La idea de escribir “El despertar de Sofía”

A veces la vida se transforma en literatura. Es el caso de la escritora catalana Cris Santa-Olalla, una terapeuta que, tras un proceso personal difícil, un buen día se da cuenta que estaba escribiendo un libro. El despertar de Sofía va más allá del género de la novela y de la idea del alter ego para introducir al lector en el viaje interior de un personaje. Sofía es ella, sí, pero también lo será un poco cada persona que se introduzca en las líneas de esta obra. En el siguiente artículo, la autora nos revela detalles de su creación literaria. 

Por: Cris Santa-Olalla.

Nunca imaginé que un día estaría escribiendo un libro, y mucho menos que ese libro sería el reflejo más íntimo de mi propio renacimiento. El despertar de Sofía nació de un lugar de ruptura, pero también de una necesidad profunda de encontrar sentido, de transformar el dolor en algo que tuviera alma, forma y belleza.

Durante casi cuarenta años compartí una vida que creí sólida, un matrimonio donde puse todo lo que era. Pero la vida, con su manera tan precisa de despertar lo dormido, me llevó a atravesar una separación que me rompió en mil pedazos. Tenía 59 años. Y aunque por fuera intentaba seguir adelante, por dentro sentía que todo mi mundo se había desmoronado.

Al principio solo escribía para sobrevivir. Las palabras eran mi refugio. No había un plan, ni un propósito editorial: había necesidad. Cada página era un intento de entender qué había pasado, de rescatarme de entre los escombros. Escribir se convirtió en una forma de respirar. Y poco a poco, entre lágrimas, silencios y recuerdos, fui encontrando algo que no esperaba: paz.

Así fue como nació El despertar de Sofía.

Sofía soy yo. O, mejor dicho, es la parte de mí que necesitaba un nombre para poder contarse sin sentir vergüenza. Decidí novelar la historia, suavizar los momentos más duros, proteger a mis hijos, a su padre y a mí misma. Pero cada capítulo está tejido con verdad. No es una historia inventada: es una verdad transformada en literatura para que otros puedan mirarse sin miedo.

El proceso fue intenso. Hubo días en los que las palabras salían solas, como si alguien dictara desde otro plano, y otros en los que me quedaba frente al papel en blanco sintiendo que no podía seguir. A veces lloraba mientras escribía; otras me reía de mí misma, recordando que incluso en el dolor hay humor y ternura. Sentí tristeza, culpa, amor, rabia, gratitud y, al final, serenidad.

Escribir fue sanar. Fue ordenar lo vivido. Darle estructura a un caos emocional que me había dejado sin referencias. Cada capítulo era como un tramo del duelo: de la pérdida al perdón, del vacío a la calma. En el fondo, el libro me enseñó que sanar no es olvidar ni negar lo ocurrido, sino abrazarlo hasta que deje de doler.

No lo escribí pensando en un lector, y sin embargo, ahora que está en sus manos, deseo con todo mi corazón que El despertar de Sofía toque algo profundo en quien lo lea. No importa si lo que despierta es tristeza, ternura, rabia o esperanza. Lo único que no quiero es que deje indiferente. Porque la indiferencia es lo contrario de la vida. Si una frase, una escena o una respiración de Sofía logra mover algo dentro de alguien, entonces el libro ya habrá cumplido su misión.

A medida que avanzaba en la escritura, me di cuenta de que Sofía no era solo mi historia personal. Representa a muchas mujeres —y hombres también— que han sostenido durante años lo insostenible, que han confundido entrega con sacrificio, silencio con paz. Personas que han amado hasta olvidarse de sí mismas. Sofía es el símbolo de lo humano que despierta, de la conciencia que recuerda quién es después de perderlo todo.

Hay capítulos donde la herida se abre, donde la soledad es una presencia casi física, y otros donde el alma respira por fin. Pero todos nacieron del mismo impulso: la verdad. No una verdad absoluta ni filosófica, sino la verdad emocional de una mujer que se atrevió a mirarse de frente.
Cuando terminé el manuscrito y lo leí por primera vez de principio a fin, lloré. No por tristeza, sino por gratitud. Me di cuenta de que ya no dolía. Que podía mirar atrás sin sentirme rota. Que todo —incluso lo que había querido olvidar— había tenido un sentido. El despertar de Sofía fue mi forma de agradecer la vida, incluso con sus despedidas.
Hoy, cuando lo sostengo entre las manos, siento que no solo es un libro: es una ofrenda. Una carta abierta a todos los que están atravesando un proceso de pérdida, cambio o transformación. A los que creen que ya es tarde. A los que piensan que no se puede volver a empezar después de una vida entera. Porque se puede. Porque yo lo hice.
No escribí este libro para contar un final, sino un comienzo. El despertar de Sofía no termina en su última página; continúa en cada lector que decide mirar dentro de sí, reconocerse y sanar.

Escribiendo comprendí que la tristeza no desaparece, pero cambia de lugar. Ya no me arrastra: ahora la habito con amor. Ya no duele igual, porque la he transformado en comprensión. Y en ese proceso descubrí algo esencial: el dolor no viene a destruirnos, sino a despertarnos.

Mi deseo es que quien lea este libro encuentre consuelo en saber que todo proceso, por duro que sea, se puede transmutar. Que el alma siempre tiene un plan más grande, aunque no podamos verlo en medio del caos.

Hoy miro atrás y sonrío. Aquella mujer de 59 años que creía que su historia se había terminado, en realidad estaba empezando otra. Escribir me enseñó que la vida no se acaba cuando algo se rompe: se abre un espacio para que entre más luz.

Y si hay algo que quisiera dejar grabado en este making of, es esto: donde duele, florece. Porque el dolor, cuando se mira con amor, siempre se convierte en sabiduría.