
África, el continente que todos conocemos pero del que tan poco sabemos. Generalmente, cuando pensamos en Europa, América, Asia u Oceanía, enseguida se nos ocurren muchos de los países que forman parte de ellos. Sin embargo, cuando se nombra África, es como si fuese un todo. Sí, puede que nombremos unos cuantos países, aquellos en los que la gente viaja para hacer safaris. Pero pocos saben que Mauricio, Cabo Verde o Sudáfrica poco tienen que ver con Sudán del Sur, Burundi o Chad.
Siempre ha existido en el imaginario colectivo eso de la pobreza en África. África, así, en general. A todos nos viene a la mente las imágenes televisivas de niños con la pancita hinchada como consecuencia de la desnutrición, pero nunca nos dio por pensar por qué ocurría esto en un continente tan rebosante de materias primas.
La causa de todos los males del continente negro no es otro que el colonialismo que sufrió y cuyas consecuencias llegan hasta nuestros días. Después de esa invasión, los países colonizadores no dejaron ni las migajas, solo territorios expoliados y regímenes impuestos para que siguieran sirviendo a sus intereses desde la distancia, así como división entre pueblos que anteriormente vivían en armonía. Haciendo que desaparecieran costumbres ancestrales, así como idiomas y dialectos que formaban parte de la historia de esos pueblos, donde los colonizadores instauraron su religión, su idioma, su moneda, incluso su historia, condicionando la evolución una vez se marcharon.
A finales del siglo XIX ya quedaba poco de nuevo mundo, siendo todo él conocido y explotado. Las potencias mundiales que habían dominado ultramar habían perdido mucho poder con la independencia de las nuevas tierras, por lo que tuvieron que mirar hacia otros lugares si querían seguir expoliando y perteneciendo a lo que aún no se denominaba como «Primer mundo».
Fue por lo que Otto von Bismarck convocó a catorce potencias occidentales —sin presencia africana—, en la llamada La Conferencia de Berlín (1884-1885), para establecer las reglas de colonización en África. No les tembló el pulso cuando decidieron dividir el continente mediante escuadra y cartabón sin tener en cuenta que dividían pueblos, e incluso familias, solo por sus intereses. De aquí surgió la mayoría de fronteras artificiales de los países que forman el continente.
Pero nadie mejor para exponer tanto las injusticias como las consecuencias de estos actos que Guillermina Mekuy. Ecuatoguineana de nacimiento, licenciada en Derecho y Ciencias Política. Fue ministra de Cultura y Turismo de su país. En su faceta como escritora, ha publicado tres novelas. Su cuarto libro es un sensible ensayo sobre las consecuencias del colonialismo en África.
No se trata de un ensayo al uso, es más una carta emotiva, y esperanzadora, dirigida a su hijo pequeño, en la que analiza desde los orígenes del reparto de su tierra por parte de extranjeros, hasta las consecuencias presentes de aquel abuso que acabó, incluso, con el recuerdo de sus mayores. En esta bonita misiva, insta al pequeño Luis Guillermo a recuperar el legado y la memoria arrebatada. Pero si leemos entre líneas, descifraremos que es la propia África, encarnada en la autora, la que alenta a sus descendientes, representados por las nuevas generaciones, a recuperar la identidad enterrada por el capitalismo exacerbado y la codicia.
Guillermina, en apenas doscientas páginas, consigue concienciarnos del sufrimiento del continente maldito, de forma irónica, por la abundancia que explotaron otros, cuyo sufrimiento no comienza en la época del colonialismo, anteriormente ya sufrió el secuestro y abuso por parte del hombre blanco, que se creyó superior y con derecho a poseer a otros hombres solo por que estos tenían la piel más oscura.
De manera amena, y con el guiño inocente, al dirigirse a su hijo pequeño, transmite ese dolor e impotencia que ha sufrido, y sigue sufriendo, su pueblo. Pero que mantiene viva la llama de la esperanza, mostrando como pueden ser dueños de su destino sin tener que usar la violencia que manejaron aquellos culpables de la desdicha de todo un continente.
Guillermina Mekuy hace un amplio análisis en cada uno de sus capítulos, en los que repasa lo que era África antes de la colonización, en qué consistió la Conferencia de Berlín, las transformaciones sociales, la violencia que ejerció el país colonizador, hasta llegar a la parte esperanzadora en la que nos acerca los movimientos de liberación y la resiliencia africana. Siempre marcado por el pacifismo, huyendo de la violencia, implantando derechos y democracia. Al final de cada capítulo se dirige a su hijo de siete años, reiterando la importancia de tener siempre presente sus orígenes e identidad como remarca una narración en segunda persona.
Libro imprescindible para concienciarnos del abuso que provocó que una tierra tan rica en recursos se convirtiera en cotos privados —algunos de manera literal como hizo Leopoldo II de Bélgica— de extranjeros que la parasitaron hasta exprimirla, acabando con legados ancestrales, y cuyas consecuencias siguen pagando hoy sus habitantes.