Christian Gálvez publica He vencido al mundo:  La historia se articula en tres ejes —“la traición de un amigo”, “el conflicto de una madre” y “la fe de un centurión”— para conducir al lector hacia un desenlace inevitable: el sacrificio.

 A las puertas de la Semana Santa, Suma de Letras presenta He vencido al mundo, la nueva novela de Christian Gálvez, que reescribe la Pasión de Cristo desde el punto de vista de dos figuras fundamentales: Judas, el amigo que le vendió y María, su madre. La historia se articula en tres ejes —“la traición de un amigo”, “el conflicto de una madre” y “la fe de un centurión”— para conducir al lector hacia un desenlace inevitable: el sacrificio.

Gálvez explora donde el relato histórico se vuelve conciso, la ficción actúa como una lupa sobre “miradas”, “silencios” y dilemas íntimos: qué se temió, qué se deseó y cómo se atravesaron las decisiones cuando ya no quedaba margen. En ese territorio, Judas se convierte en un personaje trágico: no se retrata la traición como un gesto frío, sino como un derrumbe interior —un hombre que ama se rompe y llega a suplicar “No quiero hacerlo”— mientras carga con la paradoja de sentirse necesario y, a la vez, condenado por la memoria colectiva. María aparece como madre: una mujer que intuye lo inevitable y, aun así, atraviesa el dolor, la debilidad y la duda. La novela le pone palabras a ese nudo imposible entre fe y carne (“Mi hijo debe morir”, “¿No hay forma…?”), haciendo que el lector reconozca su humanidad sin restarle grandeza.

El libro, además, se apoya en un potente lenguaje simbólico: las treinta monedas como precio y herida, la grieta como ruptura por la que entra la luz y la espada asociada a María como un dolor físico y real: la fe no evita el sufrimiento, lo atraviesa.

Dosier de prensa 

Christian Gálvez (Madrid, 1980) es presentador y escritor, con más de veinte años de trayectoria en televisión. Desde 2009 compagina su trabajo audiovisual con la literatura en Penguin Random House, con ensayos y novelas históricas. Entre sus trabajos de investigación destaca Leonardo da Vinci: cara a cara, reconocido con el Premio al Mejor Trabajo Periodístico de Investigación Científica por la Academia de las Ciencias y las Artes de la Televisión. Es miembro del Leonardo DNA Projecty ha sido comisario de la exposición «Leonardo da Vinci: los rostros del genio» (España e Italia, 2018–2020), además de formar parte de diversas instituciones museísticas y culturales.

Gálvez ya ha abordado  la figura de Jesús en Te he llamado por tu nombre, su cuarta novela, con la que inició su aproximación narrativa al origen del cristianismo.


LA OBRA


La traición de un amigo. El conflicto de una madre. La fe de un centurión.
Tres destinos. Un único desenlace: la muerte del hijo del hombre.
Jerusalén, siglo I. La pascua se acerca y Jesús de Nazaret está a punto de ser entregado
en manos de los hombres para ser juzgado y condenado a muerte. Al menos, así se lo
ha manifestado a sus más allegados. Aun así, quiere entrar en Jerusalén y enfrentarse a
escribas y fariseos, lo que para sus discípulos supondrá un camino sin retorno.
A pesar de las amenazas del Sanedrín y de Roma, el carpintero de Galilea tiene claro su
propósito. Sin embargo, y bajo la atenta mirada de un centurión que se debate entre el
deber y la fe, dos de las personas más importantes de su vida están destinadas a cam-
biar el curso de los acontecimientos para siempre: uno de sus mejores amigos, Judas,
aquel llamado a ser el hombre más odiado de la humanidad, y su madre, María, aquella
que se convertirá en la mujer más amada de la historia.
Esta es, sin lugar a dudas, una historia sobre el SACRIFICIO.


CRISTIANISMO, TRAICIÓN Y HUMANIDAD


Cuando Gálvez se aproxima a Jesús o al nacimiento del cristianismo, parte de una pre-
misa clara: los evangelios, las cartas apostólicas y la tradición construida durante si-
glos. Ese territorio es sagrado. La novela no viene a corregir los hechos, sino a explorar
los huecos entre ellos: cómo se vivieron desde dentro, qué se temió y qué se deseó en
los márgenes de lo narrado.
Ahí se fija el foco: en quienes rodean los acontecimientos —amigos, enemigos, testigos,
escépticos— y en las emociones que el relato histórico menciona de forma condensa-
da. La ficción se convierte así en una lupa sobre las miradas, los silencios y los dilemas
íntimos.
«Esta historia no se puede escribir sin ti».
Antes que el gesto, está el hombre: He vencido al mundo recupera a Judas como alguien
que ama y que se rompe. Su conflicto no se narra como una decisión fría, sino como
un proceso interno que lo desborda. Hay una súplica que lo define en el momento más
oscuro: «No quiero hacerlo», pero ¿acaso tenía elección?
Durante siglos su figura quedó reducida a un símbolo —el traidor—, pero los matices del
Nuevo Testamento abren zonas de sombra: sabemos lo que hizo y casi nada de lo que
ocurrió dentro de él. La novela explora el drama humano de alguien elegido por Jesús,
cercano a él durante años, capaz de admiración y esperanza… y también de conflicto,
decepción o vértigo.
Judas es una pieza necesaria del plan de Dios, condenado a la memoria de la humani-
dad: un amigo movido por el dolor, arrepentido, cumpliendo un papel que cree clave en
el designio divino.
La novela transforma la traición en un conflicto existencial. Judas queda atrapado en
la paradoja más terrible: ser necesario y ser condenado. Jesús lo sitúa en el centro del
relato con una sentencia que pesa como destino: «Esta historia no se puede escribir sin
ti, Judas».

En esa caída se condensan preguntas grandes —libertad, culpa, destino, arrepentimi-
ento—. Por eso, más que antagonista, Judas aparece como un personaje trágico… y, en
el engranaje del relato, inevitable.


«Una espada te atravesará el alma».


He vencido al mundo le devuelve a la Virgen una humanidad que conmueve porque es
reconocible: la de la madre que intuye lo inevitable, pero no puede aceptarlo sin rom-
perse.
La novela le hace pronunciar una certeza devastadora: «Mi hijo debe morir». No se
plantea como consigna, sino como golpe. Y, a partir de ahí, María aparece atravesada
por el llanto y el miedo, por el cuerpo que tiembla cuando la mente comprende. El texto
la muestra llorando desconsoladamente y le deja formular —como formularía cualquier
madre— la pregunta que nace del amor y de la impotencia: «¿No hay forma…?».
En el corazón de María hay una paradoja: el impulso instintivo de proteger y, al mismo
tiempo, la conciencia de que lo que ocurre la supera. La novela la mira desde ese equi-
librio difícil: no una figura idealizada, sino una mujer que sufre, duda y teme, pero sos-
tiene una fortaleza interior enorme. La Pasión también es su camino: el de una madre
que acompaña hasta el final.
En María, la fe no elimina el instinto de madre, sino que lo vuelve insoportablemente
consciente: una madre que decide apoyar el designio divino, pero no sin miedo, debili-
dad, dudas y el anhelo imposible de salvar a su hijo.
La novela redefine la «resignación» como un acto más íntimo y feroz: acompañar. El
verbo que la sostiene no es «no sentir», sino permanecer. «Solo acompañarlo… sufrir
con él… confiar».


DOS CENTURIONES ANTE EL MISTERIO

Junto a Judas y María, la novela abre una tercera ventana: la de Roma. Por un lado está
Cornelio, centurión que ya ha tenido un encuentro previo con Jesús y cree en él; un ofi-
cial obligado a cumplir órdenes mientras su mirada ya no es la misma. Frente a él apa-
rece Longinos, disciplinado y escéptico, habituado a la violencia y a la lógica del poder.
El recorrido de ambos es complementario: Cornelio observa los acontecimientos con
preocupación y esperanza; Longinos comienza como ejecutor, pero la cercanía a los
momentos más dramáticos de la Pasión lo empuja al centro del desenlace. Así, incluso
dentro del aparato romano aparecen grietas: hombres que empiezan a enfrentarse a lo
inexplicable.


CONEXIÓN DE LAS NOVELAS DEL AUTOR

He vencido al mundo se sitúa cronológicamente en los días previos y durante la propia
Pasión, en el origen de la Semana Santa: entrada en Jerusalén, tensiones con el Sane-
drín, última cena, entrega y crucifixión.
El relato mira esos acontecimientos desde dos perspectivas humanas y casi opuestas:
Judas y María. Él atraviesa el drama interior de quien caminó junto a Jesús y queda
atrapado en una decisión que marcará la historia. Ella contempla cómo lo anunciado
empieza a cumplirse ante sus ojos.

La novela no pretende cambiar lo que ya sabemos, sino acercarse al origen de la Se-
mana Santa desde la vivencia íntima de quienes estuvieron más cerca de Jesús. Y, en
ese sentido, conecta con Te he llamado por tu nombre: lo que allí vemos es el eco de lo
ocurrido en Jerusalén, cuando el suceso deja de ser una tragedia vivida por unos pocos
y comienza a transmitirse al mundo.


IMPRONTA

En estas dos novelas, el aprendizaje principal es convivir con el respeto a la historia y, al
mismo tiempo, con la libertad narrativa. Trabajar con el origen del cristianismo obliga
a documentarse y a ser cuidadoso con el contexto y las fuentes; esa disciplina es parte
del oficio.
Pero la novela vive en los márgenes que la historia no describe en detalle: miradas, si-
lencios, decisiones íntimas. Ahí el autor puede aportar una mirada propia sin traicionar
lo que ya sabemos.
El objetivo: devolver dimensión humana a personajes enormemente conocidos —Je-
sús, María, Judas y los primeros testigos— para que el lector vuelva a mirarlos como
personas que sienten, dudan y deciden en momentos límite. Incluso las historias más
conocidas pueden emocionar si se cuentan desde un lugar honesto y profundamente
humano.


SÍMBOLOS QUE ATRAVIESAN LA HISTORIA: PRECIO, HERIDA Y LUZ


Además del retrato humano de Judas y María, la novela se apoya en una red de símbo-
los que ensanchan el conflicto y le dan profundidad. Las treinta monedas condensan el
precio material de un gesto irreparable y, sobre todo, la paradoja de lo que se «compra»
sin poder compensar lo perdido.
La grieta, recurrente en la obra, funciona como una ruptura necesaria: es el lugar por
el que entra la luz, pero también la marca que queda para siempre, la herida que no
desaparece.
La espada asociada a María subraya un dolor que no es abstracto ni solemne, sino físi-
co y real: la fe no evita el sufrimiento; lo atraviesa.