El proceso creativo detrás de “La mirada de la Diosa”

Por. Miriam Conde Redondo

La escritora española nos brinda las claves de su nueva novela “La mirada de la Diosa”; una obra que integra historias personales con grandes sucesos de la historia mundial. Las intrigas personales, de algún modo, se relacionan con grandes misterios de acontecimientos claves, como los ocurridos en la Segunda Guerra Mundial.

La mirada de la diosa nació de una imagen que se me quedó clavada mucho antes de que supiera que acabaría siendo una novela. Un icono griego, con un rostro hierático y sereno que parecía mirar más allá de aquel que lo contemplaba. No recuerdo exactamente dónde lo vi la primera vez, pero sí el efecto que me produjo. La sensación de que ese objeto venía cargado de historias que nadie me estaba contando. 

En paralelo a esa imagen, llevaba tiempo rondándome la idea de escribir sobre los ecos de la Segunda Guerra Mundial en familias que, en apariencia, nunca habían estado cerca del frente. Me interesaba menos la gran Historia, con mayúscula, que sus ondas de choque, lo que queda en las casas, en los silencios, en los álbumes en los que falta alguna foto. Empecé a leer sobre agentes británicos destinados en España y sobre las batallas de los submarinos alemanes en el Atlántico. Cuanto más leía, más claro veía que ese mundo subterráneo de mensajes cifrados y operaciones secretas tenía que ver con los silencios familiares que quería explorar.

La documentación sobre criptografía me llevó inevitablemente a Bletchley Park, a Marian Rejewski y a Alan Turing, pero también a lugares menos transitados, a los pequeños equipos de radio escuchando en la oscuridad. 

Fue entonces cuando las dos ideas, el icono y la guerra, convergieron con otra imagen muy potente, un monasterio colgado de un acantilado en el Monte Athos. Ese fue el momento en que sentí que tenía un esqueleto de historia lo bastante poderoso como para sostener una novela.

A partir de ahí apareció Gonzalo, casi por necesidad. Si había un tesoro hundido y unos cuadernos cifrados, tenía que existir alguien en el presente que heredara esa obsesión inacabada. No quise que fuera un historiador ni un académico, sino alguien que viniera del mundo de la tecnología, del presente más pragmático posible. Gonzalo es el heredero de un imperio de telecomunicaciones que, paradójicamente, sabe muy poco de la historia de su propia familia. Me interesaba esa fricción entre el hombre que controla redes y datos y el nieto que no sabe qué ocurrió con su abuelo.

El personaje de Laura, la abuela, se convirtió en el verdadero corazón de la trama familiar. La vi como una mujer que había tenido que sobrevivir a dos guerras, la Civil española y la mundial, a través de la destrucción psicológica de su marido. Es ella quien toma la decisión de ocultar los cuadernos, no por egoísmo sino por puro instinto de protección. Durante la escritura, tuve que recordarme que la novela no podía juzgarla con la ligereza del presente, debía comprenderla desde sus circunstancias. Hubo versiones del manuscrito en las que Laura aparecía menos, hasta que me di cuenta de que sin entenderla a ella todo lo demás se quedaba cojo.

La otra gran línea narrativa, la de Sara, surgió justamente para equilibrar la balanza. Había escrito muchas páginas centradas en Gonzalo y su investigación cuando comprendí que necesitaba otra mirada, alguien que llegara al misterio desde un ángulo completamente distinto. Volví entonces al icono griego y me pregunté quién podría encontrarlo y en qué contexto. Así nació Sara, una profesora de literatura en Yale, atrapada en una crisis personal, que regresa a la casa familiar en Cantabria para cuidar a su abuela enferma y se topa con ese objeto. Me interesaba ver cómo una persona que se cree muy racional, una profesora universitaria de literatura, acostumbrada a analizar textos y construir discursos, se enfrenta de pronto a una realidad física muy tozuda. A la enfermedad, a una capilla que se cae, a unas facturas que hay que pagar. El icono griego funciona como un puente entre su mundo intelectual y ese otro plano material que la desborda.

El proceso de documentación para la parte de Sara fue también apasionante. No se trataba ya tanto de submarinos y códigos como de crónicas medievales y las epopeyas de los almogávares. Me fascinaba la idea de que un objeto pudiera viajar cambiando de manos y de significado, hasta terminar en un lugar en el que nadie recordara cómo había llegado allí. 
Uno de los primeros elementos que aparecieron en mis cuadernos de planificación fueron, precisamente, otros cuadernos, los del abuelo Jonathan. Siempre me han fascinado los objetos que contienen escritura, como diarios o agendas. Me interesaba que el detonante de la trama fuera algo tan sencillo y tan poderoso como una libreta encontrada. Los cuadernos permitían muchas cosas a la vez, introducir la voz del pasado sin recurrir a largos flashbacks, plantear un enigma y, sobre todo, mostrar cómo la obsesión puede concentrarse en unas pocas páginas hasta deformar la vida de quien las escribe.

El diseño de la estructura a dos voces, Gonzalo y Sara, fue otro de los retos técnicos del libro. Tenía claro que no quería una narración omnisciente que lo contara todo desde arriba y preferí alternar puntos de vista para que el lector fuera armando el puzzle a la vez que ellos. Probé varias disposiciones: capítulos largos de cada personaje, bloques de varias escenas seguidas… Al final opté por un equilibrio con alternancia, porque eso generaba una tensión que me interesaba mucho. Cada vez que la trama de uno llegaba a un momento clave, el lector debía “esperar” mientras seguía el hilo del otro. Es un pequeño juego de impaciencia narrativa, pero también una forma de subrayar que las historias de Gonzalo y Sara están destinadas a encontrarse. El momento más apasionante llegó cuando conseguí unir las dos tramas, ya que ambos personales se necesitan mutuamente para cerrar el círculo.

Otra decisión complicada tuvo que ver con el tono. Quería que la novela fuera de intriga, sí, pero también con reflexión sobre la memoria y los secretos familiares. Eso implicaba respetar ciertos tiempos de silencio, dejar que los personajes respiraran entre escena y escena, permitir que el lector compartiera sus dudas. El equilibrio final entre intriga y profundidad emocional fue el resultado de muchas versiones, de cortar escenas que me gustaban y de escribir otras nuevas más silenciosas, pero necesarias.

En cuanto al estilo, me propuse desde el principio evitar los dos extremos, ni una prosa tan seca que pareciera un informe militar, ni una ornamentación que restara credibilidad a los hechos históricos. Trabajo frase a frase, leyendo en voz alta, para que el ritmo acompañe la tensión. En escenas de diálogo, por ejemplo, intento que la información histórica se filtre de manera natural, a través de la mirada o las preocupaciones de los personajes. Si un dato solo puede entrar como una nota a pie de página disfrazada, prefiero prescindir de él. Eso implicó renunciar a algunas curiosidades muy jugosas que había encontrado en la documentación, pero la novela, como la vida, también se construye sobre lo que decidimos dejar fuera.

La documentación de campo, por llamarla así, también tuvo su pequeña anécdota. En una de mis visitas a un archivo histórico, buscando datos sobre rutas marítimas y puertos utilizados durante la guerra, el archivero me miró por encima de las gafas y me preguntó: ¿Está usted preparando una tesis? Cuando respondí que estaba escribiendo una novela, sonrió con una mezcla de ternura y escepticismo y me dijo: “Las novelas son más peligrosas que las tesis; llegan a más gente.” Salí de allí pensando que, de alguna forma, también ésa era la responsabilidad de la ficción histórica, manejar con cuidado los datos, sin olvidar nunca que lo que llega al lector no es un informe, sino una experiencia emocional.

Al mirar atrás, veo el making of de esta novela como una suma de planos, el de la escritora que organiza materiales, el de la narradora que escucha voces, el de la lectora que se deja sorprender por sus propios personajes. Entre todos han construido un libro que, espero, permita al lector disfrutarlo con su propia voz, no solo preguntarse sobre lo que ocurrió con un submarino, unos códigos y un icono, sino comprender cómo el pasado sigue escribiendo en los márgenes de nuestras vidas.