El áloe de Katherine Mansfield

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El relato que nos ocupa es una narración completamente autobiográfica, que consigue recrear a un tiempo el clima vivido en su infancia, el ambiente de la familia, esa paz y a la vez el caos de tantos miembros del clan familiar conviviendo en una misma casa. El texto relata la mudanza de la vivienda de ciudad a la casa rural, y la primera noche y día que pasan en la nueva residencia. Esa es la excusa para recrear el mundo de la infancia con breves pinceladas, el mundo de la pareja, el punto de vista de la abuela, de la tía soltera…todo un complejo entramado que Mansfield con pequeños toques va creando, sin describir más que los paisajes, la naturaleza, y luego las actitudes que denotan los caracteres de cada uno de los personajes que pueblan la narración.

Al trasladarse, las dos niñas pequeñas quedan en casa de unos vecinos porque, literalmente, no cabe ni un alfiler más en el camión que va a hacer la mudanza. Los vecinos las llevarán mas tarde en su vehículo, y mientras ello sucede, las dos niñas juegan con los niños vecinos por entre las habitaciones de la casa vacía y el jardín abandonado. El hecho mismo de dejar a las más pequeñas, si bien puede ser comprensible porque los pequeños estorban en una mudanza y son los adultos los que harán todo el trabajo, por otra parte da la sensación de abandono que quiere imprimir la autora a la relación de la madre con las niñas. La madre alude a que llevan lo «absolutamente necesario», como si Lottie y Kezia no lo fueran.

Cuando llega el momento, tras los juegos, las dos niñas viajan con el vecino en su coche y conforme se alejan de la ciudad y entran en el campo, vamos sintiendo casi el olor de la hierba y el frescor del aire, ensanchando los pulmones y mirando las incipientes estrellas. La llegada a la casa, de noche, la cálida acogida de la abuela y la más distante de los padres, el encuentro con la nueva vivienda, todo lo reconocen como propio pero en un espacio distinto, y duermen dichosas, aunque sin sábanas, porque no ha dado tiempo a encontrar donde estaban.

El primer despertar en la nueva casa, los sonidos del campo, la languidez sensual de la madre entre las sábanas, aun perdida en los sueños de la noche; el orden de la abuela, que lo organiza todo a la perfección; la vivacidad de las niñas, sus nuevos juegos en el jardín; el padre y sus planes para el futuro, mientras se prepara para salir a su trabajo; un cierto desánimo por parte de la tía soltera, que se ve metida en medio del campo a kilómetros de otras personas con quienes alternar. Y en una última parte, el trayecto del padre volviendo del trabajo, ansiando llegar y pensando en el hogar que le espera.

En suma, una prosa en la que abunda el diálogo y poca descripción, pero concisa y en algunos momentos muy poética, y que recrea un ambiente de felicidad. El recuerdo de una infancia y una familia feliz, muy unidas con la naturaleza.

 

Reseñado por Ariodante

Escrito por Katherine Mansfield

Katherine Mansfield, seudónimo de Kathleen Bowden Murray (Wellington, Nueva Zelanda, 1888-Fontainebleau, Francia, 1923) nació en una familia de clase media de origen colonial. Pasó su infancia con sus padres, dos hermanas, una abuela y dos tías adolescentes. Fue criada por su abuela; su madre quería tener un hijo, por lo que no mostraba demasiado interés por ella. En 1893, la familia se mudaba a un área rural, donde pasaría los mejores años de su infancia y donde nacerá su hermano Leslie. La vida de la escritora merece de por sí una novela. Fue muy agitada y turbulenta, en la que tanto amó a hombre como a mujer y a veces a ambos a la vez. Osciló entre su amor a la música y a la literatura. Cambiando de residencia con mucha facilidad, sufriendo diversas enfermedades y conflictos.

Ficha técnica

Páginas: 128 PVP: 12 €
Traducción de Adrià Edo
CÓMPRALO EN LETRAS DE PAPEL
El áloe, se sitúa en Nueva Zelanda y dramatiza las disyuntivas de la vida colonial a través de la narración de la mudanza de la familia Burnell desde Wellington a un pueblo rural. Aunque la familia Burnell sólo se mueve a «seis millas» de la ciudad, el movimiento no es intrascendente, sino que provoca una ruptura con su anterior forma de vida. Bajo el barniz armonioso de la vida de los Burnell se mueven débiles corrientes internas de agresividad y desgracia. El espectro inquietante de una misteriosa planta de áloe y un pato sacrificado en su bien cuidado jardín sugieren que la familia oculta el origen de la brutalidad y la ignorancia hacia otra forma de vida que fue suprimida y negada, la de los maoríes, legítimos dueños de aquellas tierras colonizadas. La novela describe una situación parcialmente autobiográfica y el desasosiego de Mansfield por su pertenencia a la casta de los invasores. Una de sus primeras amantes fue, de hecho, la maorí Maata Mahupuku.