La sala: una novela francesa, de César Aira: Un viaje que no transcurre rápido, tampoco lento, pero que se disfruta gracias al dominio del lenguaje por parte de su autor, al que es un placer leer y recapacitar sobre él.

Esta novela corta podría considerarse un homenaje a aquellas romans courts que la editorial francesa Les Éditions de Minuit publicó a partir de 1980 en su colección Minuit Double.

En ellas podíamos encontrar a autores que se consideraban pertenecientes al movimiento Noveau Roman el cual contenía teatro del absurdo y existencialismo. Sus autores más punteros fueron Alain Robbe-Grillet, Nathelie Sarraute, Michel Butor y Marguerite Duras. A esta última, César Aira la nombra dentro de La Sala, dejando patente ese homenaje.

La Sala fue publicada en 1996, originalmente en francés. Ahora Random House nos la hace llegar con la traducción al castellano por parte del propio autor.

En ella hace gala del movimiento particular de los autores nombrados, donde el texto tiene un carácter filosófico e irónico. Aira demuestra un manejo exquisito del lenguaje, haciéndonos disfrutar de su cuidada prosa la cual maneja como un prestidigitador que consigue llevarnos adonde le plazca.

César Aira es un prolífico, y muy conocido, escritor argentino, que con sus más de cien libros publicados, sobre todo novelas cortas —cuentos dadaistas, como él los denomina—, con los que ha ganado infinidad de premios, llegando a ser nominado varias veces al nobel de Literatura.

En La Sala, nada más comenzar, se adivina su estilo narrado en primera persona. Nos cuenta como en el centro de París se ha inaugurado una pequeña sala de cine, cuyos espectadores son jóvenes coreanos. El protagonista, un electricista en paro, se aventura a entrar en ella, tratando de adivinar cual es el misterio del lugar y sus visitantes. Gracias a las personas que conoce allí, su rutinaria y gris vida, que transcurría entre las paredes de su destartalada buhardilla, dará un giro, permitíéndole dedicarse a una de las pasiones que creía abolida: la escritura.

Una vez imbuido en esta nueva ocupación, poco a poco irá renunciando a sus propios ideales, involucrándose cada vez más en la red de negocios oscuros de los gerentes de tan misteriosos lugar.

A pesar de sus apenas noventa páginas, y lo que parece una historia sencilla, esconde mucho más. Repleta de reflexiones de carácter filosófico por parte del protagonista, analiza no solo su modo de vida, sino la vida en general, de los anhelos incumplidos, abandonados para siempre por culpa del paso inexorable de un tiempo que corre sin piedad.

Personajes extraños que se pasean por el edificio, y la buhardilla, del electricista, que son el catalizador del propio narrador y que provocan un despertar en él, que antes permanecía en letargo sin ser consciente de su propia realidad, dejando escapar los años sin ni tan siquiera pensar en ello.

Un viaje que no transcurre rápido, tampoco lento, pero que se disfruta gracias al dominio del lenguaje por parte de su autor, al que es un placer leer y recapacitar sobre él.