de Hernán Cortés que conquistaría México, lugar en el que viviría durante casi veinte años.

En su vejez, molesto por el trato que según él habían recibido él y sus compañeros de batallas, empezó la escritura de su Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, obra que circularía primero manuscrita y que terminaría siendo publicada en 1632 en Madrid, casi medio siglo después de su muerte.

Un fragmento
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«Cuando nuestro capitán y todos nosotros vimos tanto lujo y solemnidad como traían aquellos caciques, especialmente el sobrino de Montezuma, lo tuvimos por una gran cosa, y comentamos entre nosotros que, si aquel cacique traía tanto boato, cuánto llevaría el gran Montezuma. Cuando Cacamatzin terminó su discurso, Cortés le abrazó y le hizo muchas muestras de afecto a él y a todos los demás señores, y le dio tres perlas que se llaman margajitas, que tienen dentro de sí muchas pinturas de diversos colores; y a los demás caciques les dio diamantes azules y les dijo que se lo agradecía, y que cuándo pagaría al señor Montezuma las mercedes que cada día nos hace. Acabada la plática, nos pusimos en camino. Como habían venido aquellos caciques, habían traído mucha gente consigo y de otros muchos pueblos que están en aquella comarca, que salían a vernos. Todos los caminos estaban llenos de ellos. Al día siguiente por la mañana llegamos a la calzada ancha e íbamos camino de Iztapalapa. En cuanto vimos tantas ciudades y villas edificadas en el agua, y en tierra firme otras grandes poblaciones, y cómo aquella calzada iba tan recta y derecha a México, y las grandes torres y cúes y edificios que tenían dentro en el agua, todos de calicanto, nos quedamos admirados y decíamos que se parecían a las cosas de encantamiento que cuentan en el libro de Amadís. Incluso algunos de nuestros soldados decían que si veían aquello en sueños. No es para maravillarse que yo lo escriba aquí de esta manera, porque hay tanto que ensalzar sobre ello que no sé cómo puedo contarlo bien: ¡ver cosas nunca oídas ni vistas, ni siquiera soñadas, como veíamos! Pues cuando llegamos cerca de Iztapalapa, vimos la grandeza de otros caciques que nos salieron a recibir: el señor de aquel pueblo, que se llamaba Coadlavaca, y el señor de Culuacán, que ambos eran parientes muy cercanos de Montezuma. Tendría que contar también cómo eran los palacios donde nos aposentaron cuando entramos en aquella ciudad de Iztapalapa, cuán grandes y bien labrados eran, de cantería muy primorosa y madera de cedros y otros buenos árboles olorosos, con grandes patios y cuartos, cosas muy dignas de ver, y entoldados con cubiertas de algodón. Después de ver bien todo aquello, fuimos a la huerta y jardín; fue algo maravilloso verla y pasear por allí, que no me cansaba de mirar la variedad de árboles y los olores que cada uno tenía, las terrazas llenas de rosas y flores, los muchos árboles frutales y rosales de la tierra, y un estanque de agua dulce. Había otra cosa que merecía verse: que podían entrar en la huerta grandes canoas desde la laguna por una abertura que tenían hecha, sin saltar en tierra, y todo estaba muy encalado y enlucido, con muchos tipos de piedras y pinturas en ellas, que había mucho que alabar, y las aves de muchas variedades y especies que entraban en el estanque. Digo otra vez que lo estuve mirando todo, y no creía que nunca en el mundo hubiesen sido descubiertas otras tierras como estas, porque en aquel tiempo no se había conquistado Perú ni se conocía. Ahora todo está derrumbado, perdido, que ya no hay nada en pie de este palacio. Pasemos adelante, y diré cómo los caciques de aquella ciudad y los de Cuyuacán trajeron un presente de oro que valía como dos mil pesos. Cortés les dio muchas gracias por ello y les mostró gran afecto, y se les dijo, con nuestros intérpretes, las cosas tocantes a nuestra santa fe y el gran poder de nuestro señor el emperador. Y como hubo otras muchas pláticas, no contaré más. Diré que en aquel tiempo Iztapalapa era un pueblo muy grande, y que estaba poblado con la mitad de las casas en tierra y la otra mitad en el agua, y ahora está todo seco y sembrado lo que era laguna. Está tan cambiado, que, si no lo hubiera visto antes, diría que no era posible que aquello, que estaba lleno de agua, esté ahora sembrado de maizales. Dejémoslo aquí, y contaré el solemnísimo recibimiento que nos hizo Montezuma a Cortés y a todos nosotros a la entrada de la gran ciudad de México.»