
| Pasamos la vida rodeados de desconocidos. A diario nos cruzamos con personas a las que tal vez no volvamos a ver, o puede que sí, pero no las recordaremos al no reparar en ellas. Otras veces, coincidimos con esos seres humanos en situaciones que la monotonía convierte en rutina. De repente comenzamos a saludarnos, aunque sea con un leve gesto, como si existiese un acuerdo secreto: si coincido contigo a diario, pasamos a ser desconocidos conocidos. Como desconocemos sus identidades, comenzamos a poner apodos, ya sea por su aspecto, por como visten o por lo que portan. Estos ejemplos suelen surgir con más asiduidad en nuestros trayectos diarios hacia donde estudiamos o trabajamos, sobre todo en los medios de transporte públicos. Gracias a Hilatura, Luis A. D. ha publicado una novela que parte de estas reflexiones. De como un grupo de desconocidos, que comparten trayecto ferroviario, empiezan a crear una especie de comunidad del silencio, donde cada cual no sabe quién es su vecino, pero lo reconoce como tal en este barrio portátil que, el tren de y cincuenta y dos, traslada a cada uno a sus respectivos destinos, reencontrándose cada tarde de regreso al verdadero barrio residencial, aquel que permanece siempre fijo y cuyos vecinos son otra clase de desconocidos. Con una actividad profesional relacionada con el marketing, el asturiano Luis A. D. Mirado es uno de esos autores que escriben sin pretensiones, solo por el amor a escribir, siendo El barrio portátil su tercera novela. Admirador de autores como Jardiel Poncela, Wenceslao Fernández o Tom Sharpe, como demuestra su escritura que exhala humor, a veces absurdo, que tanto se ciñe a la realidad. En este barrio portátil, sus vecinos terminarán interactuando y conociendo sus nombres, a pesar de que nuestro protagonista se empeñe en seguir señalándolos con los propios seudónimos con los que él se siente más familiarizado. Por avatares del destino, y empujados, literalmente, por el traqueteo del tren, sus vidas se entrelazarán por una causa noble y común, que es apoyarse, como buenos vecinos, mientras que el personaje principal trata de salir de una situación rocambolesca que él mismo ha creado dentro de su entorno laboral. Entre situaciones absurdas creadas por la torpeza del protagonista, así como otras provocadas por el azar, transcurre esta historia que es un reflejo de la vida misma, donde lo más inverosímil puede materializarse. Unos desconocidos que acaban enredando sus vidas gracias a unas croquetas y el talento de una niña pequeña. Todo aderezado con un humor inteligente que orbita entre cultas conversaciones entre amigos, la adicción a la adrenalina por la parte femenina de una pareja, las conversaciones telefónicas de otra pasajera de las que hace partícipes involuntarios al resto del vagón… Todo un catálogo de personalidades que bien podríamos encontrar en cualquier tren que tomemos diariamente a eso de y cincuenta y dos. La prosa de Luis es cuidada y pulcra. Conduce al lector a su terreno, mostrando cosas que en un principio parecen mundanas, convirtiéndolas en algo extraordinario. Nos arrancará más de una sonrisa, pero sobre todo, mucha risa con ese humor fino, que a mí, particularmente, me ha recordado al mejor Mendoza. Una novela divertida que nos hace reflexionar sobre lo que es la vida, de como los extraños, poco a poco, sin percatarnos, van dejando de serlo, convirtiéndonos en vecinos pertenecientes a distintos barrios portátiles. |