| «Mis recuerdos se dividen entre las casas en las que he vivido, los trabajos que he tenido y la gente con la que he salido. No tengo una sola memoria, sino varias, lo cual equivale a tener varias vidas. De hecho, no siempre me reconozco en las personas que fui.El hogar, el calor alrededor del cual se reunían los clanes, las familias, las comunidades, es refugio. O lo era. Cuando jugábamos a pilla-pilla en el patio del colegio, había una zona en la que estabas a salvo. Podía ser una piedra, una fuente o la tapa de una alcantarilla. Si lograbas correr hasta allí sin que te alcanzaran, eras intocable. Al llegar, gritabas «¡casa!», porque casa era sinónimo de protección. Dibujábamos una casa, un árbol, el sol, y a veces una familia, señal de que todo iba bien.¿Qué queda de nosotros en las ciudades, en los lugares, en las casas donde vivimos? Nos marcan, determinan nuestra vida, son más que paisaje. Lo son todo. Cuando un volcán arrasa urbanizaciones enteras, o cuando un edificio se derrumba, o hay un incendio o una gran inundación, eso es lo que se dice: «Lo han perdido todo». También cuando te desahucian. El desahucio silencioso es aquel que sucede cuando no te renuevan el contrato, de alquiler o te suben tanto el precio que no puedes asumirlo. Lo pierdes todo, pero no lo parece porque no hay catástrofe.También están los exilios provocados por la imposibilidad de vivir en la isla en la que naciste, o en el sitio donde te criaste, o en la ciudad donde llevas años trabajando y has formado una familia —esos lugares a los que llamas casa—, no por culpa de guerras, sequías, ni hambrunas, sino porque el precio de la vivienda te expulsa hacia otras áreas que, a su vez, se irán encareciendo, apartándote. El espacio que nos identifica y conforma nuestra memoria, nuestro hábitat, ¿permanece inmutable en nuestra ausencia? ¿Siente que nos pierde del mismo modo que sentimos su pérdida al irnos?» |