Reseña de La noche en que pude haber visto tocar a Dizzy Gillespie de Antonio Tocornal

“Había vivido allí la juventud, la época cuyo recuerdo se convierte con el tiempo en la visión de una aventura de ladrones, sin que se llegue a saber muy bien quién fue la víctima y quién el ladrón… Yo había sido joven en París, y el recuerdo de la juventud es también como el ensayo general de una singular tragicomedia».(Sándor Márai)

 

Ganador con esta novela del XXII premio de novela «Vargas Llosa» 2017, de la Universidad de Murcia, la Fundación Caja Mediterráneo y la Cátedra Vargas Llosa, Antonio Tocornal recrea unas imaginarias y juveniles aventuras parisinas, aunque probablemente algunos personajes, espacios y hechos hayan sido rescatados rememorando sus propios días de estudiante de arte en París. Aunque pueda parecer autobiográfico, el autor se cuida bien de mantenerse en un discreto segundo plano, interesado más en mostrar la flora y fauna artística de los felices ochenta del siglo pasado, década que supuso un fulgurante esplendor en el mundo artístico internacional. La narración se realiza, vía flash back, treinta años después, con lo que imaginamos al artista en su madurez, recordando con ternura y cierta nostalgia, los mejores años de su vida. Los mejores años de la vida de uno suelen situarse en la juventud, cuando uno la vive gozosa y libremente, aunque pase penurias, que, si es por hacer lo que uno quiere, se soportan amablemente y se recuerdan solo los gozos, no las sombras. De hecho, el narrador ya advierte al principio que la memoria falsea el recuerdo, que a veces se engalanan ciertos hechos que no lo fueron, o se rebajan las penas de ciertas situaciones. Las historias se presentan desde el punto de vista del narrador (y presumiblemente el autor), un artista que pasa sus penurias y sus gozos en París, tratando de aprender a pintar, y también aprender a vivir.

Cada capítulo va dedicado a un nuevo personaje, y los relatos de cada una de esas vidas van encadenándose; unos siguen, otros desaparecen, pero todos conforman un universo en el que las piezas se engarzan como en un puzzle, mostrando al lector un conjunto variopinto de modos y modas, de peculiares y esperpénticos tipos humanos, englobados dentro de la categoría de lo que ahora se llama “artistas emergentes”. El autor demuestra un amplio conocimiento –no exento de retranca- del terreno que pisa al hablar de todo esto.

“Ya por aquellos tiempos, los jóvenes artistas emergentes que salían de las escuelas de Bellas Artes se preocupaban más por construir un discurso coherente con el que defender sus «ocurrencias» y vestirlas de arte que en “dominar las técnicas y en domar los materiales. Por eso era tan extraordinario que nuestro amigo, el único artista lúcido de nuestro grupo, se llamase casi igual que Marcel Duchamp, el genial padrino de todos los descreídos.”

 

Salvo un capítulo que queda algo discordante, porque usa un estilo y un tono completamente distinto al resto del libro, poniendo una nota de dramatismo y en este caso, de directa implicación autobiográfica (en el que trata la infancia y adolescencia del narrador/autor), el resto de capítulos giran alrededor de esa famosa noche en la que el narrador tenía intención de asistir a un concierto de Gillespie pero no pudo ser. Engarzando personaje con personaje, o espacio tras espacio, va deslizando capa tras capa de pintura: apartamentos, estudios, bares, tugurios donde el narrador se reúne con sus amigos, desfilan a la vez que aparecen nuevos personajes y el lector va conociendo sus vidas a pinceladas, transparencias y manchas, resaltando lo principal de cada uno. Transitan desde artistas que pintan con sus excrementos, a músicos que van de hombre-orquesta, monjas en año sabático enamoradas de actor porno, coleccionistas de naderías, cocinero con pájaro, pequeños traficantes y drogotas ingenuos, strippers “neo-guturalistas”, fotógrafos ciegos, artistas miméticos con nombre de dictador, poetas, pintores gourmets, etc.

“Músicos, escritores, bailarines, actores, filósofos, pintores y toda aquella caterva de bohemios y de cazadores de fracasos eran mis hermanos de aventuras. Entre ellos se contaban muchos alucinados y chicos que estaban de forma permanente al borde del hallazgo, pero también había gente dispuesta a hacer sus maletas en diez minutos, sin hacer preguntas, si alguien le proponía que le siguiese en una correría disparatada.”

Amílcar es uno de los personajes que sirve de aglutinante de esta colección de pigmentos: chileno, forofo de Chavela Vargas, que regenta un mini-restaurante mugriento donde el narrador ha pintado por encargo un enorme retrato de Chavela en una de las paredes. Allí la tropa de amigos se reúne a cenar siempre el único plato del día, acunados por música sudamericana, o a simplemente pasar un rato, fumarse un canuto o telefonear gratis a Sudamérica. En la cocina está Lázaro, un cubano exiliado, y en su jaula o volando está el periquito azul turquesa al que llamaban Apollinaire, cuya jaula, siempre abierta dejaba al ave revolotear libremente por el local.

Como anuncia el título, el conjunto de narraciones y personajes gira en torno a lo que sucedió una noche. Una noche que reunirá a todos o a casi todos los personajes que han ido desfilando a lo largo del libro. Una noche en la que todos han de cambiar sus planes para acudir a un lugar donde ha sucedido una tragedia.
Pero las tragedias de estas historias son tragicómicas. Todo el libro está escrito en tono de humor, con una fina ironía que a veces llega al humor negro, tan español, o con cierto matiz escatológico, que también. El mundo del arte con minúscula, el submundo de la bohemia y de los que viven bajo mínimos arropándose bajo el manto del arte o las artes, en general: autodidactas, timadores, ingenuos, vividores, aprendices de vida.

En algunos momentos la ironía del autor deja traslucir una crítica feroz a determinados caraduras y determinadas concepciones del arte…jugando con las palabras y con los nombres, como con el pintor que decía llamarse Marcel du Champ, y que, “al contrario que los artistas que acostumbrábamos a frecuentar, no otorgaba ninguna importancia a la calidad de su obra, ni buscaba instruirse, ni alimentaba aspiraciones de éxito o de reconocimiento. El único motivo que le empujaba a continuar con la práctica de la pintura era el hedonista. ” “A menudo comentábamos que aquello no podía ser sino un objet trouvè póstumo o una broma postrera del padre del Dadaísmo. ”
En suma, es una pintura de imágenes esperpénticas, con un nivel muy alto de fino humor, combinado con muchos toques de ternura hacia personajes a los que trata, en general, con cariño, sobre todo a aquellos que ejerciendo opciones que rozan la delincuencia o un estatus moral conflictivo, lo hacen con su mejor intención o porque no tienen más remedio. Resulta un libro entretenidísimo y más empeñado en pintar historias, componer un fresco con la vida artística y juvenil. De estilo llano y directo, aparentemente sencillo, encierra mucho humor y la crítica que contiene requiere un fino trabajo de bolillos, para expresar con sutileza ideas e imágenes cargadas de contenido y presentarlas de modo divertido y jugoso al lector, y que éste pueda leer entre líneas.

Antonio Tocornal (1964, Cádiz) Cursó estudios de Bellas Artes en Sevilla y tras una larga estancia en París, se instaló definitivamente en la isla de Mallorca. Comenzó a escribir en 2010. No lo hizo antes porque estuvo ocupado leyendo durante unos cuarenta años y porque quizás tampoco tenía mucho que contar.

 

Fuensanta Niñirola

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