Últimos ritos, de Ozzy Osbourne

Puede que el heavy metal no sea de esos géneros musicales mayoritarios, cuyos temas no solo no son bombardeados desde las radio fórmulas, sino que apenas pueden ser escuchados fuera del ámbito dedicado a él. Es por ello por lo que la mayor parte de artistas pertenecientes a este estilo no son conocidos por el público medio, más habituado al pop, u otros estilos más comerciales.
Son pocos los artistas dedicados al metal que trascienden estas fronteras. Pero cuando esto ocurre, éste suele llegar a ser archiconocido por la sociedad en general, hasta convertirse en un icono cultural. Ozzy Osbourne ha sido uno de esos fenómenos convertidos en patrimonio universal, indistintamente de si seguías su carrera musical o no.

Por todos aquellos que consideramos al heavy como nuestra religión —lo siento, pero para los que amamos este género la sentimos como algo más que música— puede que esto de que los ídolos pertenecientes a ella trasciendan más allá de nuestros círculos nos dé un poco de rabia.
Pero es cierto que Ozzy se ganó esto a pulso convirtiéndose en algo más que el cantante de Black Sabbath, como cuando arrancó la cabeza a un murciélago, que algún espectador lanzó al escenario durante uno de sus conciertos —hay que aclarar que Ozzy mordió la cabeza del bicho creyendo que este era de plástico—, o convirtió su vida en un espectáculo televisivo. Pero para aquellos que no conocen su carrera musical, decirles que eso no fue más que un grano de arena en la trayectoria de este loco y extravagante vocalista.

Él era el primer sorprendido en haber llegado a traspasar la setentena, sintiéndose afortunado por vivir tantos años cuando más de la mitad de ellos los pasó borracho y colocado. Irónicamente, no fueron sus excesos los que le obligaron a abandonar los escenarios, sino una simple caída una noche al saltar a la cama, con la mala fortuna de errar la trayectoria y caer al suelo.

Por aquel entonces tenía sesenta y nueve años, y estaba triunfando de nuevo en los escenarios con una última gira, la cual tuvo que interrumpir con anterioridad por una infección en dos de sus dedos. Esto no fue más que el principio de una serie de problemas médicos encadenados, aparte de su diagnostico de párkinson, en los que sus últimos años se convirtieron en un auténtico infierno cuando la caída referida pudo dejarlo tetrapléjico.

Toda esta triste odisea nos la narra en Últimos ritos, un libro que enamorará a todos los que nos consideramos adoradores de El Príncipe de las Tinieblas, uno de los pioneros del heavy metal.
Ozzy nos describe, de manera muy minuciosa, todos estos últimos acontecimientos que lo acompañaron en los últimos años. Se abre con la sinceridad de aquellos que son conscientes de que el final del camino está próximo y no tienen ya nada que perder. Detalla todas sus afecciones, accidente, tratamientos y operaciones por los que tuvo que pasar a su avanzada edad. Con una fuerza de voluntad que ni él mismo creía poseer, se enfrentó a estas adversidades con el único objetivo de poder cumplir sus compromisos con sus seguidores, sentía que se los debía.

Entre estas descripciones, de forma muy acertada, intercala aspectos biográficos, hechos significativos dentro de una vida tan interesante así como un sinfín de anécdotas. Todo ello aderezados con su inconfundible sentido del humor, sin pelos en la lengua, donde confiesa que muchos de ellos se los narraron después, ya que en muchas de esas ocasiones iba tan puesto que era imposible recordar nada. A pesar de la gravedad de sus excesos, no podemos evitar reír por su forma de contarlo. Pura magia por parte del gran Ozzy.

Desde sus inicios en The Polka Tulk Blues —que pasó luego a llamarse Earth hasta finalmente ser rebautizada como Black Sabbath—, Ozzy relata, con un halo de nostalgia que traspasa la páginas, como, sin siquiera haber deseado nunca ser cantante, llegó a convertirse en uno de los más icónicos, pasando por su etapa como solista para culminar la narración con el recuerdo de su última actuación con la antigua banda que lo encumbró, la emotiva actuación en la clausura de los Commonwealth Games.

Describe lo duro de la recuperación de los últimos acontecimientos, para intercalar historias increíbles vividas juntos a grandes amigos y miembros de otras bandas míticas: sus referentes Beatles, Peter Gabriel, y la gran amistad con Slash, Elton John, o el otro grande como era Lemmy, bajista y cantante de Motörhead, el cual compuso éxitos de Ozzy como Mama, I´m coming home en apenas cuarenta y cinco minutos.

Estos días circula por plataformas un documental en el que él mismo narra los hechos que rodearon su vida, y he de confesar que cuando este libro llegó a mis manos pensé que no aportaría nada que no hubiese visto ya en dicho documental, pero me equivocaba. Porque en este libro Ozzy se abre huyendo de la corrección política y eufemismos a la hora de compartir sus experiencias más extremas.

A través de la escritura abre su corazón. En el documental pasa de soslayo por esos excesos que poblaron su existencia, aquí entra de lleno en la cuestión. Nos hace partícipe no solo de esos momentos locos, sino también de aquellos en los que la resaca golpeaba más fuerte que el colocón, y en las consecuencia de la fiesta ilimitada, llegando a confesar que sin su esposa Sharon, seguro que no hubiera llegado a una edad tan avanzada.

Antes de empezar este libro, fui muy crítico y no esperaba mucho —te lo dice alguien que en cuanto oyó que Ozzy había dejado este mundo, cogió un avión para Birmingham solo para visitar el puente Black Sabbath y pisar las calles que algún día recorrió El Príncipe de las Tinieblas—, pero una vez me introduje en él, lo acabé en dos días, sin apenas darme cuenta, por lo divertido, por lo emotivo. Tanto si eres fan del cantante, como de la buena música en general, este libro es imprescindible para admirar, o conocer, más aún al genio loco.