

| Intimista, reflexiva, serena, orgánica y personal; Soy guardiana de lo que ya nunca pasará (resurrecciones), de la escritora Marifé Santiago Bolaños, irrumpe como una de las últimas novedades de la Editorial Huso. Un libro creado a partir de los relatos de la vida de su autora, que ya brilló como primicia en la pasada Feria del Libro de Madrid, así como en el Café Comercial de la capital española, donde se presentó el pasado 29 de septiembre. Un compendio de cuentos vitales cargado de resurrecciones, aquellas traídas por Santiago-Bolaños al “espacio común de la eternidad, con el cuidado que ha de tenerse al abrir el sobre de una carta de amor que nos hiciera depositarias de aquello que ya nunca pasará”. Sin la más mínima pretensión de crear una genealogía o exégesis, ni siquiera de retornar a tiempos pretéritos, Marifé Santiago-Bolaños compone un collage literario, con pedazos de días, que habían estado esperando décadas para converger al fin, huellas que le fueron mostrando palabra a la experiencia discontinua del vivir, brindándole hogar manifiesto. Así, a través de las líneas -siempre poéticas- de la escritora madrileña, nos adentramos en un mundo remoto pero aledaño al mismo tiempo. Una obra llena de vivencias propias pero que, a su vez, celebra la trayectoria literaria y humanística de Santiago-Bolaños, revelada a través de una prosa genuinamente lírica. “Leo -porque no es releer del todo, aunque solo se vea bien cuando se vuelve en el decir sabio de María Zambrano-, como quien mira imágenes antiguas sabiéndose dentro sin tener nada que ver con ellas, al tiempo que acepta ser ese afuera que las permite. Leo como quien recorre una calle que se habitó y reconoce lo que en ella dejamos y nos habitó. Algo así… Desbordamiento de conceptos efímeros, contradictorios, que se transformaron en materia y forma de un relato, lugares que tenían un nombre anotado, con apresuramiento, en una esquina del alma y otros que, sin embargo, fundaron mundos sin existencia salvo en el indubitable atlas de la imaginación”. Marifé Santiago-Bolaños; poeta, doctora en Filosofía y docente de Estética en la Facultad de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid, es también patrona de la Fundación María Zambrano, miembro de la Real Academia de Historia y Arte de San Quirce, del ITEM (Instituto de Teatro de Madrid) y de la Academia de las Artes Escénicas de España. Asimismo, codirige el Grupo de Investigación Complutense «Poéticas de la Modernidad» y forma parte del Proyecto de Investigación Complutense «Estética y transformación digital de la sociedad: la relevancia del laboratorio estético para el análisis y la crítica de la comunidad virtual y el capitalismo de la atención”. Su dilatada trayectoria, que la avala no solo en su tarea intelectual, sino también como literata, ha cristalizado en una veintena de libros ensayísticos -donde se cruzan la filosofía y los procesos creativos-, una decena de libros de poesía, cuatro novelas y un texto teatral, cuestión que ha llevado a la traducción de parte de su obra a distintos idiomas de todas las partes del mundo, como chino, bengalí, francés, inglés, portugués, italiano, esloveno, hebreo o ruso; a presentarla en antologías, diccionarios, catálogos artísticos, composiciones musicales, escénicas y visuales; así como a ser estudiada en universidades de talla nacional e internacional. Por ende, y en consecuencia con su importante labor como gestora cultural, Santiago-Bolaños ha sido galardonada con diversas distinciones tanto estatales como foráneas, obteniendo la Encomienda de Número de la Orden del Mérito Civil del Gobierno de España y la Comenda da Ordem do Infante D. Henrique del Gobierno de Portugal. Entre 2004 y 2011, fue directora general del Departamento de Educación y Cultura de la Presidencia del Gobierno de España y actualmente dirige la colección de pensamiento y creatividad «Palabras Hilanderas» de la editorial Huso-Cumbres. Soy guardiana de lo que ya nunca pasará nos arroja palabra sobre aquello real, pero también sobre lo inexistente; sobre la experiencia vivida, pero también sobre todo lo que no pudimos vivir; sobre lo que un día fue matérico, pero también sobre todo lo que no pudo materializarse; sobre el lugar que un día habitamos, aunque también sobre lo que no conseguimos habitar con nuestra presencia. Una mirada al pasado, que Marifé Santiago-Bolaños realiza sin titubeos -a través de su impecable escritura- y que, lejos de irradiar triste melancolía esclarece, con la delicadeza de las palabras que aflorarían del corazón de dos amantes, sus propias resurrecciones… Resurrecciones derramadas a la infinitud colectiva, para hacernos depositarios de aquello que ya nunca pasará. Elia Gil Quintero |
| 1 LA NOCHE DE ALCESTES Que Admeto no era un viejo cuando llegó a la ciudad lo contradecían esas pupilas ahogadas por el tiempo. Que llegó con una sed acaso milenaria, que echó vino en la cuenca blanca, nada amansó el que la tragedia de la eternidad impidiera recuerdos de otro vino lejano. Que alguien preguntara, cuando llegó, por el origen de aquella costumbre de jugar con una gállara, no sirvió para que recobrase una memoria con la que responder, pues había olvidado qué es tener raíces. Un cúmulo de gestos aprendidos para dorar las hazañas narradas en los bares era toda la figura de Admeto. Habla desde la garganta legendaria en la que las palabras llegan de la mitología; de vez en cuando, asiente con un trago de vino que las recorre hasta el asesinato de los signos; calla el rey y se presenta un hombre harapiento crucificado por el miedo a la muerte. Voy a cerrar la taberna, amigo. Y Admeto saca un óbolo de plata; los bebedores miran con una curiosidad que hace guiñar el ojo al tabernero. Vuelva pronto, señor. Y Admeto sale del tugurio apestando a soledad. Quién diría que este borracho de traza harapienta unció león y jabalí al carro, y guió a las bestias alrededor del estadio como prueba de fuerza y virilidad delante de la hija de Pelias. Mas, ahora, ¿quién reconoce a Admeto? Ni los dioses que hicieron de él la envidia de los mortales tienen sitio hoy en la ciudad. ¿Y Admeto? Tendría que comenzar su biografía y enviarle flores a la bella Alcestes. A veces, tiene malos sueños nacidos en una hondura incontrolada, pesadillas de serpientes anidadas en el tálamo nupcial. Y retrocede en las calles desiertas como si las piedras fueran el lecho donde aguardaba la hija de Pelias a su desconocido esposo. Alcestes era una hermosa virgen de cuerpo soleado como cereales de junio. Yo vi latir el corazón debajo de la túnica anudada con cintas rojas. Entonces Zeus había hecho a Apolo siervo de Admeto y mis ovejas parían, de dos en dos, corderos a la sombra de los alcornoques. Fui héroe entre los héroes. Pero no le mandé flores a Alcestes, y Artemisa es cruel con los errores de los hombres olvidadizos. Hace frío -dice el vagabundo. Tendrás hueco en el puente si vas pronto; en el rincón de las Burgas, somos ya demasiados. Vamos, amigo, hace mucho frío en esta hora inclemente. Admeto escupe en el suelo el final del relato. Y las mejillas de la mujer ausente brillan, estrella errante y confusa, hacia la extinción de la luz. Tendría que agasajar con flores a la bella Alcestes. Cállate, hombre; tenemos poca noche para dormir, y las mañanas son infinitas para quien anda sin rumbo. Calla y aguanta, extranjero de tan extraño apodo. De poco vale un nombre como el tuyo en una noche gélida, y no habrá sitio en el puente si sigues andando tan despacio. Tres viejas cubiertas con pañuelo de paño negro salen de la catedral. No hay boca para salmodiar rezos, pero cada sílaba golpea la existencia con un desasosiego que hace estremecer… …¡Ai, e que teña que morrer!…, morrer, morrer, morrer…, como eco de las campanas repiqueteando en la sangre y en los huesos de Admeto… Que había perdido la esperanza de burlar a las tres Parcas, cuando llegó a la ciudad, era inevitable, pues ellas, ciegas, seguían desde lo inconmensurable de la fatalidad las huellas del mendigo. El hilo no cortado actúa como ovillo en el laberinto tramado por el hombre: no queda cueva o disfraz de carnavales para engañar a las Parcas. Ellas beben después del nuevo encuentro, ritual, remedando la juerga bochornosa urdida por Apolo para librar a Admeto del Tártaro. Ahora llega la confusión del vino: será agria, soterrada la dulzura de la piel de Alcestes… Que morrer, que morrer, que morrer… Efímera, la posibilidad… Cuando el astrolabio señaló el punto álgido de la luna, llegué a la puerta de la cámara presagiando el placer de la noche de esta boda cantada por los poetas en la orilla del mar. Llevaba el cuerpo ungido de aceites cuyos aromas metafóricos infringían las leyes de las buenas maneras. Aquella noche no era Admeto, sino el Hombre quien iba a hacer volar a la divina Alcestes. Pero no estaba Alcestes, desnuda y recostada, aguardando la delicia trémula y temerosa, sino un nudo de sierpes imitando un enjambre de sexos. La virgen Alcestes inmolando su cuerpo mustio, de maniquí quebrado en la amalgama de la carne. Me tapé la cara para no disolverme en un lamento. Y entre los silbidos de las serpientes escuché la carcajada de la feroz Artemisa exigiendo sus sacrificios. Alcestes como muerta, pensé, o dormida en esa orgía que estaba viviendo en sueños. Me quitaría los ojos como Edipo para no ver a la dama desnuda que gime en la atrocidad bífida de las sierpes… …Calla, hombre, ni hay sierpes ni dama: es la sucia bajada del vino… Pero las lágrimas son reales como el frío sin piedad de la noche en la que la niebla elude los caminos, y cualquiera diría que Ourense es una diminuta isla de saudosos mares literarios. Cuando Admeto llegó a la ciudad sus pasos eran una narración escrita por la conciencia perpleja para romper la evidencia: Alcestes goza en el ombligo mismo del placer, alcanzando esencias jamás invocadas por mortal alguno. Aquella vista tibia de mujer encendida como las amapolas deshojadas habla de la promesa de la manzana bíblica. Luciérnaga, el cuerpo femenino, mitad sarcófago y mitad mariposa. Cuando Admeto la encontró acariciando a aquellos amantes sin rostro supo que ella podría medir siempre sus caricias, que sus besos podrían ser rutinarios y despertar en ella secretos inefables. No, amigo, no eran celos, era una tristeza esparcida por la mano del cosmos hasta mi mismo orgullo; la tristeza de saberme compañero de una muerte asesina. ¡Dioses: venganza para Admeto contra Alcestes! Pero la única respuesta fue la risa, como un rayo, de la diosa de los umbrales… …Bebe, Admeto, bebe para olvidar… Mas Admeto no olvida cuando bebe porque tiene la lengua abierta y salen los sabores múltiples de la forma a la que llama «Alcestes», abanicando recuerdos escondidos. El nombre salta sobre Admeto en un temblor súbito. Y brama como niño huérfano de padre y madre, de rodillas en la calle que brilla porque llueve, y teme volverse loco como Hércules, hechizado también por un error. Hércules, que llegó al palacio cuando la muerte de Alcestes, fuerte y rudo, capaz de sostener sobre la espalda todo el dolor del mundo, principiante en la insistente tarea de ser hombre. Admeto pensó que Alcestes le habría ofrecido agua con pétalos de rosa para lavarse los pies cansados del viaje, y azahar para los cabellos y las barbas, a pesar de que ella nunca tuteaba a los forasteros. Lo dejé acomodado en la sala de huéspedes; a su servicio, una criadita joven, y cerré la puerta para que no escuchara este plañido que resonaba sobre las paredes y sobre las ventanas del alma. Admeto le ladra a la luna porque es un perro asqueroso; todavía peor, es un prisionero de sus remordimientos. No hay bastantes ríos para limpiar este establo de Augías que es mi corazón. Una reunión de desposeídos hace corro alrededor de Admeto, que le habla al viento de las miserias de la vida. La líquida Madre surge y resurge en el silencio. Surge como las alas de un pájaro o como hoja escapada de una rama en la noche de la aurora. Creí ser pájaro y bosque, pero soy hombre desabrido que olvidó cortar flores para Alcestes. La diosa, la cazadora de cuerpo blanco hasta la transparencia, la de los ojos oscuros como mi alma, la que asiste y guía a los recién nacidos y a los recién muertos. Artemisa, señora del hado, diosa de las fronteras y de los primeros abrazos. No hay mortal exentó de pagar el permiso de la metamorfosis. Allí estaba Alcestes impúdica como las prostitutas de Corinto, en una danza que crecía hasta el éxtasis como mi afán de venganza, ajena y haciendo visible la recóndita intimidad de eso que llaman ser mujer. Y después aquel silencio helado de muñeca de cera. Alcestes –dije-, si mueres antes que yo el mejor artesano de Grecia hará una estatua de tu imagen para que nadie olvide el venerable rostro de Alcestes. La hice llorar cuando nombré a la muerte en nuestro primer encuentro. Mas no sé si lloraba porque le daba miedo que yo reconociera mi fracaso como amante… No hay mayor agravio que Admeto en los brazos de Alcestes… Las palabras son viento, y el viento sopla transportando la risa de la triple figura de diosa disfrazada de Parcas. Estremece pensar que no hay mundo que vele la desdicha de Admeto… La gállara rueda entre sus dedos, rosario para las súplicas… En verdad, la noche es fría como el infierno. Uno tras otro pasean los fantasmas del pasado en una sucesión de esqueletos semejantes a los que Admeto fue colocando en ataúdes. Todo porque Artemisa no perdona que olvidara el sacrifico y que no colmara a Alcestes con flores. La inmortalidad es rígida en asuntos de amor. He ahí el inescrutable deber de los dioses. ¿Amor? Cierra los ojos cuando pronuncia esta palabra. Quien recorre el estadio con un carro tirado por león y jabalí tiene derecho a hacer llorar a una mujer. Alcestes lloró cuando dije que prefería una estatua de cera para dormir en las noches de invierno. Fue invierno desde la primera noche. Alcestes tímida, diferente el rostro en el placer retraído. ¿Dónde ocultaba aquellas caricias espontáneas, maestras, que yo vi ofrecerle a las serpientes? Admeto, el rey, inmortal como los olímpicos por intervención de Apolo, no tendrá suficiente con todo el tiempo del universo para hacer gemir de amor a la mujer. Ni todo el tiempo del universo. Admeto, el invicto, derrotado por la mujerzuela con la que me esposé y que me engañó bajo la complacencia de la diosa… La inmortalidad. Apolo creía conmover el pétreo corazón de Artemisa para que Admeto viera, de nuevo, el rostro gozoso de Alcestes y que quedase así probada su gallardía. No será fácil, amigo: el riesgo de los amantes es que en las luchas de amores el premio y la derrota valen la vida. Y Apolo convence a la Madre Cósmica, que le da una oportunidad a Admeto. Ingenuo… mi desgracia llegó teñida de consuelo. He aprendido mil gestos amorosos, mil imágenes para humillar a Alcestes. Ni un ápice de cuerpo que Admeto no encendiera. Alcestes moría cada noche de placer, lloraba en esas cumbres donde cuerpo y espíritu son unidad. Pero jamás volví a tener delante de los ojos, siempre abiertos, siempre expectantes, aquel rostro conmovedor. Hacer el amor a la mujer para mirar aquella boca de mi primera noche y de su afrenta. La inmortalidad, cordón umbilical que une a Admeto a la muerte… Dos veces alumbró Alcestes. Algo de aquella remota hermosura recobraron sus pechos cuando amamantaba a los hijos. Sentí envidia de su cuerpo de luna llenándose de vida nueve meses. Escuchaba el latido de mi cuerpo en el suyo. Y pensé que era posible amar a Alcestes. Quizá no fue más que una pesadilla, una mala visión del vino rancio de la fiesta de despedida con mis generales. Pero le tengo miedo a la evidencia. Ella ama, ella entrega pedacitos de cielo contenido en los besos, pequeñas piezas de un ajedrez empezado aquella noche trágica de bodas. Alcestes juega y yo soy el adversario. Canta nanas antiguas inventadas por ella para los hijos, y la voz suena como la esencia de las sirenas. Yo, cerca de Alcestes abstraída, pido refugio en su regazo de madre y compañera. Y ella canta nanas para mí, me acaricia el pelo como si fuera un niño enamorado de la luz. Y cuando los hijos duermen, ella es lucero para la boca de Admeto. Y en el instante en el que las criaturas vuelven al caos aun no disgregado, cuando Alcestes deshoja una flor llamada Admeto, ella abeja de dulcísimas mieles revive mi agonía cargada de una pasión de mal agüero. Y termina llorando la mujer, y el hombre desnudo avergonzado delante de la ventana por la tristeza que es incapaz de conjurar. La muerte viene antes de lo que suponemos. Debes seguirme porque tu hora está cerca -dijo Hermes mensajero. Dile adiós a tu esposa, a los hijos, al padre y a la madre, porque pronto Admeto será ceniza. Y el que unció león y jabalí para enamorar a la hija de Pelias tembló como un niño en un bosque de lobos. Todavía no, Hermes, todavía no he visto el hermosísimo rostro de Alcestes arropada solo por los abrazos de su hombre, como germen de los sueños entre mis dedos. Todavía no, Hermes, la inmortalidad no es suficiente para alcanzar lo imposible, sin embargo. El artero Apolo ofrece entonces el vino a las tres Parcas que, embriagadas, detienen el reloj de arena. Y Artemisa disfruta con el grotesco espectáculo de Admeto a la busca de alguien que muera en su lugar. Pero ni el padre ni la madre que, ya viejos, se aferran a la vida desesperadamente. Ni los siervos que huyen de las palabras del amo. Y allí está Alcestes barriendo la casa con una escoba de criada. ¿Qué haces, Alcestes? Limpio la casa para que no se diga en el sepelio que desatendí las labores domésticas. ¿Por qué hablas ahora de morir? -dije con una estupidez que llegó a ruborizarme. Yo moriré por ti, el único amor de Alcestes, como se me enseñó, Admeto de mi alma dolida por no ser quien deseaste que fuera. No soy mujer para la mitología, ni heroína de leyenda. Soy la sombra de la fama de Admeto, una inexistente gaviota de un mar que tiene tu nombre. Soy alivio de tu cuerpo gastado en las empresas diarias e importantes, y el silencio de los hijos cuando, cansado, Admeto debe dormir porque la fiesta de los generales duró toda la noche. Soy aquellos ojos detrás de la celosía que se muerden los labios si se pierde Admeto entre los muslos de una esclava desnuda, arrancada de su padre y de su madre cuando la naturaleza hubo mostrado una primera prueba de su femineidad… Quizá alguna vez amaste a la hija de Pelias, pero, ¿qué dirían los cantos de un héroe enamorado? Hércules supo, después, que la casa estaba de luto porque había muerto mi esposa. Lo escuché penar por verse impelido a la decimotercera prueba delante de la muerte. No dejaré pasar a la muerte, mi señor, ella duerme aun en este lecho. ¿Qué veneno ha tomado que está tan bella? El de la tradición, Hércules, amigo mío… …Sí, sí -dije riéndome-, muere tú por mí, Alcestes, sí, pondré una moneda en tu boca para el barquero. Sí, muere tú, muere tú que sabes dar la vida, muere tú, sí; Admeto vivirá eternamente después de tu muerte, y hará tallar una figura que dormirá en la cama de Alcestes con Admeto… ¿Y luego?… Todavía queda algún vagabundo escuchando la historia. Los otros hace rato que duermen robándole sentido a la miseria. Anhelos confundidos con la lluvia, pavesas que estallarán cuando el alba roce la noche y haga del día realidad sin sueños. Las mujeres… -murmura alguien con una voz que Admeto reconoce. ¡Hércules, amigo! Esperaba el final de la historia hace siglos. La historia no acaba. Alcestes callaba impasible como, supongo, hará Artemisa cuando castiga. Sí, con un rictus de extraña resignación se erigía mi sanadora. Bebió veneno de una vez, igual que las mujeres del puerto apuran el vino ofrecido por los marineros. Después, me miró fijamente y rio mientras el cuerpo iba perdiendo rigidez; se sentó en una silla tapizada de terciopelo suave como su piel, y mientras acariciaba la tela, como había hecho antes con las serpientes, los rasgos de su cara sufrían la transformación hacia la amante ebria que nunca hube logrado. Fue muriendo lentamente, ante mí, como si yo fuera espejo en el que se reflejara aquello buscado y no tenido. Quizás ya era yo aquella estatua con la que quise martirizarla. Porque no moví un músculo para detener la muerte de Alcestes. Sí, yo llegué al palacio en el día de su muerte. Pero tú callaste que el luto era por ella. Y yo me reí, y quise divertirme con la criadita joven que gritaba llena de terror porque el forastero de fuerza de toro quería probar sus pechos recientes. Y ya contra la pared dijo no, por favor, señor, os lo suplico, hoy no que Alcestes ha muerto injustamente y su muerte es un dolor terrible para todas las mujeres del universo. Y yo tuve delante de mí el asesinato de mi esposa cuando las Ménades ataron mi razón, enfurecidas, y yo creí defenderme de un animal salvaje. No, la muerte no; aguardaré ante la puerta y conjuraré el veneno, dama dulcísima. Y recé a cada uno de los olímpicos; y hasta a Hera le pedí; y cuando Alcestes llegó al tártaro la recibió Perséfone, mujer también, prisionera de un amor imposible. Y no aceptó el sacrificio. Por eso Alcestes regresó del mundo de los muertos, y yo perdí el color oscuro de los cabellos, y salí de la alcoba con el pelo blanco como la luna… Hércules, vamos a dormir… -dice en la penumbra una mujer invisible para Admeto. Mañana la pereza impedirá que madruguemos, y no es fácil vivir de las limosnas de los mortales. Pensé -vuelve a decir Admeto con cierta intriga-, abandonar Ourense porque las Parcas me encontraron ayer por la noche cuando venía al refugio. ¿Y tú? ¿Yo? Yo aguardo una prueba, la definitiva: he vencido a la muerte pero aun aprendo a vencer a Hércules. ¿Y Alcestes? Hércules, vamos a dormir… -repite la mujer sin presenciarse. No es Alcestes, como piensa el lector, quien responde. Ella, enterrada lejos de esta ciudad cercana al fin de la tierra, no tiene a nadie que le lleve flores. Ni siquiera a este amante inmortal por quien, inexplicablemente, abandonó la existencia. Porque Alcestes regresó solo en cuerpo. El alma, en los límites, guardaba sus pasos. Siguió la historia de la mano de Alcestes, pero no su corazón. El alma observaba aquel cuerpo yermo, tan parecido al de la estatua que Admeto habría hecho tallar de no llegar Hércules aquella noche al palacio. Observaba los dedos temblorosos, de recién nacido que aprende el tacto de las cosas, compadeciéndose de este retorno al reino de unos vivos que no lo parecían. Alcestes regresó aunque había perdido la inocencia. Daban miedo aquellos ojos vacíos de animal malherido. De poco sirvió que Admeto se arrodillara ante ella rogándole el perdón que, sabía, no era posible. Alcestes desalmada. El alma gemía en un rincón contemplando el dolor de los seres humanos. Alcestes como un velo llevado por el viento, y Admeto a sus pies suplicando con pasión. El alma -solo Hércules podía verla siendo como era de naturaleza semidivina- movía la cabeza, se secaba las lágrimas entristecida, abrazaba el cuerpo de Alcestes intentando la comunión de la carne y el espíritu. Pero Alcestes, escurridiza igual que una serpiente, recorría los corredores de la casa, una aparición, un brote de materia, una muerta. Sí, Alcestes es la obra del pensamiento de Admeto, el Hombre que soñaba con hacer volar a la virgen Alcestes. Y él reza ante esa imagen, riega el suelo del llanto de sus entrañas. Pero el agua se seca al contacto con la luz de la razón que ignora este prodigio. Ni siquiera puede Alcestes contar cómo es el tártaro, ni qué color tenía el rostro de Perséfone. Esta, dicen los mitos, es la suprema partera amainando el semen de la lluvia que germina en el vientre de la Tierra. Esta, dicen los mitos, acuna la semilla y le canta nanas de viento, cantos que suenan armonizados en los astros. Alcestes calla. Su silencio hace daño. Pero nada hay que decir cuando se trata de mostrar la vida. Alcestes ha perdido el alma y las palabras. No quiere ver llorar a Admeto como a un niño. Pero tampoco seca con un pañuelo blanco de dolor porque ahora la razón pura la dirige. Dicen que Admeto abandonó la casa una noche de marzo, y que lo hizo amparado por la luna. Y que esa misma noche el alma de Alcestes recuperó su cuerpo. Es difícil decir si Alcestes murió definitivamente o fue nacer lo que hizo aquella noche. Pero no le llevaron flores. Una, dibujada en un papel, de la criada que tenía por madre; la lluvia la tornó pronto camino. Y sus cenizas se refugiaban en los pétalos de las rosas tempranas tiñéndolas de pena. Algún pájaro retuvo en el pico cenizas del cuerpo de Alcestes. ¿Y Admeto? Observó la cremación agazapado, como los cobardes, detrás de un árbol milenario. Dicen que una rama se quebró ante el peso de tanta ignominia. Dicen que las Parcas se dieron la vuelta buscando al autor de aquel crujido de los huesos de la Tierra, y que llegaron tarde, de nuevo, para cobrarse su deuda. El resto lo conoces, Hércules. La eternidad es demasiado tiempo aunque no para pagar mi culpa. Y ahora más que nunca temo la muerte y encontrarme de nuevo con los ojos de Alcestes. Los ojos de la mujer. Ni cerrados, como yo los hallé la noche que llegué a tu palacio, se doblegaban a la sombra. Puro fulgor, como un cofre sellado que atesora un secreto. Cuánto escondido en los ojos de una mujer… Y en el centro de su cuerpo, Hércules. Yo, el héroe que tuvo incluso a Apolo por sirviente, era un niño asombrado ante Alcestes desnuda. Las mujeres, Admeto… Hércules –suena cristalina aquella voz-, es tarde, ven, he hecho un hueco para ti entre las mantas… Y Hércules se despide de su amigo al que compadece. Te compadezco, Admeto, la eternidad es demasiado poco tiempo cuando ya no es posible llevarle flores a la divina Alcestes. Cuídate de las Parcas, si quieres. O mejor, cuídate de los ojos deseados que se dibujan, bien lo sé, cada noche en tu pecho. Quizá fuera más fácil fingirte dormido y que las Parcas cortaran el hilo que a nada te ata ya. Y la compañera de Hércules presencia el rostro, agridulce como el de las mujeres maduras que han vivido felices la juventud y ahora la vejez peina delante de la ventana del recuerdo. Admeto reconoce la boca fina y los dientes blanquísimos diestramente colocados cuando sonríe. Ya no tengo que llamarte señor, Admeto, ahora, por fin, no soy de nadie; si acaso de la lluvia que me recoge debajo de los puentes abrazada a Hércules. O del calor que me desviste y me baña en los ríos llevándose el agua de mi pasado. Si ahora Alcestes eligiera tu vida sobre la suya, yo diría clamando al universo que no lo mereces, que ningún hombre de tu especie lo merece; le enseñaría las cicatrices que se fueron fraguando en mi corazón cada vez que escuchaba aterrorizada «vamos, prepárate que hoy hay fiesta de generales». Y las diosas antiguas recobrarían el poder. No sé bien si morí o comencé mi resurrección entre tus dedos escrutadores, demasiado preocupados por encontrar no sé qué pájaros como para llenarse de su vuelo. En el fondo, creo que ya entonces eras digno de lástima… …Te recuerdo, Calpurnia, entre fogones, calentando el agua para el baño de Admeto. Debe de ser cierto que existir es un ciclo y no una línea recta; que retornamos eternamente sobre nuestro corazón en lugar de ese engaño de hallar un punto último. Ahora comprendo por qué creí saber a quién se dedicaba esta fuente de Las Burgas. Leí «Calpurnia Abana» y me llegó un sabor hasta la lengua al que no pude darle nombre. La intimidad, tienes razón, mujer, es siniestra cuando no cala en los orígenes. Artemisa desplegó esta fuente para mí. Ahora, del centro de la tierra brota agua ardiente como el amor de las mujeres. Como el alba de su cuerpo cuando un poeta sabe tañer las arpas del placer, sin prisa, con mesura. Nunca fuiste buen poeta, Admeto. Tus caricias sonaban como los peores ripios de los soldados, una obscenidad para la música, esos dedos. Alcestes lloraba porque el alumno no tuvo en cuenta aquellas lecciones regaladas con cariño. El alumno, confundido con la imagen que de él tenían los otros, acabó creyéndose único. Las lágrimas de Hércules, sin embargo, lo salvaron de las duras condiciones que establecéis los hombres en vuestras leyes. Y tú pudiste haber dejado un ramo de flores silvestres sobre el lecho de Alcestes muerta, pero preferías que los libros de derecho hablaran de ti antes que los de versos. Ahora Hércules escucha la música de mi corazón y dibuja corazones en las paredes de las ciudades donde el amor nos lleva. Y después, sonríe y su risa provoca la danza de los trigales, que nos ocultan de la luz en nuestros abrazos. De todas las mujeres de tu casa, la Diosa me eligió para decirte esto aquí delante, este día de la eternidad. Nunca he pensado alrededor de los designios de la Madre, quizá por eso oficio como transmutadora del agua en fuego líquido. Es la última de las pruebas, Admeto, vencernos a nosotros mismos. Templarle las cuerdas al arpa del alma para que suene precisa y hermosísima. La mujer atrae con un beso a Hércules. Y el beso los atrae a la penumbra. Y la penumbra los oculta hasta que nada queda del rumor de las palabras, que van flotando en el pensar de Admeto. Duérmete, hombre -le dice un vagabundo. No tardará mucho en amanecer y el insomnio del vino no lo cura la luz. Admeto se abrasa los dedos debajo del chorro de la fuente que arde. Pero no los retira. Los ojos leen la inscripción donde alguien ha tallado el nombre de la ninfa Calpurnia, a la que se dedica esta fuente. Aguas placentarias -murmura Admeto. Un hondísimo dolor de siglos le surca la cara. Un río que desemboca donde ha nacido. La aurora, leve, deja apenas mirar su rosado cuerpo que atraviesa la noche hasta cubrirla. Debe de ser un gallo eso que está cantando. Y debe de ser la Muerte quien parece rezar al lado mismo de donde Admeto se ha quedado dormido. Ai –dice la vieja- e que teña que morrer… Y su compañera rodea el cuerpo de Admeto con un rosario. La tercera, elige una cuenta, juega con ella como Admeto con la gállara; después, la arranca de las otras, que caen al suelo golpeándolo como las lágrimas del hombre cuando estaba amaneciendo. Las lecheras que lavan sus cántaros en la fuente de Las Burgas hallarán el cuerpo relajado de un hombre extraño que, desde hace unos días, se emborrachaba en las tabernas de Ourense. Nadie reclama el cuerpo de los sintierra, así que pronto culminará la ceremonia del olvido de Admeto. Pero Apolo ha logrado, por última vez, detener un poco el tiempo, lo suficiente como para que Alcestes llegue, desde la Nada donde su alma aguarda, hasta la noche de los amantes. Ven –le dice. Quién sabe por qué magia las cuentas del rosario se han convertido en flores en los dedos de Admeto. Vamos, nada hay más frío que amanecer en soledad. |