
LORENZO SILVA RESCATA LA FIGURA DE UN HÉROE DESCONOCIDO
El 18 de julio de 1936, el general Campins eligió ser fiel a la legalidad, a su palabra y a su conciencia.
Una obra magistral sobre una figura clave y olvidada que une Marruecos y la Guerra Civil, uno de los momentos históricos más cruciales de la historia de España.
«Si tuviera que convencerte, lector, de lo que hace singular esta historia, diría que es la historia de un militar africanista que, a diferencia de lo que el tópico presume de todos ellos, y estando como estaba imbuido de un profundo sentido del deber, demostrado una y otra vez ante el enemigo, no vio justificado alzarse contra la República el 18 de julio de 1936, se interpuso en el camino de sus compañeros rebeldes y fue arrollado por ellos.»
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En esta novela, Lorenzo Silva rescata del olvido la historia de Miguel Campins, un militar culto, íntegro y valiente que atravesó las guerras de Marruecos, la dictadura de Primo de Rivera y los años convulsos de la República sin traicionarse jamás. Miguel Campins no era un militar africanista cualquiera: condecorado una y otra vez, incluso con la Legión de Honor de la República Francesa, presente en primera línea en todos los grandes episodios de la campaña marroquí, desde la guerra del Kert de 1911-1912 hasta la campaña final de 1927, pasando por el desastre de 1921, la retirada de Xauen de 1924, el desembarco de Alhucemas en 1925 o la derrota final de Abd el Krim en 1926, su experiencia de combate, como infante, artillero, jinete e incluso aviador, no tiene parangón en ninguno de los muchos militares que vivieron la campaña.Huérfano de madre desde niño y marcado por una soledad que ni la gloria ni el amor lograron disipar, Campins hizo del deber su única patria. La vida de internado le impuso al niño y luego al muchacho, junto con la independencia, esa necesidad imperiosa de valerse por sí mismo, de aguzar el ingenio y de proveerse de fortaleza interior que explica el carácter del hombre maduro en el que se convirtió. Un hombre capaz de arrostrar a un tiempo, sin excederse y sin atolondrarse, el peligro y la responsabilidad. |
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Su historia transcurre de los barrancos del Rif en 1911 al fatídico verano de 1936, cuando el alzamiento militar lo condenaría a perder la vida por su decisión de mantenerse el 18 de julio del lado de la legalidad republicana en su puesto, recién estrenado, de comandante militar de Granada.Rodeado de oficiales golpistas, que lo traicionan y lo engañan y luego lo arrojan a la ira del jefe del alzamiento en Andalucía, Queipo de Llano, Campins trata de evitar el baño de sangre en la ciudad, lo que consigue durante tres días, antes de que lo destituyan y lo recluyan en su residencia oficial, momento en el que se desata en Granada una cruel represión que acabará costándole la vida, entre a otros miles, a Federico García Lorca. Después de arriesgar una y otra vez la vida en combate, Miguel Campins afrontará en agosto de 1936 en Sevilla, a manos de sus compañeros y frente a un consejo de guerra, una muerte que ya no será probable, sino cierta. ![]() Campins, Franco.Un hilo caprichoso entreteje la vida de Francisco Franco Bahamonde y Miguel Campins, desde las escaramuzas de 1912 a orillas del Kert hasta el cruel verano sevillano de 1936. Un hilo con multitud de puntadas, de las que el desembarco de Alhucemas en 1925, donde los dos mandan sendas agrupaciones de tropas, representa quizá la bisagra de las vidas de ambos y de la relación entre ellos. Sin ser de camaradería, tampoco de amistad profunda, no está exenta del respeto que explica que Franco, cuando el consejo de guerra dicte su sentencia de muerte contra Campins, se avenga a pedir clemencia para él. A su reiterada coincidencia en la campaña africana hay que añadir que durante tres años, de 1928 a 1931, compartieron el empeño de la refundación de la Academia General Militar de Zaragoza, Franco como director y Campins como subdirector, alma y cerebro del centro destinado a formar a los oficiales del Ejército. Así lo atestiguará uno de sus alumnos, el futuro general Manuel Gutiérrez Mellado.Con nadie reconstruye la trayectoria de un hombre que eligió la conciencia antes que la sumisión, la lealtad a la palabra dada antes que la conveniencia. En sus manos, la historia se convierte en destino: el de quien supo permanecer entero cuando las pasiones dividían y arrastraban al resto.Con el pulso de la gran narrativa histórica y la lucidez moral de su mejor literatura, Lorenzo Silva convierte en protagonista a un héroe desconocido, un general que, rodeado de ruido y de miedo, fue fiel solo a su deber, a su idea de justicia y al afán de cuidar de las vidas de las que era responsable. |
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| Al encuentro con Campins Este libro vino a buscar a Lorenzo Silva a través del nieto del general, Miguel Ángel Solana Campins, cuando hace poco menos de diez años presentaba su novela Recordarán tu nombre. Al finalizar el acto, Miguel Ángel se le acercó y le dijo que creía que podría interesarle ahondar en la historia de su abuelo y acaso escribir sobre él. Del general Campins tenía Lorenzo Silva noticia somera: sabía que había sido uno de los muchos militares y no pocos generales españoles que el 18 de julio de 1936 habían declinado sublevarse y preferido atenerse, pese a las consecuencias, a su palabra dada de lealtad a la legalidad republicana. Sabía, también, que los sublevados lo habían fusilado por ello, y que su vida y su muerte, como tantas otras, habían caído en el olvido, quizá por no ser una de esas víctimas a las que se prefiere reivindicar.«No tardé mucho en indagar algo más, tampoco en darme cuenta de que efectivamente allí no sólo había una historia, y una historia que yo podía contar —no sirve uno para narrar cualquier cosa—, sino una especialmente poderosa y esclarecedora: sobre la condición humana, sobre la historia reciente de España y sobre dos episodios cruciales de ella, la guerra de Marruecos y la guerra civil, cuyo relato en nuestra narrativa, en un caso por desidia, en el otro por exceso de esfuerzos guiados por intereses extraliterarios, sigue por debajo de lo que ambos episodios dan de sí.»Y en eso, pasaron ocho años. Al fin, en 2025, Lorenzo Silva se sumergió en la figura del general e investigó en profundidad su vida con la ayuda de la familia, mientras ahondaba también en el contexto histórico: la campaña marroquí o los comienzos de la guerra civil, dos trasfondos ya presentes en algunas de sus novelas anteriores, pero sobre los que la peculiar biografía de Campins obligaba a ampliar y afinar la labor de documentación. |
| LORENZO SILVA NOTA DE AUTOR «Y al final del camino, aquí está el libro. He intentado poner al lector en el lugar de ese hombre que atravesó su existencia, desde el principio hasta el final, en una soledad que acató con entereza y que sólo la familia que formó junto a su esposa, Dolores Roda, logró mitigar. Es la historia de un soldado, de un combatiente que se hizo en el campo de batalla, pero también de un estudioso, de alguien que dejó escrito que el oficial debe ser un hombre ilustrado e irradiar esa ilustración a los hombres cuyas vidas pone la sociedad en sus manos. Unas vidas que tiene, además, el deber de preservar. En la novela no sólo hay batallas y disparos: gracias a la memoria oral de las mujeres de la familia, transmitida por Dolores a su hija, Conchita, y por esta a la suya, Lola, nieta del general, también se narra el amor entre un hombre y una mujer, primero como novios y después como esposos, el amor de un padre por sus hijos, la añoranza de estos tras su muerte cruel, prematura e injusta.Si tuviera que convencerte, lector, de lo que hace singular esta historia, diría que es la historia de un militar africanista que, a diferencia de lo que el tópico presume de todos ellos, y estando como estaba imbuido de un profundo sentido del deber, demostrado una y otra vez ante el enemigo, no vio justificado alzarse contra la República el 18 de julio de 1936, se interpuso en el camino de sus compañeros rebeldes y fue arrollado por ellos. Hay algo más: su biografía coincide una y otra vez con la de otro personaje, Francisco Franco Bahamonde, con quien compartió muchos de esos episodios, aunque el que luego ejercería durante cuatro décadas como dictador llegó más tarde a Marruecos y se marchó antes, cuando todavía quedaba mucho territorio por pacificar y mucha guerra por hacer. Sus vidas paralelas vuelven a encontrarse en Zaragoza, en 1928, cuando uno como director —Franco— y el otro como subdirector —Campins— ponen en marcha la Academia General Militar, en la que Campins, un diplomado de Estado Mayor de perfil mucho más intelectual que el de su superior, encuentra la obra de su vida y trata de plasmar su ideario sobre lo que debe ser un oficial, con valores que siguen hoy, un siglo después, inspirando la formación de los oficiales españoles.Y para terminar: aunque entre ellos no debió de existir nunca una intimidad excesiva, por la diferencia de caracteres, la frialdad y la desconfianza de Franco y la naturaleza solitaria de Campins, cuando su antiguo subordinado fue condenado a muerte, el que pronto se erigiría en caudillo del Movimiento, aunque entonces no lo era todavía, intercedió en un par de ocasiones ante Queipo de Llano, el general golpista que ya había decidido acabar con quien no le había obedecido en la hora del alzamiento. La petición no surtió efecto alguno, porque Queipo se complació en desoír a su compañero de rebelión, a quien íntimamente despreciaba, pero el gesto quedó ahí. No hay noticia de que Franco intercediera por nadie más. Incluso asistió sin mover un dedo para evitarlo al fusilamiento de su primo en Tetuán. La dignidad de Campins, que el propio Queipo acabaría reconociendo en sus memorias, obró el milagro de despertar la piedad de un hombre que no se distinguía precisamente por demostrarla.Esto, y mucho más, hay en la historia de Campins. La aventura de un hombre solo en tiempos violentos y oscuros. La historia de alguien que en la integridad y la lealtad a sus principios y a su sentido del deber nos ofrece un ejemplo perdurable y nos invita a pensar qué habría sucedido si en aquellas horas aciagas hubiera habido más como él.» |
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Miguel Campins no era un militar africanista cualquiera: condecorado una y otra vez, incluso con la Legión de Honor de la República Francesa, presente en primera línea en todos los grandes episodios de la campaña marroquí, desde la guerra del Kert de 1911-1912 hasta la campaña final de 1927, pasando por el desastre de 1921, la retirada de Xauen de 1924, el desembarco de Alhucemas en 1925 o la derrota final de Abd el Krim en 1926, su experiencia de combate, como infante, artillero, jinete e incluso aviador, no tiene parangón en ninguno de los muchos militares que vivieron la campaña.Huérfano de madre desde niño y marcado por una soledad que ni la gloria ni el amor lograron disipar, Campins hizo del deber su única patria. La vida de internado le impuso al niño y luego al muchacho, junto con la independencia, esa necesidad imperiosa de valerse por sí mismo, de aguzar el ingenio y de proveerse de fortaleza interior que explica el carácter del hombre maduro en el que se convirtió. Un hombre capaz de arrostrar a un tiempo, sin excederse y sin atolondrarse, el peligro y la responsabilidad.




