
Teje con lucidez mordaz los hilos dispersos de su existencia, errante y enfrentada al nacionalismo y el espíritu pequeñoburgués, en el entramado de la Historia universal.
• Su testimonio aporta a los acontecimientos sociopolíticos un aire familiar y tragicómico que permite comprender, mejor que cualquier análisis, las ambivalencias de un siglo que aún nos persigue.
• Un libro que la crítica ha comparado con El mundo de ayer, de Stephan Zweig.
“Tras mi rastro”

Memorias acaecidas a merced de la Europa del siglo XX Son las esperadas memorias y último libro publicado en vida por Gregor von Rezzori, en 1997, que por primera vez se traducen al español. Un viaje histórico e intelectual de confín a confín de la convulsa Europa del siglo XX. Como convulsa fue su vida (Chernivtsí, hoy Ucrania, 1914 – Donnini, Italia, 1998), la de un cosmopolita apátrida frente a los conflictos nacionalistas y el espíritu y pequeñoburgués de entonces y de ahora. Una trayectoria vital que él atribuía al “acontecer que acaece” sin contar con la voluntad de uno mismo: “Llegué a la escritura por accidente y a una edad madura. Nunca pensé que tuviera la necesidad de expresarme, pero es obvio que la tenía. Y, sin haber oído antes la expresión, tuve que buscar mi identidad” –declararía el autor.
Su niñez en la Bucovina (tierra de paso entre Mitteleuropa y los Balcanes, cruce de culturas que hoy se reparten Ucrania y Rumanía), es una premonición de su errabundia y un espejo de la lucha de clases a la que él achacará los males que enfrentaron al continente en “una guerra civil de 30 años”.

Nació en el seno de una familia de origen aristocrático, un padre con raíces en la nobleza siciliana, comisionado para velar por el patrimonio del desaparecido imperio austrohúngaro, y una madre dolorosa; matrimonio que se derrumbará al compás de la Europa que les vio nacer, arrasada por dos guerras mundiales.
Nada que la claudicación de Alemania vaya a solventar: la existencia de Rezzori, como la de Europa, no encontrará sosiego. El odio y la mezquindad latentes nos condenan al presente que sufrimos, observación que le lleva a acuñar el término Epochenverschleppung, que él mismo define como “la superposición anacrónica de elementos de la realidad que pertenecen a una época anterior y se integran en la siguiente”. Y que conminan al autor, quien ya de niño demostraba grandes dotes fabuladoras, a inventarse la vida sin descanso y a relatarla con su proverbial mordacidad y la mirada poliédrica de un outsider que en su lucidez plantea puntos de vista inéditos sobre la Historia.
Apátrida, errante, escritor por la fuerza del destino después de haber estudiado Ingeniería de Minas en su juventud vienesa, próximo a la sociedad judía que brillaba en la época, atravesó oficios (ilustrador, periodista, actor) y países y lugares de residencia sucesivos como Viena, Bucarest, Berlín, Hamburgo, París,
Reino Unido, Italia. No encontró reposo hasta conocer a finales de los 60 a quien hoy es su viuda, Beatrice Monti della Corte, con quien restauró una casa de campo en la Toscana donde se entregó a la escritura, que hasta entonces había sufrido altos y bajos, como su ánimo y trayectoria. Tras su muerte, la baronesa Della Corte, estableció en su residencia matrimonial la Fundación Santa Maddalena, que desde entonces acoge en estadios temporales a destacados escritores internacionales, artistas y botánicos, entre los que podrían señalarse a Zadie Smith, John Banville, Volker Schlöndorff, Ralph Fiennes o los españoles Pedro Almodóvar y Marcos Giralt Torrente.
La escritura de Rezzori, que ha dado lugar a obras maestras como Memorias de un antisemita, Edipo en Stalingrado o La muerte de mi hermano Abel, retrata con ironía rebelde los acontecimientos históricos y socioculturales, y a sus protagonistas. Un narrador aventurero que teje los hilos dispersos de su existencia en el entramado de la Historia, dando así a los trastornos políticos un toque familiar y tragicómico que permite comprender, mejor que cualquier análisis, las ambivalencias de un siglo que aún nos persigue.
Un libro que la crítica internacional ha comparado con El mundo de ayer de Stefan Zweig, xceptuando la diferencia de que Rezzori fue un soberbio superviviente y un cínico brillante. Por estas páginas desfilan sus afectos: a su única hermana muerta en la juventud, amigos, amores, perros, caballos; sus encuentros: adivinos, societarios secretos, editores, hoteleros que vivieron días mejores, herederas y amazonas, y personajes célebres como un joven Von Karajan dirigiendo bajo las bombas, Louis Malle, Marcello Mastroianni, Brigitte Bardot y Jeanne Moreau, Indro Montanelli y Federico Zeri, Volker Schlöndorff y Giangiacomo Feltrinelli.
Sincero y llano, Rezzori nunca se consideró a sí mismo la autoridad intelectual que fue, sino un “observador diletante” obligado a ganarse la vida: casado tres veces, sus tres hijos (todos ellos de la primera esposa) dependieron de él, en la distancia, incluso después de repudiarlo influidos por la crítica social que su dandismo le deparaba.
La publicación de Tras mi rastro en España es todo un acontecimiento, por su calidad literaria y porque nos permite vislumbrar el lastre que la Historia del siglo XX ha dejado en la sociedad como un poso que hoy decide nuestro presente.