Entrevista con el escritor José Vila del Castillo: “Mi novela Polifónica contiene una vida atravesada por la historia y por los libros”

Poeta, ensayista, novelista, licenciado en Filosofía y Letras; español nacionalizado dominicano, José Vila del Castillo es un escritor de peso, o como el mismo se define “un lector que escribe”, alguien que “intenta ordenar el mundo con palabras”. En su nueva novela titulada “Polifónica” demuestra que la vida privada nunca esta disociada de la historia colectiva. Más que una novela histórica, Vila del Castillo ha creado una “novela de memoria”. Una obra íntima y coral, atravesada por hechos familiares y sucesos colectivos trascendentales. 

Por: Rafael Maestre.

Pregunta: – Desde el punto de vista estilístico, ¿Polifónica es una novela híbrida?

Respuesta: – Sí, sin duda es una novela híbrida. Polifónica nace de la necesidad de mezclar registros: la narración de una memoria familiar, la reflexión ensayística sobre la lectura y los libros, la crónica de una época histórica y, a la vez, la exploración casi poética de la voz interior del narrador. Hay capítulos que se leen como una confesión íntima, otros como un archivo abierto –con listas, documentos, referencias– y otros como una secuencia casi cinematográfica. El término Polifónica no es una metáfora decorativa: hay varias voces, varios niveles de tiempo y de conciencia hablando a la vez. Esa mezcla no responde a un proyecto de “originalidad” sino al intento de ser fiel a la complejidad de lo vivido y a la propia naturaleza del material: una vida atravesada por la historia y por los libros.

P: – En la forma te distancias completamente de la gran cantidad de novelas que se publican. ¿Te importa marcar una diferencia o lo haces por necesidad?

R: – Lo hago por necesidad, no por estrategia. No me interesa escribir “diferente” para destacar en un mercado, sino encontrar la forma justa para lo que quiero contar. La vida que narro no cabe en una estructura lineal y cómoda. La memoria no funciona así: vuelve, se interrumpe, se corrige, se contamina de lecturas. Por eso el libro está hecho de fragmentos, saltos temporales, escenas que se reflejan unas en otras, materiales de archivo que irrumpen en medio de la intimidad. Si eso marca una diferencia formal respecto a muchas novelas actuales, bien; pero no es un gesto de ruptura programado, sino la consecuencia de tomarse en serio al lector, tratar de escribir la mejor literatura posible sin atender a las modas, y no simplificar ni la historia ni la experiencia del dolor.

P: – ¿Qué historia cuenta Polifónica?

R: – Cuenta, en primer término, la historia de un hijo que intenta comprender la violencia del padre y el silencio de la madre a través de una biblioteca. A partir de ese núcleo íntimo, la novela se despliega hacia fuera: hacia la Guerra Civil, el franquismo, el exilio, la posguerra, la Segunda Guerra Mundial, y hacia las rutas invisibles de los libros expoliados y dispersos. Es la historia de una familia atravesada por varias violencias: la doméstica, la política, la religiosa, la de clase. Pero también es la historia de cómo los libros –los leídos, los prohibidos, los robados– organizan una vida, la salvan a veces y otras veces la comprometen. En el fondo, Polifónica cuenta la tentativa de un narrador por poner orden en una herencia envenenada: la del padre, la del país y la de un siglo que dejó demasiados cadáveres y demasiados libros en los sótanos.

P: – ¿Sería simplista definirla como “novela histórica”?

R: – Sería, más que simplista, insuficiente. Hay historia, por supuesto: el libro recorre algunos de los grandes episodios del siglo XX español y europeo y trata de hacerlo con rigor documental. Pero la novela no usa la historia como telón de fondo, sino como materia viva que sigue actuando en el presente de los personajes. Polifónica es una novela sobre la memoria, sobre cómo una familia encarna y distorsiona la historia de un país; sobre cómo esa historia se deposita en los cuerpos, en los silencios, en las casas, en las bibliotecas. Si tengo que elegir una etiqueta, preferiría hablar de “novela de memoria” antes que de “novela histórica”. La historia está ahí, pero filtrada por la conciencia de alguien que intenta comprender su vida leyendo los escombros del pasado.

P: – Cuentas la historia trágica de una familia y luego irrumpes con ciclos también muy difíciles de la historia mundial. ¿La vida íntima está más relacionada con lo colectivo de lo que se piensa?

R: -Creo que la vida íntima y la historia colectiva son inseparables. No existe una “vida privada” aislada de las decisiones políticas, económicas o religiosas que ordenan una sociedad. En Polifónica, la violencia del padre no aparece como un simple caso clínico o como una anécdota familiar, sino como el resultado de un país educado en la obediencia, en el miedo, en la culpa, en el patriarcado más brutal, en un catolicismo autoritario y en una posguerra cargada de humillación y revancha.

Las grandes catástrofes del siglo XX –guerras, dictaduras, exilios, expolios– entran en la novela a través de la cocina, del comedor, del dormitorio, de los golpes y de los silencios. Lo que suele llamarse “Historia” acaba escribiéndose en la piel de las personas concretas. Ahí es donde la literatura puede mostrar la verdadera dimensión de lo colectivo.

P: – El padre del protagonista, con todo lo que se cuenta de su conducta terrible hacia la madre y por ende hacia el hijo, ¿es parte de las tragedias colectivas que más adelante narras?

R: – Sí, y eso es precisamente lo inquietante. El padre no es un monstruo excepcional, ajeno a su tiempo, sino la expresión extrema de una cultura y de una educación afectiva deformadas. Es un individuo responsable de sus actos –la novela no lo absuelve en ningún momento–, pero al mismo tiempo es hijo de una época marcada por la Guerra Civil, la represión franquista, el discurso nacionalcatólico y una concepción de la autoridad que legitima el abuso en nombre del orden y de la familia. Lo que me interesaba era mostrar cómo un hombre puede participar, directa o indirectamente, en redes de expolio cultural y, a la vez, reproducir en su casa una lógica de dominio y destrucción. No hay compartimentos estancos: la violencia estructural del régimen encuentra eco en la violencia doméstica. El padre es, en ese sentido, un síntoma de una tragedia colectiva más amplia.

P: – Obras literarias que fueron expoliadas por traficantes durante la Guerra Civil Española y la Segunda Guerra Mundial. ¿Qué nos puedes contar de este importante tema de tu novela?

R: – En la novela mezclo personajes de ficción con procesos históricos muy documentados. Sabemos que durante la Guerra Civil y la dictadura franquista se produjo una incautación masiva de bienes culturales: cuadros, archivos, bibliotecas de ateneos, sindicatos, partidos y familias. Parte de ese patrimonio se recogió inicialmente para protegerlo, pero después muchos bienes quedaron dispersos, mal inventariados o fueron desviados de forma irregular en la posguerra. En paralelo, en la Europa ocupada por el nazismo, organismos como el Einsatzstab Reichsleiter Rosenberg (ERR) organizaron el saqueo sistemático de bibliotecas y archivos judíos, masones y de opositores políticos. Una parte de esos fondos acabó en depósitos como el Offenbach Archival Depot.

Polifónica recrea ese mundo: muestra cómo los libros pueden ser tratados como botín de guerra, cómo cambian de manos según quién vence y quién huye, y cómo, pese a todo, conservan la memoria de los que los leyeron o los perdieron.

P: – Poeta, ensayista, novelista, licenciado en Filosofía y Letras; español nacionalizado dominicano y otros tantos recorridos internacionales. ¿Quién es José Vila del Castillo?

R: – Soy alguien que tardó en publicar, pero no en escribir. Nací en Madrid en 1960, en un país que salía muy lentamente de una dictadura y en una familia atravesada por silencios y recuerdos inenarrables que la literatura me ha ayudado a formular. He vivido buena parte de mi vida fuera de España –en México, Costa Rica, Panamá, Kenia– y he recorrido muchos países por razones profesionales y personales. Esa experiencia de extranjería permanente ha sido decisiva para mi escritura: mirar desde fuera, desconfiar de los relatos oficiales, escuchar otras voces y ver los otros mundos que están en este. Me formé en Filosofía y Letras, he escrito poesía, ensayo y narrativa, y me nacionalicé dominicano después de muchos años de vínculo afectivo y cultural con el Caribe. Si tengo que definirme, diría que soy, ante todo, un lector que escribe: alguien que intenta ordenar el mundo con palabras porque no ha encontrado otra forma más honesta de hacerlo.

P: – ¿La literatura te ayuda a entender el mundo?

R: – La literatura me ayuda a entender que la realidad no es un bloque homogéneo sino una suma de perspectivas, de voces, de heridas y de deseos. Permite habitar la experiencia de otros, atravesar tiempos y lugares que no hemos vivido, ponerle nombre a aquello que intuimos, pero no sabemos decir, y comprender que el ser humano es, en lo esencial, el mismo desde el origen del mundo.En mi caso, la literatura ha sido una herramienta de lucidez y, al mismo tiempo, de consuelo: me ha permitido mirar de frente la violencia, la culpa, la vergüenza, la memoria familiar y la historia política sin convertirlas en mera anécdota ni en simple denuncia.

No sé si la literatura sirve para mejorar el mundo, pero sí sé que sin ella sería mucho peor y, sobre todo, nosotros no seríamos, sin los libros, lo que somos. Relegar los libros a un segundo plano, abandonar su lectura y la reflexión que inducen nos empuja hacia un empobrecimiento profundo de las palabras y de los significados.