El azul del océano en los mapas, de Armando Rabazo

La literatura tiene muchas virtudes, la principal es que entretiene. La mayoría de los libros que se exponen en las estanterías de las librerías son aquellos destinados a evadirse de la realidad. Historias que consiguen que por un momento olvidemos las vidas propias para sumergirnos en otras más emocionantes, alegres o terribles que las nuestras. También existe una literatura que hace pensar, reflexionar en nuestra propia existencia a través de lo narrado. El azul del océano en los mapas es de esta última.

Hay que ser un autor muy hábil para saber contar vidas ajenas con las que el lector empatice hasta el punto en que se vea reflejado y termine recapacitando sobre su propia vida.

Armando Rabazo es uno de esos autores que acarician el alma con su prosa. Nacido en Madrid y residente en lugares tan diversos como Toronto, Los Ángeles, Tokio o Marraketch, es periodista y colaborador en diversos medios. Aparte de escritor, es director de teatro y El azul del océano en los mapas es su tercera novela.

A través de ella conoceremos a Miguel, un emigrante español, ya anciano, que ha pasado la mayor parte de su vida en México. En esa edad en la que no entendemos cómo los años han transcurrido tan deprisa, desentierra el recuerdo de cuando descubrió un tesoro. A pesar de no volverlo rico, lo transformó en mayor de repente. Sintió como si su conversión de niño a adulto hubiese ocurrido en ese mismo instante.

A raíz de estos recuerdos, y empujado por el último deseo de su mejor amigo, Miguel decide volver a la tierra que lo vio nacer. Allí rememorará aquella etapa preadolescente en la que no solo cambió su cuerpo o su voz, también se tambalearon los cimientos de su propia existencia y la de todos aquellos que lo rodeaban. Ambientada en una recién estrenada II República, el incierto futuro político del país tendrá el paralelismo que marcará el destino de nuestro protagonista.

Desde la mirada de ese niño seguiremos una historia bonita. Alegre en algunos momentos. Triste en otros, pero todos vistos desde de esa inocencia que comienza a precipitarse hacia la incertidumbre que convierte lo temido en certeza.

Armando Rabazo logra encandilar con la narración en primera persona de un ser inocente que observa el mundo desde el corazón como solo los niños pueden hacerlo, para combinarlo con el punto de vista que otorga una vida larga. Un anciano al que se le presume sabiduría por el mero acto de cumplir años, pero que no es más que una ilusión, puesto que niños o ancianos, somos el mismo ser unicamente diferenciados por el número de cicatrices en el alma.

A pesar de la impaciencia de la infancia, el niño Miguel es consciente de lo breve de los días, y de como la felicidad es tan efímera como las tardes de verano dentro de la fuente donde se refresca. Porque le tocó conocer la crudeza de la vida demasiado joven, pero que a pesar de ello nunca perdió la esperanza. Esperanza que se tornó resignación cuando se convirtió en octogenario y confuso mientras intenta averiguar adónde han ido todos los años que pasaron como una avalancha.

Sé que las comparaciones son odiosas, pero no he podido evitar adivinar al mejor Fernando Aramburu en la pluma de Armando, ya que al igual que este autor, Rabazo arranca sonrisas al tiempo que emociona hasta la lágrima. Una novela que es un placer leer, en la que nos vemos reflejados cada vez que cerramos el libro, miramos al techo, suspiramos y nos preguntamos por qué la vida es tan efímera como maravillosa.