Viajar de Herman Melville

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Componen este agradable librito tres conferencias/ ensayos dictadas por Melville y cuyo nexo de unión es la idea del viaje. Herman Melville (Nueva York,1819–1891), además de novela y cuento escribió ensayo y poesía. Pero el autor de Bartleby el escribiente ademas de escribir, viajó mucho, y por lugares muy distantes y exóticos. Entre 1838 y 1844 realizó diversos viajes por el Pacífico sur, recalando en islas polinesias, donde permaneció largas temporadas. En 1849 viajó a Europa. Y es sobre todo ello de lo que, con perfecto conocimiento de causa, Melville nos habla en estos textos, destilando un sentido del humor envidiable, para un hombre a quién el público no trato demasiado bien.

En un primer texto, nos introduce a la noción de viaje, describiendo la disposición de ánimo que debe tener el

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viajero si no quiere que se le amargue la excursión. El viaje amplia nuestro universo, no sólo culturalmente sino que nos hace conocer otras gentes, otras costumbres, otros países, derribando falsas ideas preconcebidas al conocer las cosas in situ y directamente. Claro que para eso hay que tener una amplitud de miras y no ser demasiado rígido en nuestras convicciones. Por otra parte, viajar implica tanto placer como molestias (y pasa a dar una serie de ejemplos) ya que nunca es lo mismo que en nuestra casa. Y acaba con un párrafo feliz: “Para un inválido, cambiar de habitación ya es un viaje, es decir, un cambio. Descubrir horizontes, explorar nuevas ideas, romper con viejos prejuicios, abrir el corazón y el espíritu; tales son los verdaderos frutos de un viaje correctamente realizado.”

El segundo texto del libro entra ya en un campo más concreto, un espacio muy conocido y recorrido durante años por el autor, los Mares del Sur. ¿Por qué Mares del Sur cuando en realidad se refieren al Océano Pacífico? La explicación que da Melville sobre esta denominación es que proviene del propio Núñez de Balboa, que, al encontrarse con la tal inmensidad acuática lo hizo desde la península de Darien, que, si uno tiene la curiosidad de mirarlo en un mapa, está orientada directamente al Sur. Nada sabía Balboa de la extensión de aquel nuevo mar, sólo que estaba mirando al Sur. Mar del Sur, pues.
Posteriormente fue Magallanes el que, tras sufrir lo indecible para cruzar el estrecho que quedaría para siempre con su nombre, llega a unas aguas tranquilas y apacibles, que conforme subía hacia el norte se iban volviendo cálidas y acogedoras. ¿Cómo iba a denominar ese inmenso océano que le proporcionaba el sosiego perdido en unas horas terribles? Pacífico, pues.
Uno de los marinos que más veces y más intensivamente recorrió estas aguas de Norte a Sur y de Oeste a Este, fue el Capitán Cook, que desde California (adonde habían llegado antes los españoles, y luego no supieron retenerla) surco sus aguas y descubrió o reconoció múltiples islas, encontrando a la postre su muerte en Hawai. Melville va recordando en este ensayo a muchos marinos, españoles, portugueses, británicos, que navegaron ese gran océano. También habla de los peces, de las aves que lo pueblan, incluso de animales legendarios que permanecen en el imaginario colectivo de los marinos. Las islas…¿qué decir de las islas polinesias? Sandwich, Fidji, Marquesas…y de sus habitantes, generalmente pacíficos y primitivamente afectuosos…salvo cuando decidían que el visitante era un espléndido manjar. La Polinesia es un espacio espléndido para todo aquel que desee huir del mundanal ruido, afirma Melville, pero -insiste- fíjense muy bien donde se asientan y cual es la reacción de los nativos.

El tercer texto es menos viajero, si bien es resultado de un viaje, el que hizo a Roma hacia 1849. Se explaya Melville en su admiración por la Ciudad Eterna y la increíble población pétrea que la ocupa. Esculturas por doquier, enteras o cuarteadas, de procedencia griega o romana, o bien de corte renacentista y barroco. Como lo haría Stendhal entre los años 30 y 40, (que por bien poco podrían haberse encontrado) o Goethe, mucho antes, hacia 1786, Melville recorre boquiabierto, entusiasmado y emocionado, el enorme museo que es la propia ciudad de Roma. Tras afirmar su derecho a emitir valoraciones estéticas sin ser entendido ni especialista, nos dice: “hablaré de las sensaciones que se produjeron en mi mente al admirar una obra de arte como quien admira una violeta o una nube, y aprueba o condena según el sentimiento que despierte en su alma.”

Julio César, Tito Vespasiano, Demostenes, Sócrates, Séneca (del que le impresiona su aflicción), Nerón, Platón (del que le llama la atención su bien aliñado aspecto, quizás pensando que un filósofo de su talla no estaba para preocuparse por la túnica o el peinado…) de todos esos retratos de personajes históricos hace comentarios, (algunos mordaces), “las estatuas confiesan y expresan mucho de lo que no aparece en la Historia y en la obra escrita de aquellos a quienes representan” y asimismo destaca que “los mismos rasgos se reflejan en nosotros igual que se reflejaron en ellos; aquello en lo que consiste el carácter humano es idéntico ahora que antes”.

Pasando ya a las estatuas que no son retratos, sino símbolos mitológicos, le resulta impactante (“hay algo divino en ella..”) el magnífico Apolo del Belvedere, estatua griega de autoría desconocida, redescubierta en Roma en el Renacimiento. Comparándola con la Venus de Medici, que conjuga bien lo ideal y lo real, esta es toda ideal, para Melville. Pero si Apolo es la perfección y Venus la belleza, ante el grupo del Laocoonte siente que este encarna la tragedia humana. Merece atención para el escritor las esculturas de caballos, el famoso grupo de Castor y Polux, por ejemplo. Ensalza también la majestuosidad del Moisés de Miguel Ángel y lo compara con el Hércules Farnesio. Luego habla de las villas que rodean la ciudad, llenas de esculturas. En general, lo que le transmiten a Melville todos estos ciudadanos de piedra es una calma y una paz enormes, así como una sensación de eternidad: “han cambiado los gobiernos; han caído los imperios -nos dice- han desaparecido naciones, pero estos mármoles mudos permanecen, como oráculos del tiempo, para mostrar la perfección del arte.” Amén.

Reseñado por Ariodante

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Escrito por Herman Melville

MelvilleHerman Melville (Nueva York, 1819 – 1891) es un novelista norteamericano y una referencia ineludible de la literatura universal. Famoso por sus viajes a exóticos destinos que inspiraron gran parte de sus escritos, será recordado por su obra maestra Moby Dick o la ballena blanca, oscura alegoría sobre la maldad.

Ficha técnicaCaptura de pantalla 2014-04-01 a la(s) 18.00.43

Precio: 11 € Páginas: 92

Trad.: Elisabeth Falomir

Herman Melville, uno de los autores más venerados de la literatura americana y universal, no tuvo en vida el reconocimiento que mereció. Entre las variadas actividades que ejerció –además de marinero, fue profesor, granjero, e inspector de aduanas en Nueva York– se encuentra la de conferenciante, faceta poco conocida en su historial literario, y que nos dejó los tres deliciosos textos que reúne este volumen, cuyo hilo conductor es el viaje: Viajar, Los Mares del Sur y Estatuas de Roma.

Viajar, el primero de ellos, es una pequeña e inestimable introducción al viaje, que nos habla de sus grandezas y servidumbres, de la filosofía con que debe acometerse. En Los Mares del Sur, el viajero impenitente que recorrió el Pacífico y profundizó en él como pocos, hace un canto a esa inmensa extensión de aguas apenas poblada y tan llena de historia; rinde tributo a los pioneros españoles que lo descubrieron y colonizaron, y nos habla de su propia historia como navegante, experiencia que dio lugar a obras inolvidables. Melville, gran amante de Italia, reflejó en Estatuas de Roma, una faceta menos conocida pero no poco importante en su obra: su admiración por la civilización de Roma, por su cultura y su arte, al que homenajea aquí magistralmente con un personal recorrido por las estatuas de la ciudad eterna y las villas que la rodean.

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