El señor Nakano y las mujeres de Hiromi Kawakami

Hay narraciones que atrapan, pero no por su ritmo frenético o por su impredecible desenlace, sino por la armoniosa cadencia del texto, por la sutileza de las descripciones o por la humanidad y cercanía de sus personajes. Esta segunda opción es la elegida por Hiromi Kawakami, que incluso es capaz de redondearla con un lenguaje cuya sencillez es el vehículo expresivo idóneo para que, libre de excesos verbales, podamos sumergirnos en una lectura directa y sin obstáculos.

Además de esta contención formal, también encontramos en los textos de Kawakami otras características que comparte con algunos miembros de su generación, como la pertinaz soledad de los protagonistas o su juventud e ingenuidad. Pero mientras que con la sobrevalorada Yoko Ogawa asistimos a un desarrollo excesivamente simple y predecible, aquí se nos ofrece la refrescante sensación de que casi todo es posible. Lo que en Banana Yoshimoto es a veces angustia existencial, ahora es serena aceptación. Y en lugar del abandono a la fatalidad de los personajes de Kyoichi Katayama, los de Kawakami se aferran a las posibilidades que la vida ofrece. Y todo esto sin olvidar que aquellos rasgos comunes están también presentes en la obra de Murakami, hermano mayor de la generación, cuya sobria y clara escritura se ve complementada con una fecunda imaginación para la representación alegórica, y cuya responsabilidad en el creciente interés por la literatura de su país parece indudable.

Un grupo de escritores, pues, con unos presupuestos estéticos y literarios de los que nada falta en El señor Nakano y las mujeres, publicada originalmente en 2005, y que nos llega ahora mediante la traducción de Marina Bornas Montaña, habitual responsable de transmitirnos la delicadeza del lenguaje de Kawakami. En este caso para presentarnos a la narradora, Hitomi, y al tímido e inseguro Takeo, trabajando en la tienda de objetos de segunda mano del señor Nakano, a la que también suele acudir Masayo, su hermana, inquieta artista dedicada últimamente a la confección y exposición de muñecas. Un entorno ideal para el contacto humano y el intercambio material, verdaderas vías de transmisión de historias y afectos.

También encontraremos aquí, como en El cielo es azul, la tierra blanca, la obra más conocida de Kawakami, referencias culinarias, así como desencuentros sentimentales entre la pareja protagonista. En aquella, formada por una solitaria mujer madura y su antiguo profesor, y ahora por los jóvenes ayudantes del señor Nakano. Y de nuevo intuiremos la invisible presencia de la muerte, en este caso, en los trastos de la tienda que, adquiridos al fallecer sus propietarios, parecen ser más perdurables que aquellos, pasando de persona en persona como si de un fenómeno de transmigración se tratara.

Y es que, además, esos objetos adquieren un protagonismo especial, tanto los ya expuestos en la tienda, como los que ofrecen todo tipo de personajes: la armadura y el casco propiedad de un supuesto yakuza, el cuenco maldito del que quiere desprenderse su atormentado dueño, las fotos de desnudos que pretende vender el marido de la desdichada mujer que sirve de modelo, o la antigua botella de ginebra anhelada por el señor Nakano, y a cuya subasta asiste con sus ayudantes y con su amante Sakiko, autora de un sugerente relato erótico que deslumbrará a Hitomi tanto como  la luz que escapa de la fotocopiadora.

Kawakami recurre a ese tipo de concordancias para, como complemento a su propuesta minimalista, describir, a través de su narradora, pequeños detalles marginales que, en algunos casos, pueden servir para ilustrar los sentimientos de los protagonistas, como la abeja que se cuela impetuosamente en la tienda, el leve crujir de un papel en un silencio compartido, o el tintineo de una taza al chocar con el cuello de una botella. Elementos aparentemente accesorios que, sin embargo, parecen aludir a la intempestiva furia, la serena introspección o la risa desbordada de alguno de los personajes. Pero será Masayo quien aporte el elemento reflexivo, planteándose cuestiones como los cambios que sufre una relación con la paulatina desaparición del deseo, o la necesidad ineludible de expresar nuestros sentimientos cuando aún se está a tiempo.

Una novela, en fin, que sin necesidad de sacudir al lector en su asiento, contiene elementos suficientes para estimular su sensibilidad, otorgando protagonismo tanto a los elementos humanos como a los materiales en un todo interrelacionado de inconfundible sabor zen.

Escrito por Hiromi Kawakami

Hiromi Kawakami (Tokio, 1958) estudió Ciencias naturales y fue profesora de Biología hasta que en 1994 apareció su primera novela. Sus libros han recibido los más reputados premios literarios, que la han convertido en una de las escritoras japonesas más leídas. En esta editorial han aparecido sus novelas El cielo es azul, la tierra blanca (2001; Acantilado, 2009), que recibió el Premio Tanizaki, Algo que brilla como el mar (2003; Acantilado, 2010) y El señor Nakano y las mujeres (Acantilado, 2012), así como el libro de relatos Abandonarse a la pasión (1999; Acantilado, 2011).

Ficha técnica

Traducción: Marina Bornas Montaña
Páginas: 240
Precio: 22.00 €
Hitomi entra a trabajar en una tienda de objetos de segunda mano en Tokio. «Esto no es un anticuario, sino una tienda de segunda mano», le advierte el señor Nakano el día en que hace la entrevista. Allí está Takeo, el joven asistente con quien inicia una extraña relación, y Masayo, la hermana del propietario que hace exposiciones con muñecas y cuya vida sentimental atormenta al señor Nakano, que se mantiene vigilante sobre todo y a quien pierden las mujeres. Un grupo que vagamente podría parecer una familia. Cronista delicada y elusiva, Kawakami nos ofrece en este libro, además de la historia entre Hitomi y Masayo, una sucesión de ventanas abiertas al Japón contemporáneo, en el que conviven los objetos de una tienda extravagante con la vaga melancolía de unos hombres y unas mujeres que nunca consiguen ser felices del todo.

Reseñado por Rafael Martín

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