«La liebre y yo», de Chloe Dalton, una delicada historia real sobre el cuidado y nuestra forma de habitar la naturaleza.

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La liebre y yo, de Chloe Dalton, el conmovedor relato sobre un vínculo improbable que se ha convertido en un bestseller internacional.
La liebre y yo es la primera novela de Chloe Dalton, una delicada historia real sobre el cuidado y nuestra forma de habitar la naturaleza. 

La obra ha sido galardonada con el premio Wainwright, ha sido finalista del Women’s Prize y ha sido considerada Libro del Año por Hay Festival y por medios como Sunday TimesThe TimesSpectator, entre otros.El libro narra las vivencias de la propia autora en 2021: Dalton pasaba el confinamiento en la campiña inglesa cuando, por casualidad, encontró una liebre recién nacida —un lebrato— en medio de un camino. Temiendo que no sobreviviera, decidió llevársela a casa con la intención de liberarla en cuanto hubiera crecido. Lo que no imaginaba era lo difícil que resulta criar una liebre salvaje, ya que muchas mueren en cautividad por estrés o inanición. Sin embargo, tras varios tanteos y tropiezos, logró sacarla adelante. 

«Yo ya había cambiado el curso de su vida. Mi responsabilidad consistía entonces en prepararla para la vida en libertad», escribe la autora, que entabla una asombrosa relación con el animal.Un éxito de ventas internacional, la obra invita a descubrir los hábitos de las liebres y la manera en que han sido representadas a lo largo del tiempo en el arte, la literatura y la historia natural, al tiempo que relata la historia de un improbable vínculo y cómo esta experiencia transforma profundamente la mirada de Dalton sobre la vida silvestre, el entorno rural y nuestro papel en él, así como su propia trayectoria personal, marcada por su trabajo como asesora política en el Parlamento británico.Una cautivadora lección de vida.
«En una época convulsa, quizá el mayor regalo que Dalton recibe de esta liebre es una sensación de paz. Leer el libro tuvo un efecto muy similar en mí.» Sigrid Nunez«Los mejores libros te hacen replantearte tu relación con el mundo. Este es uno de ellos. Discretamente profundo y maravillosamente escrito, se ha ganado un lugar en mi corazón.» Tracy Chevalier«Una carta de amor a la naturaleza que nos anima a detenernos y prestar atención a lo admirable que puede ser nuestro entorno.» The Times«La escritura clara y mesurada de Dalton proporciona un poco de consuelo en este mundo frenético.» The New York Times«Mitad diario, mitad historia natural, mitad guía de campo, el libro también es ese viaje épico en el que sales un día cualquiera y te topas con algo que te cambia para siempre.» NPR«Dalton posee el ojo de una zoóloga para los detalles y la sensibilidad de una poeta para las palabras.» The Guardian«Sorprendentemente conmovedor. Dalton es una escritora elegante y una observadora perspicaz.» The Economist«Un libro que contiene valiosas lecciones sobre la importancia de tomarse las cosas con calma y la belleza de lo inesperado.» USA Today«Un libro lleno de alegría y bondad. Te transporta a un mundo de inocencia perdida.» Financial Times

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«Enero fue un mes glacial. La temperatura descendía con frecuencia a los cinco grados bajo cero. Empezó a nevar en Año Nuevo y no paró casi hasta mediados de febrero, cuando un breve deshielo dejó al descubierto las campanillas de invierno, que se abrieron paso entre la hierba empapada. Días después quedaron otra vez tapadas. Los copos de nieve llevados por el viento cubrieron los árboles de blanca escarcha, mientras las telarañas heladas colgaban de los setos, como enredos de cuerdas congelados. Un cernícalo solitario meditaba en la valla del jardín, espectral en la luz tenue. Unos zorros flacos patrullaban el paisaje, al acecho entre el barranco y el matorral, su audacia acrecentada por el hambre. Un puñado de plumón teñido de sangre coagulada era lo único que quedaba de una paloma torcaz regordeta, como si en el suelo hubiesen vaciado una bolsa de plumas. Desconcertados, los faisanes cruzaban los campos con el plumaje de la cola cargado de nieve apelmazada, recorriendo a marcha lenta el terreno helado; «por aquí, por aquí», indicaban las flechas perfectas de sus huellas, que se perdían a lo lejos hasta desaparecer.A lo largo de aquellas gélidas semanas, una liebre cruzaba los campos saltando, sus movimientos ralentizados por la nueva vida que crecía en su interior. El sol invernal se aferraba al horizonte y ella se acurrucaba pegada al suelo, poniéndose a cubierto donde podía, guareciéndose del viento penetrante y del ojo voraz de los depredadores. Por la noche, rascaba la nieve con las patas delanteras para desenterrar retoños de hierba entre los rastrojos, o masticaba la corteza pelada de los setos, escasas fuentes de energía con las que protegerse del frío y nutrir a su cría nonata los cuarenta y dos días con sus noches que dura la gestación.Una noche de febrero, la liebre construyó un nido en un saliente de hierba alta al borde de un campo. Allí, en silencio, bajo la luz de la luna, parió un lebrato oscuro como la noche misma, salvo por una marca blanca estrellada en la frente. Lo limpió a lametazos y lo alimentó, protegiéndolo con su cuerpo hasta que aprendió a servirse de las patas, antes de echarlo de su lugar de nacimiento, empujándolo ansiosamente con el hocico hacia un nuevo escondite en una densa mata de hierba aletargada que formaba un ceñido entoldado alrededor del lebratillo.Después de ocultarlo a su entera satisfacción, la liebre madre volvió sobre sus huellas y, empleando la punta de las patas, borró su rastro y partió a toda velocidad para ganarle a la luz del alba que clareaba el horizonte. Avanzaba con pasos briosos y elegantes, como si procurase no mover una sola hoja de hierba. Cuando terminó, se alejó dando un salto con sus potentes patas traseras, dejando una distancia clara entre ella y su cría. Sin una madriguera donde esconder a su lebrato, lo único que le quedaba por hacer era abandonarlo y mantener alejados a los depredadores hasta el anochecer, cuando regresaría al cobijo de la oscuridad.En las horas siguientes, el invierno cedió y abandonó su rigor. El terreno cenagoso rebosaba de nieve derretida. Los humanos volvieron a salir, agradecidos, al aire libre. El diminuto lebrato de la estrella blanca en la cabeza se acurrucó en su nido de hierba y, apretándose contra el suelo, aguzó el oído y captó el sonido de unas voces lejanas que, llevadas por el viento, se fueron aproximando, junto con algo más: el chapoteo de unas patas, el aliento agitado y el olor almizclado de un perro que se acercaba, cruzando el terreno a la carrera en dirección a su escondite, hendiendo el aire con un ladrido aterrador, exultante.»

Chloe Dalton es una escritora, asesora política y experta en política exterior británica. Ha trabajado durante más de una década en el Parlamento del Reino Unido y en el Ministerio de Asuntos Exteriores y de la Commonwealth, y ha asesorado y escrito para numerosas figuras destacadas. Divide su tiempo entre Londres y su casa en la campiña inglesa. La liebre y yo (2024; Libros del Asteroide, 2026), ganador del premio Wainwright de literatura de naturaleza y finalista del premio Women’s Prize de no ficción, es su primer libro. 

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«Hasta que uno no ha amado a un animal,
una parte del alma permanece dormida.»
ANATOLE FRANCE