Una noche de 1947, de Ángeles González-Sinde: Una novela necesaria, más en estos tiempos de incertidumbre, donde parece que hemos olvidado el pasado, condenándonos a cometer los mismos errores.

Conocía tanto la faceta cinematográfica de González-Sinde, como la política —recordemos aquella controvertida «Ley Sinde»—, pero no la de novelista. Aunque conociendo su trabajo como guionista, su estilo depurado es reconocible.

Sin contar sus libros infantiles, y cómic, esta es su tercera novela. El buen hijo fue finalista del Premio Planeta, y trece años después vuelve con Una noche de 1947, en la que expone el daño que producen los silencios y la heridas mal cicatrizadas.

Una noche de 1947 trata temas de posguerra, como se puede deducir por su título, pero tal vez los hechos aquí narrados no se hayan tratado tanto ni en la literatura ni en el cine, por lo que los prejuicios no deben impedir su lectura, puesto que la narración de esta historia transcurre en 1992.

Nieves es una joven doctora que ha conseguido una plaza como médico en una pequeña población de la sierra turolense. Allí conoce a Micaela, una niña de nueve años que sufre episodios de evasión, que cuando pasan, no recuerda nada.

La joven doctora tratará de acercarse a la pequeña y conocer su entorno tratando de averiguar cuál es el origen de su dolencia, lo que la llevará a conocer a su familia, y a su abuela Clementina, cuyo pasado tiene mucho que ver con lo que le ocurre a la niña.

Nieve terminará encontrando la raíz del problema relacionado con secretos sepultados por el silencio y el miedo a destapar secretos a voces, que los vecinos quieren olvidar, porque remover el pasado puede traer recuerdos, rencillas y heridas que no llegaron a cicatrizar.

Ángeles nos cuenta una historia que esconde tanto, de manera sencilla. Prescinde de giros teatrales y trucos para engañar al lector. A través de sus personajes, esta historia lineal no juega con el recurso fácil del flashback, mostrándonos el pasado de manera inteligente en forma de diario, dejando patente que domina el arte de narrar al expresar tanto en ese formato en el que el pasado llega a la protagonista de la historia.,

Mediante estos escritos del antiguo doctor de la villa, que a modo de diario dejó testimonio del miedo y la dureza de los años posteriores a la guerra. Guerra que oficialmente finalizó en 1939, pero que muchos años después aún no había acabado, pues la persecución y represalias contra los vencidos aún no había finalizado.

Seguía existiendo una lucha fraticida en la que el ser humano mostraba sus dos caras tan antagónicas, como puede ser el sacrificio por el cercano, aunque las opiniones sean distintas, pero el cariño es compartido, como por las traiciones del prójimo por interés, o solo por envidia.

González-Sinde utiliza este recurso del diario con acierto, poniéndonos al corriente de aquel pasado no tan lejano, donde los hechos son narrados sin que la trama principal quede pausada, pues vivimos en primera persona los sentimientos de Nieves al descubrir la actitud, ahora sí, comprensible de quienes la rodean.

De forma sutil, vamos introduciéndonos en esta historia en la vez que descubrimos, al igual que su protagonista, el porqué de los silencios y las miradas furtivas de los habitantes del pueblo donde Nieves desarrolla su labor.

Los roles de los personajes también son bastante acertados. Cada uno digiere el pasado como mejor puede, no siendo ninguno de ellos una arma propagandística de lo acontecido.

Una novela necesaria, más en estos tiempos de incertidumbre, donde parece que hemos olvidado el pasado, condenándonos a cometer los mismos errores.