Paul Cézanne y Émile Zola iniciaron en la infancia una amistad que enlazaría sus destinos de por vida: no sólo compartían origen geográfico, medio social y educativo, e intereses intelectuales, sino también una profunda complicidad. Pese a la distinta suerte artística de cada uno—Zola alcanzó pronto reconocimiento y éxito, mientras que Cézanne, aislado, apenas expuso su obra hasta el final de su vida, gracias a Ambroise Vollard—, mantuvieron un fructífero diálogo durante treinta años, incluso después de la publicación de La obra en 1886, en la que supuestamente Zola retrataba a su amigo pintor de un modo poco favorable. Estas cartas muestran bajo una nueva luz la riqueza de una amistad tan compleja como genuina, y la singular sensibilidad de dos artistas que tuvieron el privilegio de conocerse y lo celebraron sincerándose sobre sus preocupaciones más íntimas, artísticas y personales, a menudo indistinguibles para ambos.
Paul Cézanne (Aix-en-Provence, 1839- 1906) fue uno de los mayores exponentes del postimpresionismo, cuya obra sentó las bases de muchos de los movimientos artísticos del siglo xx, especialmente el cubismo. Hijo de un comerciante y banquero piamontés, cursó junto a Émile Zola estudios secundarios, que abandonó para formarse como artista en París, donde, a pesar de relacionarse con los futuros impresionistas, no gozó de auténtica aceptación hasta el final de su carrera.
Émile Zola (París, 1840-1902), novelista, dramaturgo y periodista, es considerado el padre y mayor representante del naturalismo literario. Autor de clásicos como Germinal (1855), cuando concluyó su monumental ciclo Los Rougon-Macquart en 1893 ya era el escritor más célebre en lengua francesa, y pocos años más tarde, en 1898, recurrió a su gran influencia literaria para defender al oficial francés acusado de traición en el caso Dreyfus, que dividió a Francia, con la célebre carta abierta titulada «Yo acuso».