

Tras una temporada en el extranjero, Elaia regresa al pueblo de sus orígenes para escribir una novela. Quiere contar la historia de su familia, un entramado de vidas marcadas por la guerra, la dictadura y las dificultades del campo andaluz. A medida que los silencios heredados se despejan, emerge una memoria viva que, más que sobre el pasado, tiene mucho que decir sobre el presente. Y que llega también para sanar una herida: la del duelo sin cerrar por la muerte de su abuela, de la que no pudo despedirse.
Azahara Palomeque escucha las historias que guardan las casas y los olivares, y nos devuelve esas voces ausentes que hablan de amores desafiantes y viajes liberadores, de las lealtades y traiciones que rigen un pequeño mundo. Una novela conmovedora y rupturista en la que lo oral y lo poético se trenzan con cuidado artesano en un canto a las raíces, a los afectos y a los futuros que aún es posible imaginar.
| «Pueblo Blanco Azul mira con espanto al pasado pero enseguida es empujada al futuro, en este caso por un vendaval literario: el de la imaginación audaz y el lenguaje rabiosamente poético de Azahara Palomeque.» Isaac Rosa |
| «La tierra y el agua, la memoria democrática y las reivindicaciones ecológicas, se dan la mano en una novela que somatiza los dolores históricos –las violencias y los traumas de género y de clase– empapándose con las voces de sus muertos. De sus muertas, también.» Marta Sanz |
| «Una fábula poética, mágica, que da alas a la memoria. Un precioso juego blancoazul de espejos.» David Uclés |

| la autora Azahara PalomequeNació en El Sur en 1986. Estudió Periodismo y Comunicación Audiovisual en la Universidad Carlos III de Madrid. En 2009 se marchó a EE.UU., donde, tras realizar estudios de máster, se doctoró en la Universidad de Princeton con una tesis sobre el exilio español en América Latina. Autora de cuatro poemarios y un libro de crónicas, se dio a conocer con el ensayo Vivir peor que nuestros padres(Anagrama, 2023) y la novela Huracán de negras palomas (La Moderna, 2023). Ha cultivado el periodismo, en el que destacapor su personal estilo, a caballo entre lo analítico y lo lírico; actualmente es columnista de El País. Antes de retornar a España en 2022, fue profesora de Filosofía y Política Internacional en la Universidad de Pensilvania. En la actualidad vive en Córdoba. |

¿De dónde nace Pueblo blanco azul, cuál es su germen?
Pueblo blanco azul nace del amor infinito a mis abuelos, Lu-
ciana y Antonio, y del duelo no sanado por su muerte. Am-
bos fallecieron cuando yo vivía en Estados Unidos y no pude
acudir a ninguno de los dos entierros. Eso ha pesado en mí
como una losa, porque sentía que, al no haber ritualizado
la pérdida, seguían vivos; que debía imaginar tanto su final
como sus vidas para hacerles justicia; y que esta narración me
ayudaría a cerrar la herida y, al mismo tiempo, conocer mejor
su pueblo y el mío: Castro del Río (Córdoba), pues realicé
una investigación extensa antes de ponerme a ficcionalizar
sus biografías. Al mismo tiempo, este enclave de la campiña
forma parte de mi territorio afectivo desde que era niña y ya
había intentado novelarlo con 17 años. Cuando me mudé a
Córdoba en 2023, recuperé algunas ideas de aquel manuscri-
to de la adolescencia, y empecé a concebir la historia desde
su propio suelo. Jamás habría podido escribirla en Estados
Unidos. De alguna forma, necesitaba estar aquí y contemplar
sus mismos paisajes para evocarlos.
La novela es, ante todo, una indagación en la memoria.
Pero una memoria viva, que extiende su raíz hasta el pre-
sente. ¿Cómo te relacionas con esta idea?
La memoria nos constituye, y a mí me ha formado como escri-
tora. Realicé una tesis doctoral sobre el exilio a caballo entre la
historia, la filosofía y la literatura; durante mi etapa migratoria,
la memoria de mi tierra se articuló en forma de nostalgia re-
flexiva (en la expresión de Svetlana Boym) en varios poemarios;
y ahora he querido recuperarla no sólo como arqueología, sino
como proyección de futuro. No me interesaba escribir una no-
vela anclada al pasado, sino explorar de qué manera el pasado
nos interpela y nos brinda afectos, aprendizajes y vínculos nu-
tricios. Si lo pensamos bien, estamos hechos de memoria: la ge-
nética y el lenguaje lo son, y eso lo transmitimos a las siguientes
generaciones. Aquí yo cuento una fábula donde todo se entrela-
za de manera muy sutil y, creo, puede generar mucho placer en
los lectores, además de reflexiones pertinentes para el presente.
En Pueblo blanco azul también es definitorio el escenario:
la España rural, el campo andaluz.
Sí. El campo andaluz, y la España rural en general, pueblan
mi imaginación literaria y alimentan mis raíces, esa «necesidad
del alma humana», que decía Simone Weil. En la novela, vuel-
ve a aparecer El Sur que siempre pongo como lugar mágico de
mi nacimiento, lleno de cariño, pero sin romantizarlo. Por eso
se narran el sufrimiento de la Guerra Civil y la posguerra, las
luchas por el agua en territorio de sequías, la emigración… Me
interesaba elaborar una ruralidad rica en referentes culturales,
atravesada por la historia, pero también llena de protagonistas
que son sujetos activos, piensan y toman decisiones, y hablan
como les da la gana. De hecho, una de las cuestiones que cuidé
cuando escribía Pueblo blanco azul fue la oralidad andaluza,
que reivindico como patrimonio colectivo. Una región tan su-
frida como Andalucía, la comunidad más poblada de España,
bien merece una atención y un respeto que superen los estereo-
tipos. Éste fue, hasta cierto punto, el proyecto de Lorca, y yo lo
retomo desde el afán poético contemporáneo.
Desde esas coordenadas, emerge como fundamental una
figura: las de los abuelos, las abuelas. ¿Qué significa para ti?
Creo que los abuelos se han convertido en una parte indis-
pensable de las subjetividades actuales, más si cabe para mi
generación. Ellos vivieron etapas de penuria y hambre; vieron
cómo España padecía un oscurantismo dictatorial que aún
nos pesa; lidiaron con la muerte, pero también impulsaron
luchas políticas a favor de la vida y por la democracia. Por
otra parte, en mis abuelos se dieron los amores entre un re-
publicano represaliado y la hija de un comerciante fascista,
atemorizada por la figura del padre. Esa historia ejemplifica la
de muchas familias que desafiaron las imposiciones y rencillas
sociales para arcillar un proyecto propio, con enormes dificul-
tades y silencios que sólo pude descifrar años más tarde. Sus
esfuerzos me parecen encomiables.
De algunos de esos abuelos y abuelas no hemos podido des-
pedirnos como habría sido necesario. Los duelos no resuel-
tos son un problema colectivo que también forma parte de
esta historia.
Sí. De hecho, con la pandemia me di cuenta de que muchas
personas habían enfrentado la misma pena que mi yo migrante:
la de no haberse podido despedir de sus seres queridos, que
fueron arrojados al ataúd inmediatamente por el miedo al con-
tagio. En el fondo, estamos hablando de la poca consideración
que se le da a la muerte hoy en día, obligados como estamos a
reponernos cuanto antes y volver al trabajo, sin que prestemos
demasiada atención al rincón magullado que dejan los ausentes
en nuestro corazoncito. Para mi fabulación, fue esencial la lec-
tura de La muerte en común, ensayo de la filósofa Ana Carrasco
Conde. Ella analiza la importancia del ritual funerario en la
creación de comunidades, desde la Grecia clásica hasta nues-
tros días. Esta novela va también de eso, de crear comunidad.
En el libro también está presente una mirada ecologista,
una atención a las luchas relativas a los recursos naturales.
¿Cómo concibes la aproximación a estos temas desde la li-
teratura?
La novela podría encajar con lo que Gabi Martínez ha bauti-
zado como «Liternatura», desde el momento en que la fábula
se ve interrumpida por la falta de agua en el pueblo. ¿Podemos
narrar, abrazar el goce estético, conversar con los muertos —
como hacía Quevedo— si nos faltan los elementos esenciales
para la supervivencia? Durante la escritura de Pueblo blanco
azul, 80.000 vecinos de la comarca de Los Pedroches, en la
sierra de Córdoba, se quedaron sin agua un año entero. Eso
casi no salió en los medios nacionales, pero influenció la ela-
boración del libro. ¿Cómo vivían? ¿Cómo afectó esta tragedia
a la celebración de sus fiestas, a las rutinas diarias, a sus rela-
ciones o la crianza de los niños? No iba a hacer una crónica de
los acontecimientos, pero éstos sí me inspiraron a la hora de
moldear personajes más humanos.