Kafka de Robert Crumb

Nos saluda desde la primera página un retrato a plumilla del rostro de Franz Kafka. Lleva bombín, se le ve joven y bien vestido, incluso sonriente. Pasamos página y una espeluznante representación gráfica de las pesadillas de Kafka actúa a modo de prólogo y contrapunto trágico: un cuchillo de carnicero ha hecho volar el bombín

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Nos saluda desde la primera página un retrato a plumilla del rostro de Franz Kafka. Lleva bombín, se le ve joven y bien vestido, incluso sonriente. Pasamos página y una espeluznante representación gráfica de las pesadillas de Kafka actúa a modo de prólogo y contrapunto trágico: un cuchillo de carnicero ha hecho volar el bombín y corta en finas rodajas el rostro del escritor checo, que se retuerce un gesto de pánico. Se trata, sin duda, de una declaración de intenciones. Robert Crumb intenta (y logra) plasmar en imágenes los “afilados” argumentos de David Zane Mairowitz: “Los “carniceros” de la cultura moderna (…) han sobreinterpretado y encasillado [a Kafka] (…) [kafkiano] es un adjetivo que adquiere proporciones casi míticas, irrevocablemente ligado a fantasías de condena y tenebrosidad, ignorando la intrincada broma judía que se forja a través de la mayor parte de la obra de Kafka” (p. 7).

Un gran autor separado, por voluntad propia y ajena, de su propia escritura, motiva la impresionante novela/biografía gráfica Kafka (Ediciones La Cúpula, 2014), con texto de David Zane Mairowitz e ilustraciones y viñetas de cómic de Robert Crumb. Exégesis literaria tanto como biográfica, Kafka se centra en la esencia judía del autor, en concreto en lo que supone para un checo de habla alemana haber crecido como judío en el imperio de los Habsburgo, a finales del siglo XIX; su vida, al igual que la mayoría de los judíos en aquel territorio convulso de Europa, podría describirse como “un delicado acto de equilibrio” (p. 9). El texto de Mairowitz consigue evocar el “restringido círculo” (p. 10) en el que creció Kafka, las viejas y retorcidas calles del ghetto de Praga, un laberinto plagado de leyendas y supersticiones, historias de El Golem y rabinos con extraños poderes.

Las palabras de Mairowitz logran trazar el sinuoso y con frecuencia infeliz progreso del autor (desgarradora es su afirmación de que “quienes conocían bien a Kafka sentían que vivía detrás de un “muro de cristal” (…) sonriente, amable (…) inaccesible. Envuelto en sus complejos y neurosis, logró transmitir una impresión de distancia, gracia, serenidad y en ocasiones, santidad” (p. 28). Conmovedora resulta la crónica de su iniciación al sexo en los burdeles de Praga: “¿Qué podía hacer con ese cuerpo que él veía demasiado flaco, desgarbado, sin gracia, una ofensa a la vista (…) un estorbo en el camino a los demás?” Mairowitz concluye: “reducirse, morirse de hambre, esconderse o simplemente transformarse en una bestia” (p. 40).

Sus palabras actúan a modo de pórtico a un resumen ilustrado de La metamorfosis. De esta forma, Mariowitz profundiza en ese genio de la escritura, resume fragmentos de sus obras, y consigue despertar deseos de volver a leer todo Kafka de nuevo. Por otra parte, los evocadores dibujos de Crumb glosan con imágenes el texto de Mairowitz, borran con su elegancia la línea que une (y separa) los detalles biográficos de la vida del autor checo y las explicaciones de la propia ficción, los poderosos cuentos y novelas que Kafka compuso en el estrecho apartamento de sus padres, mientras trabajaba como funcionario. (En un aparte entrañable leemos que, mientras trabajaba en la Compañía de Seguros de Accidentes de Trabajo, Kafka “supervisó la instrumentación de muchas de esas medidas [para evitar accidentes de trabajo] y salvó cientos de vidas, sobre todo en la industria maderera.” (p. 73)).

Kafka pretende (y consigue) recuperar al autor como ser humano, no sólo un adjetivo. En su vida, afirma Mairowitz en otro de los emocionantes episodios de este libro, Kafka tiene relaciones importantes con cuatro mujeres: con tres de ellas (Felice Bauer, Grete Bloch y Milena Jesenska) la relación fue casi exclusivamente epistolar. El neoyorkino retoma en un pasaje uno de los más acertados comentarios de Kafka acerca de la escritura epistolar: “escribir cartas es comunicarse con fantasmas, no sólo con el fantasma del receptor, sino con el propio, que emerge de entre las líneas que se están escribiendo.” El Kafka más humano (y también más desencantado) concluye: “Los besos escritos nunca llegan a destino, sino que se los beben estos fantasmas en el camino” (p. 67). En 1923 se muda a Berlín para vivir con Dora Diamant, y parece ser feliz con ella, “quizás porque nunca tuvo que crearla a su imagen (…) ni que escribirle cartas” apostilla Mariowitz. “Las cartas son la causa de todas las desdichas de mi vida…” (p. 141) escribiría Kafka.

No es difícil entender la popularidad de Kafka. Su sentido de la pesadilla es universal, su penetrante lógica onírica produce un escalofrío en todo aquel que alguna vez la ha experimentado. Incluso su nombre tiene una singular resonancia, aunque su fama, se apresura a añadir Mariowitz “no tiene nada que ver con el sonido de su magnífiKo nombre y sus magnífiKas K germániKas, que se abren Kamino Kual machetes a través de nuestra Konciencia Kolectiva.” No sorprende leer que Kafka escribió al respecto en su diario: “Para mí la letra “K” es ofensiva, casi desagradable.” (p. 158).

Kafka concluye con un examen mordaz de la actual Praga, donde el nombre del autor se ha convertido en un reclamo, una especie de imán turístico perverso, al modo de los imanes para la nevera que las tiendas de la capital de la República Checa venden con el rostro de su más insigne escritor grabado. Mairowitz escribe (debajo de una ilustración de sí mismo y Crumb vistiendo camisetas de Kafka): “En poco tiempo, como en el caso de Mozart en Salzburgo, será posible comer su rostro hecho en chocolate.” (p. 167). Vuelta al perfil devorado por las masas, el rostro demediado por el cuchillo carnicero de los críticos del inicio de la novela (y de esta reseña), la obra del ilustre praguense convertida al fin en marca comercial.

Lo que Robert Crumb (Filadelfia, Pensilvania, 1943) y David Zane Mairowitz (Nueva York, 1943) logran es un libro inolvidable, una oportunidad de revisitar todo Kafka en apenas 180 páginas, una de las obras gráficas más emocionantes que he leído, una obra de arte que consigue asustar, torturar, inspirar ternura; plasmar toda una vida, en definitiva, la de esa criatura gentil, cruel y brillante que fue Franz Kafka.

Reseñado por José de María Romero Barea

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Escrito por Glenn Cooper
Robert

Robert Crumb nació en Filadelfia en 1943. En 1962 consiguió un empleo como dibujante de felicitaciones en Cleveland, Ohio, pero para entonces ya llevaba años dibujando sus propios cómics.

Ficha técnicaEdiciones La Cúpula

16,90 € páginas: 180
Casi un siglo después de su muerte, Franz Kafka permanece como uno de los escritores más modernos de entre todos los que son y han sido, persistiendo sus novelas y cuentos como influencia capital para cada nueva generación literaria.
Por su parte, Robert Crumb, icono del underground de los años 60 al que hoy los museos pretenden desactivar incorporándolo a sus colecciones, resiste y se mantiene como uno de los autores de historieta más aclamados y libres del mundo. La obra de ambos comparte neurosis, humor agónico, aflicción existencial, una originalidad incontestable y cierta cualidad genial que la desplaza de su tiempo para hacerla inmortal.

Secundando un texto de David Zane Mairowitz donde se desgrana el entorno, la vida y la obra de Kafka, Crumb se proyecta aquí en las circunstancias del escritor, las interpreta y nos las transmite en detalle con sus dibujos. El resultado es un extraordinario híbrido entre biografía, cómic y libro ilustrado, que supone el hermanamiento de dos de los artistas menos comunes y más hondos de nuestra era.

admin

Pepe Rodríguez es el fundador de El Placer de la Lectura.

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