
El 28 de septiembre recordamos al autor de Moby Dick, un escritor que encontró en el mar, las obsesiones y las negativas más discretas una manera de explorar lo que significa ser libre.
Hay frases que cambian una habitación. No necesitan pronunciarse con enfado ni acompañarse de una explicación. Basta con que alguien deje de responder como esperamos para que todo lo que parecía funcionar empiece a resultar extraño. En una oficina de Wall Street, un empleado de Herman Melville hace precisamente eso. Su respuesta es educada, breve y desconcertante: «Preferiría no hacerlo».
Herman Melville murió el 28 de septiembre de 1891 en Nueva York. Se cumplen 135 años de su fallecimiento. Nacido en esa misma ciudad en 1819, había conocido el trabajo en el mar antes de convertirlo en materia literaria. Sus primeros libros de viajes y aventuras encontraron lectores, pero el reconocimiento de la amplitud de su obra llegaría sobre todo después de su muerte. Fechas y trayectoria en la Universidad de Toronto.

Hoy su nombre parece inseparable de una ballena blanca. Sin embargo, también le pertenecen el silencio de un copista, la inquietud de un visitante a bordo de un barco y la vulnerabilidad de un joven marinero. En esos mundos tan diferentes vuelve una pregunta: qué sucede cuando una persona deja de encajar en las explicaciones que los demás han preparado para ella.
Una negativa que todavía nos incomoda
La frase del título pertenece a Bartleby, el personaje de Bartleby, el escribiente. Melville la escribió como «I would prefer not to». Es una intervención del personaje dentro del relato, no una declaración autobiográfica del autor. Su fuerza depende de la situación: alguien recibe un encargo ordinario y responde de una forma que el orden de la oficina no sabe cómo absorber. Texto original de Bartleby.
Al principio podemos sonreír. Reconocemos el cansancio de quien preferiría no cumplir otra tarea, no dar otra explicación, no continuar participando en una rutina. Pero la historia va estrechando esa identificación. La negativa tiene un coste; el silencio impide conocer a quien lo guarda; la buena voluntad de los demás se mezcla con su deseo de recuperar la comodidad.
Melville observa también al abogado que cuenta lo ocurrido. Sus intentos de comprender a Bartleby nos invitan a preguntarnos por nuestras propias formas de ayudar. A veces queremos aliviar el sufrimiento ajeno. A veces queremos que ese sufrimiento deje de interrumpirnos. El relato permite que ambas cosas convivan en una misma persona.
En el otro extremo de su literatura está Ahab, el capitán de Moby Dick. Bartleby se retira; Ahab arrastra a otros detrás de su voluntad. Uno apenas ofrece palabras y el otro intenta convertir el mundo en la respuesta a una herida. Leerlos juntos deja una impresión inquietante: tanto la renuncia como la determinación pueden llevarnos a lugares en los que ya resulta difícil escuchar a los demás.
Entre esos extremos, Melville conserva una curiosidad extraordinaria. Le interesan los oficios, los cuerpos, los objetos, las creencias y las historias que circulan entre personas de procedencias distintas. Sus páginas pueden detenerse en una herramienta o abrirse de pronto hacia una pregunta enorme. Esa libertad explica parte de su dificultad y buena parte de su atractivo.
No hace falta empezar por su novela más extensa. Un relato breve basta para reconocer esa forma de mirar. Melville deja que una escena cotidiana o una aventura marítima se llenen de preguntas, y confía en que el lector permanezca allí aunque no llegue una respuesta definitiva.
Tres frases para acercarse a su mirada
Estos fragmentos de Moby Dick se ofrecen en traducción propia del inglés. Son palabras de su narrador, Ismael, y pueden consultarse en el texto original de la novela.
«Llamadme Ismael». La apertura del primer capítulo crea una cercanía inmediata. Antes de conocer el barco o la misión del capitán, encontramos una voz que se presenta. Esa invitación sostiene una novela capaz de cambiar de tono, detenerse y desviarse como una conversación que todavía no sabe todo lo que terminará contando.
«La ignorancia es la madre del miedo». En el capítulo 3, Ismael reconoce su temor ante Queequeg, un desconocido al que juzga desde sus prejuicios. La frase cobra sentido en ese encuentro concreto: lo que imaginamos sobre otra persona puede impedirnos verla. El conocimiento y la convivencia abren después una relación muy distinta.
«Los lugares verdaderos nunca aparecen en los mapas». En el capítulo 12, Ismael habla de Rokovoko, la isla de la que procede Queequeg. La observación concede a ese lugar una existencia que desborda la geografía. Como lectores, podemos relacionarla con esos paisajes que importan por las experiencias que guardan y que ninguna coordenada consigue explicar por completo.
Cinco libros para descubrir a Herman Melville

1. Moby Dick
Autor: Herman Melville. Primera publicación: 1851. Género: novela de aventuras y exploración filosófica.
Ismael se embarca en el Pequod, un ballenero cuya travesía queda marcada por la obsesión del capitán Ahab con una ballena blanca. A bordo conviven marineros de distintos orígenes, tareas agotadoras y una voluntad de mando que va ocupando el horizonte. La persecución sostiene la aventura, pero la novela se permite hablar también de los animales, del trabajo y de la necesidad humana de encontrar significados. Su ritmo combina acción, digresiones, humor y momentos de gran intensidad.
Por qué leerlo: por la fuerza de Ahab y por la amplitud de una narración que convierte el viaje en una experiencia intelectual y emocional. Conviene darle tiempo y aceptar sus cambios de rumbo.
Para quién: para lectores que disfrutan de las novelas ambiciosas, el mar y los personajes dominados por una idea.
Consultar la edición de Penguin Clásicos.

2. Bartleby, el escribiente
Autor: Herman Melville. Primera publicación: 1853. Género: relato.
Un abogado contrata a un copista que al principio trabaja con extraordinaria aplicación. Después, Bartleby empieza a rechazar algunas peticiones mediante una respuesta invariable. El narrador intenta interpretar su conducta, negociar con él y devolver la oficina a su funcionamiento habitual. Cuanto más se esfuerza, más difícil le resulta comprender qué está sucediendo. La historia transcurre en un espacio reducido, pero abre una conversación inmensa sobre trabajo, aislamiento, compasión y límites de la comprensión.
Por qué leerlo: porque su brevedad permite apreciar la precisión de Melville. Un gesto mínimo transforma una relación laboral en un problema que sigue acompañando al lector.
Para quién: para quienes quieran comenzar por una obra corta y para lectores interesados en personajes enigmáticos y situaciones que rozan el absurdo.
Consultar la edición de Penguin Clásicos.

3. Benito Cereno
Autor: Herman Melville. Primera publicación: 1855, por entregas. Género: novela corta de tensión psicológica.
El capitán Amasa Delano se aproxima a un barco que parece necesitar ayuda. Su visita lo pone en contacto con Benito Cereno y con una serie de comportamientos que no termina de explicarse. Delano observa, formula hipótesis y procura tranquilizarse. El lector depende de esa mirada, con todas sus limitaciones. Melville construye así una atmósfera de sospecha en la que importan tanto los hechos como las ideas previas con las que intentamos entenderlos. La esclavitud y las relaciones de poder atraviesan el relato.
Por qué leerlo: por su manejo del punto de vista y por la manera en que obliga a revisar lo que creíamos haber comprendido. Es preferible acercarse sin conocer su desenlace.
Para quién: para lectores de misterio que aprecian las historias inquietantes y la ambigüedad moral.
Consultar la edición de Alianza.

4. Billy Budd, marinero
Autor: Herman Melville. Primera publicación: 1924, póstuma. Género: novela corta.
Billy Budd es un joven marinero cuya incorporación a un buque de guerra lo coloca bajo una disciplina severa. Su franqueza y su capacidad para despertar simpatía no bastan para protegerlo de las tensiones de la vida a bordo. A través de sus relaciones con Claggart y el capitán Vere, la narración enfrenta la inocencia, la sospecha y las exigencias de la autoridad. Melville dejó el manuscrito sin publicar: la obra llegó a los lectores más de tres décadas después de su muerte.
Por qué leerlo: porque concentra un conflicto difícil de abandonar: la distancia que puede abrirse entre cumplir una norma y actuar con justicia.
Para quién: para quienes buscan relatos breves con personajes complejos y dilemas que admiten más de una interpretación.

5. Taipi. Un edén caníbal
Autor: Herman Melville. Primera publicación: 1846. Título original: Typee. Género: narración de viajes y aventuras de inspiración autobiográfica.
La huida de un ballenero lleva al narrador hasta un valle de las islas Marquesas. El contacto con sus habitantes mezcla fascinación, incertidumbre y deseo de comprender un mundo desconocido. Melville parte de experiencias de juventud y las transforma en una narración literaria, por lo que conviene leerla como una construcción del viajero, con sus observaciones y sus prejuicios. La belleza del entorno y la sensación de vulnerabilidad avanzan juntas. Fue su primer libro, anterior a las grandes preguntas marítimas de Moby Dick.
Por qué leerlo: para descubrir al Melville viajero y observar cómo la aventura empieza a convertirse en una reflexión sobre la libertad y la mirada del extranjero.
Para quién: para amantes de los relatos de viajes, las islas y las primeras obras que permiten reconocer a un escritor en formación.
Consultar la obra en Valdemar.
Volver a mirar lo que parecía conocido
Quizá esa sea una buena razón para volver a Melville: la facilidad con la que transforma una certeza en una pregunta. Una oficina deja de ser solamente una oficina; un capitán deja de representar sin más la seguridad; una travesía revela deseos que sus pasajeros no sabían nombrar.
Sus libros nos piden atención a lo que desentona. A la persona que no responde, a la explicación demasiado cómoda, al impulso que parece admirable hasta que empieza a ocuparlo todo. Ciento treinta y cinco años después de su muerte, esa invitación conserva su fuerza. Podemos entrar por una ballena o por un escribiente. En ambos casos, el viaje acaba llevándonos hacia los demás y hacia nosotros mismos.