
| Ya en otras ocasiones hemos hablado del singular panorama actual de la literatura, con un mercado copado de publicaciones donde las novedades tienen muy poco tiempo de exhibición en las estanterías. Con un exceso de obras literarias publicadas ya sea por editoriales tradicionales, otras no tan tradicionales, que no son más que empresas de impresión, y cómo no, la autopublicación. Todo esto no hace más que confundir al lector, que ya no sabe ni adónde acudir ni si todos aquellos, que recomendamos lecturas lo hacemos con criterio o solo con el afán de intereses más ocultos. Afortunadamente aún podemos contar con editoriales —pocas, pero alguna hay— que priman la calidad ante un capitalismo cada vez más feroz. Naturalmente que estas empresas también tienen que ganar dinero, pero su honestidad aflora a través de su catálogo, copado de Literatura, así, con mayúscula. Funambulista es uno de estos escasos bastiones en el cual el lector exigente —aquel que de verdad sabe disfrutar de la lectura sabiendo que esta va más allá del banal entretenimiento— encuentra refugio. Esta pequeña editorial se ha propuesto ofrecer calidad publicando a autores clásicos del siglo XX, así como a otros autores europeos contemporáneos, y más, pero esto lo podéis leer en su propia web, la cual os recomiendo para que os deleitéis en su catálogo. Esta vez he tenido la suerte de degustar La casa Thürunger, del denominado Gorki de los balcanes, Panait Istrati. Hijo de una lavandera y de un contrabandista, al cual no conoció, fue un fervoroso comunista. Comenzó a enviar artículos a periódicos socialistas, que empezaron a publicarlos al igual que sus primeros cuentos. Viajero infatigable, más bien vagabundo, recorrió diversas ciudades en ambas orillas del Mediterráneo. Fue invitado a visitar la Unión Soviética, donde quedó bastante desilusionado por la dictadura de Stalin. Tras esto tuvo una crisis de conciencia, que lo llevó a ser acusado incluso de fascista por sus antiguos compañeros comunistas, entre ellos su mentor Romaind Rolland. Tras un intento fallido de suicidio, decidió consagrarse a la escritura. Tal era la capacidad de este autor, que se propuso escribir su obra en francés para dar más salida a sus escritos, un idioma que no dominaba, valiéndose de diccionarios que convertían su labor en un esfuerzo titánico. En La casa Thüringer se vale de su alter ego literario Adrian Zograffi para narrar aspectos de su vida como cuando entró a trabajar, siendo muy joven, en la casa de los armadores Thüringer, en Braila, con su importante puerto fluvial ene la desembocadura del Danubio. El joven Adrian verá el comienzo del declive de una sociedad a la que la era industrial irá desplazando. Será en parte responsable de la organización de una histórica huelga de estibadores, conociendo, de primera mano, la creación del sindicato que luchará contra la injusticia y el hasta entonces inamovible status quo del organigrama corrupto que dirige la vida de los más débiles. Mientras, vivirá sus primeras experiencias en el amor, tanto físico como platónico junto a las habitantes de la casa burguesa en la que trabaja, cuya señora, la cual pertenecía a su misma clase social hasta contraer matrimonio con el rico armador. A lo largo de la historia nuestro protagonista descubrirá un mundo cada vez más complejo, desde lo más íntimo, hasta los actos que afectarán a una amplia mayoría, hechos que cambiarán el orden social. Sus consecuencias se propagarán como las ondas que forma una piedra lanzada a una tranquila laguna. A través del su personaje, el autor transmite las ideas que le granjearon enemigos incluso dentro de su circulo de confianza al dudar de una ideología que se convierte en dogma cuando no se cuestiona, como ocurre con todas sean del color que sean. Llegando a la conclusión de que el mundo no se divide en hombres capaces solo por sus ideas políticas o clase social. Istrati nos demuestra que la buena literatura se puede realizar de forma sencilla sin acudir a cultismos y rocambolesco dominio de la palabra. Esto hace que sea un placer leerlo sin que nos saque de la historia en ningún momento, donde el joven, y a la vez maduro, Adrian nos muestra su mundo a la vez que él mismo lo va descubriendo. Hay que destacar la labor de Ignacio de Llorens, traductor de esta obra, en la que un sincero prefacio del propio autor nos pone al día de cómo fue la transcripción de su historia encarnado en Adrian Zograffi, personaje recurrente del que se valió en varias obras en las que seguía plasmando su propia vida. Llorens también es el responsable de un enternecedor profacio en el cual muestra la pasión por el escritor, y que después de leerlo tenemos la certeza de que nadie más acertado podría habernos trasladado las palabras de Istrati en nuestro idioma. Una novela que a pesar de estar escrita a principios de los años treinta del siglo XX, nos muestra lo poco que hemos avanzado, y que a pesar de lo conseguido, aún nos queda mucho por delante. Reitero el agradecimiento a la editorial Funambulista por hacer posible que sigamos degustando novelas que no deben caer en el olvido, y que nos hacen reconciliarnos con la Literatura. |