
Rescatamos una de las novelas precursoras de la literatura distópica. Esta angustiosa fábula fue publicada originalmente en 1909, y aúna lo grotesco y lo fantástico para mostrar el lado más oscuro de la naturaleza humana.
La otra parte, novela singularmente onírica, es la principal causante de que Alfred Kubin, más conocido como pintor y dibujante de estética expresionista, tenga reservado un lugar de honor dentro de la literatura fantástica. En ella, un joven artista, testigo ocular de la historia, recibe una extraña propuesta: su amigo de la infancia le invita a trasladarse a un país recién fundado en algún punto de Asia Central. Se trata del Reino de los Sueños, un lugar en el que el narrador espera hallar la ansiada libertad en que se basa la creación de una sociedad ideal. Pero el sueño pronto se convierte en pesadilla. En un país donde nunca brilla el sol, sus habitantes viven una existencia carente de futuro marcada por el Gran Hechizo del Reloj, y la anhelada libertad se revela como un misterio más para el que es imposible hallar respuesta.
Escrita compulsivamente durante una profunda crisis creativa como artista plástico, esta angustiosa fábula sobre el poder absoluto ha sido considerada precursora de El castillo de Franz Kafka, seis años menor que Kubin y gran admirador de su peculiar mundo espiritual.
La presente edición cuenta con las cincuenta ilustraciones originales con las que el autor acompañó el texto, que evidencian más si cabe el contenido alucinatorio del relato, únicamente equiparable al que puede encontrarse en las mejores páginas del autor de La metamorfosis. En su primera edición en castellano, Siruela la incluyó en su colección dedicada a la literatura fantástica El Ojo sin Párpado.
Alfred Kubin (Leitmeritz, 1877-Zwickledt, 1959) nació en Austria cuando la región de Bohemia aún era parte del Imperio austrohúngaro y no de la República Checa, como en la actualidad. Formado como pintor en Múnich bajo la confesada influencia de Goya, Brueghel y Odilon Redon, destacó como dibujante, ilustrador —de obras de Hoffmann, Nerval y Poe, entre otros—, y grabador, con un estilo muy próximo al expresionismo. Junto a una copiosa producción pictórica, hondamente interesado por el mundo de los sueños, cultivó asimismo el relato fantástico.
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De mi vida – Desde la mesa del dibujante y otros escritos
Alfred Kubin
Se publican en este volumen «De mi vida» (Aus meinem Leben), un texto que fue componiéndose en sucesivas adiciones entre 1911 y 1952, y «Desde la mesa del dibujante» (1939), además de breves fragmentos autobiográficos que aparecieron en diversas publicaciones de Kubin. Si en «De mi vida» narra con toda sinceridad una trayectoria biográfica que va desde la infancia hasta la vejez, desde las travesuras iniciales hasta los problemas físicos causados por la edad, y destaca los efectos del paso del tiempo, en «Desde la mesa del dibujante» articula los momentos biográficos con acontecimientos y reflexiones sobre su propio trabajo, sobre la condición del dibujante y del ilustrador, pero también sobre el mundo que ha creado, su naturaleza crepuscular. La presente edición, en textos traducidos directamente del alemán, ha sido preparada por Sela Bozal, profesora de la Universidad Humboldt (Berlín), que ha revisado la traducción y escrito una amplia introducción. La capacidad para crear formas es, ante todo, lo que distingue al artista, que necesita continuamente ponerla a prueba y fortalecerla. En mi caso es desigual y porfiada, y parece depender de los momentos afortunados. El impulso más visceral es el que me obliga a liberarme de la pesadilla dándole forma a sus imágenes: días enteros de intensa concentración para ver la mejor manera de retener la oscura imagen y en ocasiones me despierto de un profundo sueño con una solución inesperada. Recomiendo al dibujante que repita sus motivos una y otra vez modificándolos constantemente; su recompensa será una precisa concisión de los trazos. No creo que estudiar incansablemente las obras de los antiguos y nuevos maestros del arte del dibujo pueda aportar algo a la propia originalidad, somos originales por naturaleza y le irá muy mal a todo aquel que tenga que esforzarse demasiado en ello. En mi caso estoy en deuda con trabajos de artistas medianos, pequeños y, muchas veces, incluso desconocidos. Tanto un Rembrandt como un Durero nos imponen por su perfección inalcanzable, pero también nos desalientan en la propia creación. Las innumerables obras de grabadores, litógrafos e ilustradores casi desconocidos, en cambio, me han obligado a permanecer atento a la multitud de problemas de este arte en blanco y negro totalmente abstracto.