Ratas en el laberinto, de Santi Osakar

Lo primero que me llamó la atención de este libro fue su formato. Un cuadrado perfecto huyendo del convencional rectángulo. Pero cuando leí su sinopsis, su geometría pasó a segundo plano, pues ya solo tenía ganas de leer tan excéntrica historia. Para colmo venía aderezada por una banda sonora repleta de éxitos del Rock Radical Vasco, una corriente musical que me arrastró en mi adolescencia a pesar de criarme en el otro extremo geográfico de la piel de toro. Sumando nostalgia a la ecuación, era inevitable que me sumergiera en la cuadriforme obra. Esa banda sonora podemos disfrutarla a través de sus QRs.

Su artífice, Santi Osakar, un joven periodista —lo de joven lo tengo seguro por que tiene mi misma edad— nacido en Barakaldo, Bilbao. Curtido en el difícil mundo de la fotografía freelace, consiguió trabajar en la sede de las Naciones Unidad de Buenos Aires gracias a su máster en Cooperación al Desarrollo. Volviendo a su tierra, tras una serie de periplos, pudo compaginar la pasión por la escritura con su trabajo en el campo del marketing y la documentación, siendo Ratas en el laberinto su tercera novela.

Harkonnen es la editorial que se ha encargado de editar esta novela. He de admitir que no la conocía. Pero me da que es una de esas editoriales que hay que seguir la pista por muchas razones. La primera es obvia, una editorial que adopta el nombre de la malvada dinastía del universo Dune ya me tiene ganado. ¿Y que invita, desde el más allá, al mismísimo Syd Vicious para realizar el prólogo de la obra, y consigue que éste acepte, perdona?, ¿quién más puede conseguir esto? Ya la originalidad del formato merece un vistazo.

Pero a estas alturas Santi estará ya replicando aquello de «hemos venido a hablar de mi libro». Y es eso precisamente lo que vamos a hacer.

Osakar nos presenta a K (¿se puede ser más radikal?), un gris redactor de esos manuales de uso que no lee nadie, que está a punto de perder su empleo. Hastiado tanto de su vida como de él mismo, por casualidad, una noche, descubre que puede comunicarse con su yo adolescente a través de su ordenador. El chico, cuando asimila la situación, hará lo que cualquiera de nosotros pensaría, pedir datos futuros (que son pasado para su yo adulto), que le permitan una vida menos austera rodeada de lujos, pero K, tan precavido, no se atreve a alterar la línea espacio temporal no vaya a ser que su miserable vida se vuelva aún más miserable. Tras algunas conversaciones en días (o años) posteriores, llega a la conclusión de si tiene la oportunidad de cambiar su presente-futuro, por qué no iba a hacerlo. Así que decide convencer a su yo adolescente de recuperar al amor de su vida, Regina, pues no solo así recuperará a la chica, sino que vendrá con un incentivo económico por parte del padre de la susodicha.

Tras conversación y conversación (o monólogo ya que sigue siendo él en distintas épocas), el autor teje una histórica ácida repleta de humor negro, rememorando una época idealizada, pues los ochenta tal vez no fueron tan maravillosos como nos empeñamos en retratarlos en nuestra débil memoria. Quizás hemos desterrado de nuestras mentes el terrorismo, el riesgo de un fin del mundo nuclear que pendía de nuestras cabezas como pergeñaría el mejor Damocles, el desempleo, la heroína campando a sus anchas, el paro, la delincuencia… que en su Bizkaia natal se acrecentaba mediante reconversiones industriales y violencia política.

Una historia que en un primer momento puede resultar frívola. Nada más lejos, pues es un relato sesudo repleto de buenas reflexiones por parte de su cínico y sarcástico protagonista. Desilusionado de la vida y de vuelta de todo. Donde su yo adolescente no es más que la encarnación del desencanto de esa falacia de «cualquier tiempo pasado fue mejor», cuando solo lo idealizamos por recordarnos jóvenes y con toda una vida por delante en la que creemos tener tiempo para cambiar el mundo, pero que con el peso de los años solo somos más conscientes de que ese cambio nunca llegará, o solo se produce sobre nosotros mismo al perder la inocencia al descubrir lo inevitable, que es el mundo el que nos cambia a nosotros.

Ratas en el laberinto tiene muchas lecturas, la primera de ellas es una historia divertida en la que su protagonista solo trata de escapar del gris que reina su vida, pero su segunda lectura es una obra, no sabría catalogarla más de realista que de pesimista, que consigue lo que consigue la buena literatura, que no es otra cosa que la de hacernos pensar, y qué haríamos si pudiéramos cambiar el pasado, si es que cambiaríamos algo, puesto que también nuestros errores son parte de nosotros.

Una novela imprescindible para evadirnos por unos instantes de esta realidad que nos rodea, o puede que sea imprescindible para hacernos conscientes de esta realidad que nos rodea.

Podéis adquirir esta novela a través del siguiente enlace: https://harkonnen.es/libro/ratas-en-el-laberinto/