Un buen día unos adolescentes se levantan y no encuentran motivación en nada. De inmediato, el vacío se convierte en la fuerza que determina sus vidas. Laura Sebastiá (Castellón,1978), viajó a su adolescencia para escribir una novela cercana a las angustias de un grupo de jóvenes atrapados en un laberinto de confusiones. La autora, estilista de profesión, acudió al poder de su imaginación, pero también investigó en profundidad. El resultado es un thriller lleno de tensión, humor y emociones en estallido.

La pandilla de su ficción decide vender droga y a partir de entonces lo que antes fue la búsqueda de respeto se convierte en un infierno que obstaculiza las salidas. ¿Novela para ser leída en escuelas e institutos? ¿Posible serie de televisión?
Por: Eduardo Maestre.
Pregunta: – ¿Quiénes son Los hijos del vacío?
Respuesta: – Los hijos del vacío son, ante todo, un reflejo de una realidad invisible pero alarmantemente cercana. En la superficie, son una pandilla de seis amigos de catorce años —Andrés, Nero, Gonzalo, Nora, Lara y Marc— que comparten las vivencias típicas de la adolescencia. Sin embargo, el verdadero nexo de unión entre ellos es una profunda grieta emocional, una falta de escucha real en sus entornos y una necesidad desesperada de pertenencia que los empuja a buscar refugio en la calle.
La historia está narrada desde el presente por Andrés, quien a sus 33 años echa la vista atrás para reconstruir la metamorfosis del grupo. A través de sus ojos descubrimos un puzle de personalidades magnéticas y complejas: Nero, el líder carismático y cerebro en la sombra cuyas ideas perturbadoras arrastran a los demás; Gonzalo, un chico sumamente sensible y vulnerable que utiliza el boxeo como un escudo protector; Nora, la amiga incondicional de la infancia que, atrapada por sus propios complejos físicos e inseguridades, busca validación entregándose a los chicos demasiado rápido; Lara, una joven engreída y egocéntrica que adora ser el centro de atención; y Marc, un chico guapísimo, inteligente y pasota que se mete en líos constantemente por culpa de una impulsividad descontrolada.
En definitiva, Los hijos del vacío son jóvenes atrapados en dinámicas adultas muy peligrosas, chicos inteligentes que deciden cruzar un límite y montar su propia red de narcotráfico juvenil. No son delincuentes comunes; son adolescentes que, en su intento por huir de un mal día o de llenar sus carencias, descubren lo alarmantemente fácil que es conseguir dinero, éxito y poder artificial para tapar los vacíos que llevan dentro, sin ser conscientes de que esa espiral terminará pasándoles una factura devastadora.
P: – ¿Te sumergiste en la realidad de esta historia para poder contarla?
R: – Me sumergí por completo, pero no de una forma académica o fría, sino a través de una inmersión humana muy profunda que se extendió durante más de un año. Mi trabajo diario me ha brindado una herramienta fundamental: la capacidad de saber escuchar a las personas sin juzgarlas. Gracias a ello, empezaron a llegar a mí de manera natural, y en forma de desahogo, muchísimos testimonios reales de jóvenes y adultos que estaban atrapados en este laberinto o que habían pasado por él.
Quiero recalcar algo que me llamó poderosamente la atención durante este proceso y que rompe con muchos clichés: estas personas no provenían de entornos marginales o de familias rotas. Al contrario, pertenecían a hogares estructurados, con familias muy buenas que los querían. Sin embargo, lo que fallaba de manera silenciosa era la comunicación; había un vacío invisible, muchas mentiras y una falta de escucha real entre ellos. Al sumergirme en sus vidas, lo que más me impactó (y lo que me empujó a convertir a mis personajes en narcotraficantes dentro de la ficción) fue descubrir lo alarmantemente fácil que les resultaba a estos chicos conseguir la droga para venderla. Para ellos, el narcotráfico no era una elección criminal meditada, sino una consecuencia económica rápida: necesitaban dinero y vieron en la calle una salida sencilla para conseguirlo sin que sus padres se enteraran. Recopilar sus vivencias, sus emociones y su jerga me permitió construir la novela sobre una base tan real que estremece. No inventé un drama desde el escritorio; presté mi voz y mi escritura para dar forma a una realidad latente que escuché de primera mano.

P: – ¿En qué momento de tu vida te dices que tienes que contar este drama?
R: – Creo firmemente que en la vida todo sucede en el momento correcto; las cosas no se fuerzan, llegan cuando se armonizan y se alinean de forma casi mágica. El momento de contar este drama tenía que ser ahora, coincidiendo con una etapa de madurez personal en la que por fin me he atrevido a dar el paso de hacerme visible, de alzar la voz y de luchar por mis propios sueños como escritora. No fue una decisión calculada; fue un auténtico despertar. A medida que mi faceta de saber escuchar me iba conectando con todas estas realidades y los testimonios empezaban a llegar a mi vida, sentí un llamado interno ineludible. Cada confidencia, cada dolor compartido y cada petición de ayuda me hicieron experimentar un torbellino de emociones tan intenso que un día me desperté sintiendo que no podía guardarme todo ese material humano en un cajón. Tenía que transformarlo en literatura. Esta novela ha nacido justo cuando yo estaba preparada para canalizar toda esa energía y devolverla al mundo en forma de una historia que atrape, sacuda y haga reflexionar.
P: – Tu novela es un drama, pero también tiene documentación, aventuras, humor, tensión. ¿Ingredientes de la vida?
R: – Totalmente, son los ingredientes de la vida en estado puro. Al fin y al cabo, estamos hablando de adolescentes, de niños que van creciendo a golpes con la realidad, y en esa etapa vital conviven todas las emociones a la vez. No quería escribir un drama plano ni un panfleto moralista; quería retratar la existencia misma. Por eso la novela respira: tiene sus momentos de humor propios de la complicidad de una pandilla, tiene el pulso de la aventura (aunque en su caso sean aventuras muy peligrosas) y, por supuesto, una tensión psicológica constante a medida que se van metiendo en problemas.
Para mí, lo más bonito de Los hijos del vacío es que está contada desde las entrañas. Explico con total honestidad cómo sienten, cómo sufren y cómo disfrutan estos seis amigos. El lector no se limita a observar la trama desde fuera, sino que se une a la pandilla, acaba sintiéndose uno más de ellos y se ve reflejado en sus dinámicas. Obviamente, según tus propias vivencias, te vas a identificar más con la impulsividad de Marc, con los complejos de Nora o con la coraza de Andrés, pero los vas a querer a todos. Esa mezcla de luz, frescura juvenil y oscuridad es lo que hace que la historia te atrape y que te duela ver cómo se van de las manos las decisiones que toman.
P: – ¿Consideras que Los hijos del vacío es una lectura de jóvenes para adultos?
R: – Considero que es una lectura necesaria en ambas direcciones, un libro que funciona como un espejo para los jóvenes y como una ventana de comprensión para los adultos. Por un lado, es una obra que los adultos (padres, profesores, tutores) deben leer para entender mejor cómo sienten realmente los adolescentes desde las entrañas. A veces juzgamos sus conductas desde la barrera de la madurez, olvidando lo complejo que es gestionar el vacío, la falta de escucha o la necesidad de pertenencia a esa edad. Este libro les permite asomarse a su realidad sin filtros. Por otro lado, es una lectura crucial para los propios jóvenes. Al adentrarse en la pandilla, pueden verse identificados en sus complejos, sus impulsos o sus errores, y esa empatía puede ser la clave para encender una alarma interna. Quiero que les sirva para abrir los ojos, para darse cuenta de que no todo se controla y, sobre todo, para aprender a parar a tiempo si les está ocurriendo algo parecido a ellos o a alguien de su entorno cercano.
P: – ¿Estamos en un tiempo de profundos vacíos? Si es así, ¿a qué lo atribuyes?
R: – Sí, estamos en un tiempo de profundos vacíos, pero quiero empezar diciendo que también es un tiempo de muchísima esperanza. Lo atribuyo a que vivimos rodeados de una cantidad ingente de estímulos: pantallas, redes sociales, televisión, plataformas… un bombardeo constante que, paradójicamente, nos deja más solos que nunca. No queremos aburrirnos ni que nuestros hijos lo hagan, cuando la realidad es que en el aburrimiento se esconde el tesoro de explorar qué hay dentro de ti y de conocerte mejor. Nos da pánico quedarnos a solas con nosotros mismos; nos asusta descubrir qué se esconde detrás del silencio absoluto, y preferimos taparlo con ruido. A esto se suma que nos hemos convertido en padres demasiado sobreprotectores. En nuestro deseo de que a nuestros hijos no les pase nada malo, les estamos privando de herramientas esenciales. Como consecuencia, los jóvenes crecen con una tolerancia a la frustración muy bajita, sin saber cómo gestionar un «no» o una decepción, y sin entender que caerse forma parte indispensable del crecimiento.
Todo esto lo analizo y lo digo con muchísimo cariño y, sobre todo, sin juzgar a nadie. Del mismo modo que he escrito esta novela sin emitir juicios de valor sobre los chavales o sus familias, mi único motor es el deseo de comprender. Me fascina la mente humana, me apasiona entender qué nos ocurre en estos momentos y cómo reaccionamos ante este vacío. No busco culpables, busco arrojar luz y empatía sobre un laberinto en el que, de un modo u otro, todos estamos intentando encontrarnos.
P: – ¿La juventud es la gran víctima de este tiempo de confusión?
R: – Sin duda, la juventud es el eslabón más vulnerable y, por tanto, la gran afectada por esta confusión colectiva. Los adolescentes están en una etapa crucial de sus vidas: están construyendo su identidad, descubriendo quiénes son y buscando su lugar en el mundo. El problema es que les ha tocado hacer ese viaje en un entorno que les exige ser perfectos, exitosos y felices las veinticuatro horas del día, midiendo su valor en base a la aprobación rápida de un puñado de likes o a la imagen que proyectan hacia fuera. Son víctimas porque absorben de lleno todas las contradicciones de nuestra sociedad. Les pedimos que sean maduros, pero los sobreprotegemos; les ofrecemos un mundo hiperconectado, pero a la vez les dejamos solos ante pantallas que aíslan sus emociones. Al final, esa falta de comunicación y entendimiento real en sus entornos provoca que, cuando se sienten perdidos, se dejen seducir por las respuestas más fáciles y peligrosas que les ofrece la calle. No son los culpables de la situación; son el reflejo de un vacío estructural que los adultos no estamos sabiendo llenar con escucha, límites sanos y, sobre todo, con el tiempo de calidad que tanto nos demandan en silencio.
P: – ¿Escribes a partir de imágenes que te llegan?
R: – Sí, mi proceso creativo es muy visual y sensorial. Muchas veces estoy durmiendo y, de repente, me llega una escena entera a la mente. Pero mi forma de escribir no nace de la búsqueda de una literatura perfecta, rígida o academicista; al contrario, es muy natural, espontánea, llana y cotidiana. No pretendo deslumbrar con una técnica impecable o una prosa engolada; yo escribo de forma sencilla, plasmo las cosas tal y como las siento. Además de esas imágenes que me asaltan en sueños, me nutro muchísimo de la realidad. Escribo a partir de los mensajes que me transmite la gente, de un comentario que cazo al vuelo en mi vida cotidiana. Es ahí donde mi imaginación echa a volar. Desde pequeña he tenido el don de poseer una imaginación desbordante; mi mente siempre está creando y buscando historias. Sin embargo, nunca me quedo con la primera imagen que me llega. Después de esa viene otra, y otra, y otra más, como las piezas de un puzle en movimiento. A partir de esa marea de estímulos visuales y de las emociones que escucho en el día a día, voy construyendo con paciencia las historias que luego intento que calen en el corazón del público.
P: – ¿Visualizas esta novela en el cine o quizá como una serie?
R: – Totalmente, y de hecho la veo como una serie de televisión completamente diferente a lo que estamos acostumbrados. Hoy en día hay muchas producciones de adolescentes tipo Élite o similares, pero casi todas caen en los mismos patrones: o se ambientan en colegios de élite con dramas artificiales, o giran en torno al cliché del profesor maravilloso que llega para salvar a los alumnos. Los hijos del vacío rompe con todo eso porque es una historia real, cotidiana y sin filtros. Cuando los chavales la vieran en la pantalla, se quedarían atrapados al instante porque reconocerían sus propios institutos, sus barrios y sus vidas, no una fantasía de diseño.
No se ha hecho nada igual en la televisión: tratar el tema de las adicciones y el narcotráfico juvenil de una forma tan natural, entrañable y humana, obligando al espectador a meterse en la piel de los personajes y a amarlos a pesar de sus errores. Y quiero recalcar algo fundamental: todo está contado siempre sin juzgar. El objetivo de esta historia no es señalar con el dedo ni emitir un veredicto moral; el motor de mi escritura es el puro entendimiento, nunca el juzgamiento. Quiero que la sociedad entienda qué les pasa a estos chicos por dentro, no que los condene.
Estoy convencida de que una serie así tendría una salida buenísima en la pantalla. De hecho, pensando en la realidad actual y en que a muchos jóvenes les cuesta abrir un libro en papel, ya he apostado por lanzar la novela en formato audiolibro. Es un formato que está muy de moda y que nos permite llegar a ese público que prefiere escuchar a leer. El salto a la televisión sería el paso definitivo para demostrar que se puede hacer ficción adolescente con los pies en la calle, con mucha adrenalina, pero, sobre todo, desde una mirada limpia, compasiva y llena de una verdad que ya no se puede maquillar.