
El 24 de septiembre se cumplen 130 años del nacimiento del autor de El gran Gatsby. Sus novelas siguen preguntándonos cuánto de nuestra vida dedicamos a perseguir una imagen de felicidad.
Una fiesta puede parecer perfecta desde fuera. Las ventanas están iluminadas, suena música y todo indica que en esa casa sucede algo que merece la pena. Fitzgerald sabía cuánto deseo cabe en esa impresión. También sabía lo que ocurre cuando nos acercamos lo suficiente para escuchar las conversaciones, observar a quienes esperan y descubrir que alguien ha organizado la noche pensando en una sola persona.
F. Scott Fitzgerald nació el 24 de septiembre de 1896 en Saint Paul, Minnesota. El 130.º aniversario de su nacimiento invita a regresar a un escritor que dio forma literaria al brillo y al desengaño de los años veinte. Su primera novela, A este lado del paraíso, apareció en 1920; El gran Gatsby llegaría en 1925. La rapidez del éxito convivió, en su trayectoria, con dificultades personales y profesionales que impiden leerla como una ascensión tranquila. Biografía de la F. Scott Fitzgerald Society.

Sus libros conservan una cercanía incómoda. Seguimos comparando nuestra vida con imágenes ajenas, confundiendo la admiración con el afecto y aplazando la felicidad hasta que ocurra algo que la justifique. Fitzgerald observa esas inclinaciones en personajes que a menudo tienen más medios de los que necesitan y menos seguridad de la que aparentan.
El futuro que imaginamos con los materiales del pasado
La frase del título traduce el comienzo de la última oración de El gran Gatsby. En ella, Nick Carraway piensa en la dificultad de avanzar mientras el pasado sigue ejerciendo su fuerza. La imagen permite escuchar dos impulsos simultáneos: insistimos porque deseamos llegar a alguna parte y cargamos con experiencias que modifican la dirección del viaje. Texto original de la novela en Project Gutenberg.
Fitzgerald reconoce la energía de los sueños. Sus personajes imaginan una existencia mejor y pueden dedicarle una extraordinaria capacidad de esfuerzo. El problema aparece cuando una persona real debe coincidir con una figura ideal, o cuando una vida entera se organiza alrededor de una promesa que nadie hizo de manera explícita. El deseo empieza entonces a exigir que la realidad se corrija.
El dinero interviene en esas historias de una forma especialmente precisa. Compra objetos, viajes y comodidad, pero también produce gestos, acentos y una manera de dar por sentado el mundo. Los personajes pueden aproximarse a ese ámbito sin adquirir nunca la seguridad de quienes han nacido dentro. La diferencia se percibe en una conversación, en una decisión tomada sin explicar sus consecuencias o en la facilidad para retirarse cuando algo sale mal.
También hay una atención constante al desgaste. La belleza cambia, las relaciones se transforman y aquello que parecía una ventaja puede convertirse en una obligación. En sus mejores páginas, Fitzgerald permite que el deterioro aparezca dentro de la elegancia: todavía vemos el atractivo de una persona cuando comenzamos a comprender su fragilidad.
Leerlo hoy tiene algo de reconocimiento. Podemos estar muy lejos de sus hoteles, sus mansiones o sus estudios cinematográficos y entender, sin embargo, el impulso de demostrar que hemos llegado. Su mirada se vuelve más incisiva cuando pregunta qué esperamos recibir a cambio de esa demostración y quién tendrá que mirarnos para que nos parezca suficiente.
Tres frases que iluminan su mundo
Las citas del artículo son fragmentos de El gran Gatsby, en traducción propia del inglés. Se indican sus voces y capítulos para conservar el contexto; pueden consultarse en el texto original.
«¿No se puede repetir el pasado?». Gatsby lo pregunta, incrédulo, en el capítulo VI. Su reacción revela hasta qué punto desea recuperar una experiencia anterior. El recuerdo se ha convertido en un proyecto que espera imponer al presente.
«Su voz está llena de dinero». Gatsby se refiere a Daisy en el capítulo VII. La frase concentra la mezcla de atracción amorosa y fascinación social: una voz puede expresar la comodidad de quien nunca ha tenido que preguntarse si pertenece a un lugar.
«Estaba dentro y fuera». Nick describe así su posición en el capítulo II. Participa en una escena que también observa con distancia. Esa tensión ayuda a entender la mirada del narrador, atraído por el mundo que intenta juzgar.
Cinco novelas para conocer a F. Scott Fitzgerald

1. El gran Gatsby
Primera publicación: 1925. Género: novela.
Nick Carraway se instala en Long Island y empieza a conocer a su vecino Jay Gatsby, un hombre rico que ofrece fiestas multitudinarias. Bajo el espectáculo se esconde una historia de deseo, pasado y reinvención. La novela avanza a través de lo que Nick ve, escucha e interpreta, de modo que conocer a Gatsby exige prestar atención a las distancias entre la apariencia y la información disponible. Su brevedad concentra una cantidad extraordinaria de matices.
Por qué leerlo: por la precisión de su construcción y por la manera en que enlaza una historia íntima con las jerarquías y las aspiraciones de una sociedad.
Para quién: para quienes quieran comenzar por su obra más conocida y disfruten de novelas breves que crecen con la relectura.
Consultar la edición de Alianza Editorial.

2. Suave es la noche
Primera publicación: 1934. Género: novela psicológica.
Dick y Nicole Diver parecen formar una pareja capaz de convertir cualquier reunión en una experiencia especial. En la Riviera francesa, su elegancia y su magnetismo atraen a quienes entran en contacto con ellos. A medida que la narración se acerca a su intimidad, aparecen dependencias, heridas y diferencias de poder que alteran esa imagen. El encanto de Dick y las circunstancias de Nicole componen una relación cuyo equilibrio exige cada vez más esfuerzo.
Por qué leerlo: por la complejidad con que examina el cuidado, la ambición y el deterioro de una relación, conservando la belleza del mundo que la rodea.
Para quién: para lectores que prefieren novelas psicológicas de recorrido amplio y personajes difíciles de reducir a un juicio sencillo.
Consultar la edición en Penguin Libros.

3. A este lado del paraíso
Primera publicación: 1920. Género: novela de formación.
Amory Blaine atraviesa la juventud convencido de que le corresponde una vida singular. La educación, Princeton, los amores y las conversaciones van modificando la idea que tiene de sí mismo. Su deseo de destacar convive con la incertidumbre acerca de qué significa, en realidad, llegar a ser alguien. Fitzgerald ensaya distintas formas narrativas y recoge el impulso de una generación que busca definirse mientras pierde algunas de sus certezas.
Por qué leerlo: porque permite observar el comienzo de su mundo literario y reconocer, todavía en expansión, sus preguntas sobre el prestigio, el dinero y la identidad.
Para quién: para quienes disfrutan de las novelas de aprendizaje y desean seguir la evolución de un autor desde su primer éxito.
Consultar la edición de Alianza Editorial.

4. Hermosos y malditos
Primera publicación: 1922. Género: novela social y psicológica.
Anthony Patch y Gloria Gilbert organizan su vida alrededor del atractivo, el placer y la expectativa de una herencia. El porvenir parece contener la solución a cuanto les incomoda en el presente. Mientras esperan, el matrimonio y sus hábitos van cambiando. La novela sigue ese proceso de desgaste con una atención incómoda a la pasividad, a las excusas y a la dificultad de construir una vida cuando se confía en que la fortuna lo resolverá todo.
Por qué leerlo: por su retrato de una pareja y por mostrar cómo una promesa de riqueza puede convertirse en una forma de inmovilidad.
Para quién: para lectores interesados en historias de matrimonio, decadencia y expectativas que terminan condicionando cada decisión.
Consultar la edición en Penguin Libros.

5. El último magnate
Primera publicación: 1941, póstuma e inacabada. Género: novela sobre Hollywood.
Monroe Stahr trabaja en una industria dedicada a fabricar sueños y parece comprender mejor que nadie el mecanismo que los hace posibles. Su autoridad profesional convive con una vida afectiva marcada por la pérdida. Fitzgerald utiliza Hollywood para observar la relación entre creatividad, poder y deseo, y concede especial importancia a quienes controlan las imágenes que otros consumirán. El texto quedó sin terminar a su muerte y fue preparado para su publicación por Edmund Wilson.
Por qué leerlo: por la inteligencia de su mirada sobre el cine y por la intensidad de un proyecto que deja ver nuevas posibilidades de su narrativa.
Para quién: para quienes quieran completar el recorrido por sus novelas y acepten acercarse a una obra cuyo carácter inacabado forma parte de la experiencia.
Consultar la edición en Penguin Libros.
Cuando termina la música
La prosa de Fitzgerald conserva el brillo de aquello que examina. Por eso puede resultar tan dolorosa: entendemos la seducción antes de percibir su precio. Sus personajes desean ser amados, reconocidos o admitidos, y buscan señales que les aseguren que su vida está a punto de comenzar de verdad.
Volver a ellos en este aniversario permite preguntarnos qué hacemos con nuestras propias promesas. Hay sueños que nos ayudan a avanzar y otros que necesitan ser revisados. Fitzgerald deja espacio para escuchar esa diferencia cuando termina la música y, por fin, podemos oírnos.