Poco a poco se va implicando en París y el tono de las cartas se torna más profundo y positivo. La melancolía se convierte en aprecio por la ciudad que lo acoge y se entrega a París como a la amante que le otorga la coyuntura para desarrollar su vida. “He encontrado París mas precioso que nunca” confiesa abiertamente.
Tras su visita a España en 1956 escribe a Eduardo Jonquieres “no te ocultaré que mis impresiones son menos favorables de lo que yo mismo esperaba. […] Me siento ajeno al carácter español, a esa falta evidente de flexibilidad mental y moral, a lo poco europeo que son, a su rápida jactancia …”
Siguen abundando los comentarios sobre libros, escritores, música, arte, viajes, etc, que se van espaciando en el tiempo y en su extensión hasta llegar a la última carta fechada un año antes de su muerte donde se sentía “deshabitado”, sin embargo se muestra capaz de participar en una ceremonia que gracias al cariño que le muestran no le molestó para nada. “Nos vemos apenas yo regrese” termina.
Ahora que ya no regresará más nos queda el consuelo, la caricia de conocerle y tratarle, de fingir ser el receptor de estas misivas y convertirle en nuestro amigo. De fabular mentiras sobre las veces que contestó nuestras cartas y nos impartió ánimo. Ahora, al fin y al cabo, todos sus lectores somos los Jonqueires.
Pepe Rodríguez
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