Veo el mundo comouna gran sinfonía: Mireya Hernández recorre los últimos dos siglos intentando asir una realidad oculta, invisible como la escritura, y, como en Las mil y una noches, cuenta historias para sobrevivir

Un zepelín y un volcán, los indios que perdieron sus territorios y la reina que una vez conquistó el mundo; encuentros con rayos, con estrellas fugaces, con canciones y dentro de canciones; Emily Dickinson y los ojos que se cierran para ver, como el Cuadrado negro de Malévich que antes de él pintaron otros; una ciega mirando una vaca, dos prostitutas romanas, un soldado que se rompió los dientes para volver a casa y que podría ser cualquier desertor de cualquier batalla… En este entramado de personajes y tiempos que transita por la crónica, el ensayo y la fabulación, Mireya Hernández recorre los últimos dos siglos intentando asir una realidad oculta, invisible como la escritura, y, como en Las mil y una noches, cuenta historias para sobrevivir. Los relatos se transforman en espejos que reflejan un mundo fragmentado, y entre guerras y bailes, las dudas se multiplican, se suceden las preguntas y lo cotidiano se mezcla con lo extraordinario bajo el prisma del asombro y el humor. Aquí el mundo suena discordante, pues lo oímos a través de unos soldados que atacan enemigos en la niebla, o del hielo chocando con el casco de un barco, o de un piano desafinado, pero su melodía podría escucharse desde el espacio.

Mireya Hernández nació en Madrid y se formó como filóloga inglesa y periodista. Ha traducido, entre otros autores, a Greil Marcus y Fredric Jameson. Sus artículos y reportajes han aparecido en revistas como El Cultural, LEER, Calle del aire, El Salto, Jot Down y Ajoblanco. Ha escrito textos para varios músicos y artistas y ha publicado la novela fragmentaria Meteoro (Caballo de Troya, 2015), el libro misceláneo Modos de caer (Newcastle, 2021) y el ensayo literario Jonas Mekas. El paraíso recobrado (Zut, 2023). Esta obra es fruto del XXX Premio-Beca Bodegas Olarra & Café Bretón.

«Me recuerda al acto de escribir, de
poner en palabras las ideas y las cosas,
de dotar de volumen a aquello que hasta
ahora estaba circulando por nuestra
mente, de asirlo al papel como quien
clava una mariposa en una tabla con
un alfiler. ¿A dónde van si no todos
esos pensamientos, esas imágenes? ¿En
qué limbo flotan si no los apresamos?
Anotarlos aquí ahora, llenar este papel
que hace un rato era blanco, es una
forma de arrancarle unos fragmentos al
vacío que crece, que decía Perec».


«Jacobus y Josephina estuvieron casados
treinta y ocho años. Treinta y ocho
años en que vieron de todo. Vieron las
chimeneas humeantes de las fábricas y
el Autorretrato de Arnold Böcklin con la
muerte tocando el violín. Vieron pacientes
anestesiados y un montón de parásitos a
través del microscopio de Louis Pasteur.
Vieron luz que no procedía del sol. […]
Vieron un dirigible caer del cielo, vieron
cielos llenos de metralla. […] Vieron
pasar imágenes a toda velocidad por
encima del tambor de un praxinoscopio,
y se quedaron horas con la vista pegada
a esa rueda cubierta de espejos que
reflejaba los primeros dibujos animados,
el primer cine, si cabe, el cine antes
del cine, como en los experimentos de
Eadweard Muybridge. […] Vieron a un
monje agustino hablar de genética y a
un astrónomo alemán hallar un nuevo
planeta. No llegaron a tiempo de ver al
cometa Halley».

Otras de sus obras son:

Meteoro

Meteoro de Mireya Hernández

Meteoro trata sobre la influencia que tiene la herencia familiar en nuestra manera de relacionarnos con los demás; trata sobre el amor y la muerte y sobre la muerte del amor. Meteoro sostiene que uno es víctima de sus propias decisiones y que el pasado siempre vuelve.

Si no sabemos cuáles son nuestras herencias, basta con mirar nuestra forma de relacionarnos, pues las historias que construimos (y destruimos) con los demás suelen ser un dibujo fiel de nuestra estructura.

Meteoro, la primera novela de Mireya Hernández, trata de relaciones, sobre todo de la que la narradora, Martina, mantiene con Pablo, un joven que conoce en Zaragoza y con quien inicia un noviazgo. Harto de la ciudad, Pablo la convence para instalarse en una casa llamada Beneded, situada en La Oliva, un pequeño pueblo del Pirineo aragonés. Beneded se encuentra en un estado ruinoso. En el pueblo hay pocos vecinos y habitan un tiempo que nada tiene que ver con el fulgurante presente urbanita al que la protagonista está acostumbrada. A partir del clásico contraste (y oposición) entre la ciudad y el campo, comienzan a aparecer las resquebrajaduras en la pareja, y como si el entorno fuera capaz de mimetizar los acontecimientos, la casa empieza a inundarse cada vez que llueve, el calor del radiador a escaparse por los huecos de las ventanas y las paredes del salón, el cuerpo a enfermar (un bulto en el pecho, dolores en las extremidades, una uña que se cae, una mandíbula que chasquea sin control durante la noche). Los sueños se convierten en pesadillas, y Martina tiene que pasar la mitad del tiempo sola porque Pablo viaja constantemente a la ciudad por asuntos de trabajo.

Aunque lo que se narra aquí es una ruptura sentimental, no se utiliza para ello lo que suele ser habitual a la hora de abordar el tema amoroso: el romanticismo y la creencia en que el otro puede salvarnos o condenarnos. Ni siquiera hay autocomplacencia en la pena, sino todo lo contrario: un vitalismo y una celebración de las cosas sencillas que recuerdan a Natalia Ginzburg y que lleva al lector a una aceptación que nada tiene que ver con la derrota.

Modos de Caer

Modos de Caer de MIREYA HERNÁNDEZ

En Newton, el grabado de William Blake, el físico inglés hace cálculos en el suelo para intentar descifrar el universo. Está tan abstraído que no se fija en la roca cubierta de algas y corales sobre la que se sienta y cuya observación le ayudaría a entender el mundo. Modos de caer es como esa piedra, un caos de textos interconectados que narran en un mismo plano, a menudo desde los márgenes, lo conocido y lo cotidiano. Personajes anónimos e históricos, fracasados en su mayoría, herzoguianos a veces, construyen un mosaico de caídas en las que casi siempre interviene el azar; el mismo azar que hace que Strindberg vea el cosmos en unas motas de polvo. Un cura brasileño que vuela aferrado a un millar de globos, una aviadora norteamericana que desaparece en el aire, el incendio de una emisora de radio en medio de una gran nevada, una secuoya convertida en una pista de baile, un lienzo que oculta las ruinas de Varsovia, magos que son víctimas de su propio truco, máscaras de cobre para soldados sin rostro, un zorro atrapado en el hielo, un cine en el desierto, un hombre vestido de murciélago que salta desde la torre Eiffel Los breves episodios que recrea Mireya Hernández podrían contar acaso la historia de los vencidos.

Jonas Mekas

Jonas Mekas de Hernández, Mireya

El paraíso recobrado

Jonas Mekas salió de un pueblo de Lituania con veintiún años y se exilió en Nueva York, tras pasar un lustro en campos de trabajo, fue poeta y director de cine.

Jonas Mekas nunca supo dónde empezaba su vida y dónde terminaba. Salió de un pueblo de Lituania con veintiún años y se exilió en Nueva York tras pasar un lustro en campos de trabajo y de refugiados. Fue poeta, crítico de cine, archivista, distribuidor de películas underground y filmador. En el nuevo cine americano encontró el hogar que había perdido huyendo de una Europa rota y manchada de sangre y de la persecución de nazis y soviéticos. Sus películas-diario son poemas donde nada sucede más que la propia vida, el presente mismo registrado en imágenes más reales que los propios recuerdos. Mireya Hernández dialoga con él en este relato inacabado en que varias voces tratan de asir a un hombre que buscó la belleza en los márgenes. Por estas páginas pasan personajes de la cultura y contracultura del último siglo, pero también los burros de Ávila, santa Teresa, Petrarca, un puñado de gatos y muchos desconocidos. El azar ha querido que sean estos y no otros episodios los que cuenten la historia del artista lituano.