

Cuerpos que conciben. Cuerpos que crecen. Cuerpos que envejecen. Cuerpos que se rompen y sanan. Cuerpos que no olvidamos. Los cuerpos que deben ser cuidados y que cuidan. Nuestros cuerpos y sus cuerpos. Conmovedora por su honestidad, bella por su proximidad, única por su humor, la escritura de Ana María Shua es también cuerpo recordado y recreado. El asombro y la agitación en el descubrimiento; la dignidad y el esfuerzo en la superación; el dolor y el amor en el duelo conviven con una mirada lúcida y una literatura cómplice, donde el síntoma, la herida o la cicatriz son un canto a la vida.
Es ciencia: con el correr de los años, Shua se ha convertido por derecho y mérito propios en una suerte de genio y oráculo. RODRIGO FRESÁN
Acerca de El cuerpo roto de Ana María Shua
Dime lo que lees y te diré lo que escribes. Como lectora, me entrego con fascinación todo texto que tenga que ver con enfermedades, plagas, pestes, curaciones. De ahí que buena parte de mi obra está dedicada también a ese tema constante y perturbador, que toma protagonismo en El cuerpo roto. Los libros del genial escritor y neurólogo Oliver Sacks son una de mis lecturas preferidas, pero no me pierdo ninguna otra.
Mientras lo escribía, releía algunos de los libros que me provocaron en su momento horror y placer.
Cito al azar Opus nigrum, de Marguerite Yourcenar, Morfina, de Mijaíl Bulgákov, La montaña mágica, de Thomas Mann, y su adláter, la bellísima Perorata del apestado, de Gesualdo Bufalino, Ante todo no hagas daño, de Henry Marsh, y tantísimos otros.
Me pregunto de dónde viene ese interés un poco morboso (es decir, enfermizo) y siempre presente y tengo que remontarme a mi infancia, a mis primeras lecturas. A mí, de chica, siempre me gustaron las novelas de aventuras. Se escribe porque se lee, se escribe, entre muchas otras razones, para imitar eso que nos ha provocado tanto placer.
A los diez años, yo hubiera querido escribir novelas de aventuras. Pero no cualquiera es aventurero, no cualquiera es capaz, en la realidad o en la fantasía, de explorar territorios desconocidos (de los que además, ya quedan tan pocos), no cualquiera es capaz de lanzarse aún literariamente por territorios lejanos y misteriosos, no cualquiera es espía o corresponsal de guerra. Y sin embargo hay dos aventuras que son comunes a todos los seres humanos, que todos hemos experimentado, que todos hemos enfrentado, soportado, padecido: son la enfermedad y el amor. A mí me interesa, sobre todo, la
enfermedad. Y aquí está El cuerpo roto para demostrarlo.
Desnudo en la camilla de Terapia Intensiva (desnudo como en el sexo y la tortura), obscenamente expuesto y abierto en las intervenciones quirúrgicas, penetrado por espéculos, agujas, dedos engomados, sondas, respiradores o cámaras de televisión, el cuerpo humano es reiteradamente violado por una raza de artistas que también lo aman: los que practican el arte de curar. Entre los escritores médicos, genios como Chejov, como William C. Williams observan desde todos los ángulos la despareja relación de poder médico-paciente. Talentos como Axel Munthe o como Cronin, artesanos como Noah Gordon, Michael Crichton, se ubican sobre todo en el lugar del médico. Como autora, suelo elegir el lugar del doliente, pero no siempre, no en todos los cuentos. Fascinada por esa relación sadomasoquista, (y hay que decir que el sádico no siempre es el médico) traté de que El cuerpo roto se acercara a la medicina desde diversas perspectivas: las de la persona enferma, la de quienes lo rodean y lo cuidan, que muchas veces sufren tanto o casi tanto, la de los médicos. Más la perspectiva de
los sobrevivientes. Porque la medicina también se toca con la literatura por su proximidad con la muerte. Los seres humanos estamos obligado a fingirnos eternos para sobrevivir. La idea de la muerte es intolerable y necesitamos de una falsa sensación de inmortalidad para poder seguir adelante: sólo la medicina y la literatura pueden soportar la constante certeza de que ninguna historia humana termina bien. De algún modo seguimos adelante, aún con El cuerpo roto.
Mientras escribía los cuentos que componen El cuerpo roto me sentía partícipe de una antigua tradición. Cuerpos sometidos que se rebelan desde la palabra, creando un tópico que se reitera a lo largo de los siglos: el de las invectivas contra los médicos. En la España de los siglos XVII y XVIII, Quevedo y su discípulo Torres de Villarroel expresan el horror y la humillación de los enfermos sometidos a los brutales tratamientos de la época, enemas, sangrías, vomitorios, dietas y sanguijuelas. Chejov es quizás el primero en describir desde adentro, desde el lugar del enfermo, los horrores de un hospital psiquiátrico. En esa tradición se inscribe el relato que hace Martin Fierro (el libro inaugural y fundamental de la literatura argentina) de las bárbaras curaciones con que las médicas indígenas enfrentan una epidemia de viruela, quemándoles la boca a sus pacientes con huevos hirviendo. Si en otras épocas los hospitales no eran más que morideros adonde los enfermos se resistían a ser internados, los autores actuales incorporan la combinación de medicina y burocracia que hacen de un hospital moderno el microcosmos de nuestro universo social.
Es curioso que ningún avance de la ciencia médica (y los hay, y son extraordinarios, y todos los conocemos) logre paliar cierto oscuro terror: se teme a la curación tanto como a la enfermedad. Fabricantes de best-sellers, como Cook o Slaughter expresan no menos desconfianza que Quevedo hacia las prácticas médicas de nuestra época. Adelantos asombrosos, como los trasplantes,
provocan fantasías terroríficas y muy compartidas, por ejemplo, esa idea que podrían secuestrarnos para robarnos los órganos. Pero también existe el horror real: los efectos secundarios de la quimioterapia, las quemaduras de la radiación, la anestesia, las operaciones, ¿no son acaso comparables a los huevos hirviendo de las curanderas ranqueles? Y si, por suerte, esas prácticas en la mayor parte de los casos resultan salvadoras, ¿no son, acaso, a veces, igualmente inefectivas? Y la literatura, una vez más, se hace cargo de los temblores secretos de la humanidad.
Los temas literarios van siguiendo la realidad de las epidemias y las endemias de cada época. En el siglo XIX hay una literatura de la tuberculosis, en el siglo XX, una literatura del cáncer, y en los últimos años del siglo XX y primeros del siglo XXI, hay una literatura del SIDA, en los últimos años, una literatura del COVID, con su carga adicional de encierro. Si nos decidiéramos a incorporar las enfermedades mentales, la lista sería infinita. La psicosis paranoica, por ejemplo, ha provocado alta literatura en todas las culturas. Me limito a mencionar el Diario de un loco, del autor chino Lu Shin. Si nos centramos en las enfermedades cuyo sustrato fisiológico ya ha sido comprobado, tenemos hoy el Alzheimer, que por su particular relación con el lenguaje, con el desmembramiento y la pérdida del lenguaje, resulta en los últimos años un tema fascinante para la literatura de ficción y no ficción. Un tema que, por supuesto, también tiene lugar en El cuerpo roto, donde trato de demostrar esa sencilla verdad que todos sabemos y tratamos de olvidar: que somos nuestros cuerpos y somos nuestras mentes, al mismo tiempo y sin grietas, esa dolorosa conjunción que nos hace humanos.
Ana María Shua

Ana María Shua (Buenos Aires, 1951) publicó en 1967 su primer libro de poemas, El sol y yo. En 1980 su novela Soy paciente obtuvo el premio Losada. Otras novelas suyas son Los amores de Laurita, El libro de los recuerdos (Beca Guggenheim), La muerte como efecto secundario (Premio Ciudad de Buenos Aires en novela y Premio Club de los Trece), El peso de la tentación o Hija. En 2009 sus cuatro libros de cuentos se publicaron reunidos con el título Que tengas una vida interesante. En 2014 obtuvo en su país el premio Konex de Platino y el Premio Nacional de Cuento y Relato. Sus cuatro primeros libros de microrrelatos son La sueñera, Casa de geishas, Botánica del caos y Temporada de fantasmas, que se publicaron reunidos en Cazadores de letras. En 2011 se publicó Fenómenos de circo y en 2019 apareció La guerra. Parte de su obra ha sido traducida a dieciséis idiomas.
De Ana María Shua se ha escrito: «Shua escribe con un aire reposado e inteligente y no con la dentellada hiriente de quien, artificioso, muestra el truco y desbarata el efecto, la contundente sacudida final de los textos», Ernesto Calabuig, El Cultural; «Es ciencia: con el correr de los años, Shua se ha convertido por derecho y mérito propios en una suerte de genio y oráculo», Rodrigo Fresán, Página/12.