Roxana La vieja, Paloma Montequín

Hay algo mágico en los cuentos. Algo que me atrapa desde la primera línea y que hace que me quede hasta que llego al punto y final. Y eso que escribir un cuento no es una tarea fácil: tienes poco tiempo, poco espacio y muchísimas cosas que manejar y que descubrir. Tienes que ser un experto en el ritmo para que el lector no se canse pero tampoco puedes permitirte que se sienta abrumado por toda la información que está recibiendo. Tienes que prestar tanta atención a cada detalle, que el más mínimo error puede echar por tierra toda la redacción. 

Por eso, cada vez que llega a mí un cuento, siento que estoy ante el reto de descubrir dónde ha fallado el autor. Porque muchas veces, aunque me quede hasta ese punto y final que decía en el párrafo anterior, esto acaba sucediendo. 

Pero por suerte, hay otras veces en las que eso no ocurre. Y este es precisamente el caso del libro que vengo a presentaros hoy: Roxana La Vieja

Ay, amigos. Qué maravilla de cuento. Bueno, de cuentos, en realidad. Porque dentro de esta novelita que tiene menos de ciento cincuenta páginas nos encontramos con tres relatos diferenciados en el tiempo y en el espacio que podrían conformar cada uno de ellos un cuento por sí mismo. No nos imaginemos un cuento de niños ni nada por el estilo, sino una narración breve con metáfora que, debido a sus características, podríamos calificar de esta manera. Su autora, Paloma Montequín, ha tenido la intención con ello de hacernos viajar, hacernos sentir y hacer que nos pongamos en la piel de esa protagonista a la que tanto cariño vamos a coger. Os lo aseguro desde ya. 

Pero vayamos por partes. ¿Quién es Roxana? Pues bien, Roxana es una mujer que, como se dice en la primera frase del libro, está en el ocaso de la vida. Ha pasado por mucho, aunque el lector todavía no lo sabe, pero sin duda lo intuye. E igual que el libro empieza con esta frase, también comienza con un viaje. Un viaje de Roxana por las aguas tranquilas —y no tranquilas— de un mar que tendrá que atravesar para salir de la dulce isla en la que vive. Durante esa travesía conocerá a varios personajes que le irán contando historias, como si de un cuento se tratara —para que se me entienda mejor lo que quería decir al principio—, que le harán revivir su propio pasado aunque sea a través de las palabras de otra persona. Estos relatos están llenos de magia; no magia literal de varitas y dragones, sino de magia auténtica, como a mí me gusta llamarla. Esa magia que reside en las pequeñas cosas, en la vida cotidiana, esa que pone un velo sobre todas las historias y que hace que, a veces, al mirar hacia el pasado acabemos con una sonrisa boba pintada en la comisura de los labios. Aunque sepamos que el pasado no ha sido todo lo bonito que habríamos querido. 

Sin embargo, no solo la vida de Roxana nos ha de importar, ya que las vivencias contadas por los demás personajes también tienen mucho que aportar a la historia. Así, conoceremos a tres tipos de persona dentro de estos relatos: la víctima, el arrepentido y el impenitente. Y, curiosamente, Roxana se verá reflejada en esas historias recordando su propia vida, aunque sin perder de vista que son otros los que las están protagonizando. Y, ¿sabéis dónde está la magia aquí? En que es muy posible que el lector acabe pensando exactamente lo mismo que Roxana. Esa sí que es una magia bonita. 

Paloma Montequín nos trae en estas líneas una infinidad de vivencias que son tanto una enseñanza como un consejo. Cargadas de metáforas y de justicia poética, el lector no podrá evitar seguir navegando a la vez que lo hace la protagonista para saber más, y lo hará porque querrá conocer a qué puerto van a ir a parar todos esos cuentos que tanto han parecido marcar la vida de Roxana. 

Y aquí es cuando digo que no. No he encontrado ni un solo fallo en este pequeño libro que tanto abarca. Paloma sabe utilizar los tiempos como es debido, sabe mantenernos con la intriga justa para que nos preguntemos todo el rato qué pasara pero sin que perdamos de vista lo que de verdad importa, la propia Roxana. Sabe jugar con los elementos que le da un cuento y eso se nota en cada frase y en cada capítulo. Y de esto se dará cuenta todo aquel que se adentre en la historia de Roxana La Vieja y descubra que no hacen falta miles y miles de palabras para darnos una novela perfecta que se quedará para siempre en el recuerdo. 

Ana Segarra

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