EL CAPOTE de NIKOLAI GOGOL

Este es un entrañable relato que el gran escritor ruso Gogol publicó en 1842 y que ahora Nórdica nos presenta en una edición magníficamente ilustrada con unos dibujos muy imaginativos y expresivos. Llevada también magníficamente al cine por Alberto Lattuada (Il capotto, 1952), el narrador cuenta la historia de un insignificante y oscuro funcionario, Akaki Akakievich, cuya anodina existencia consiste en  copiar constantemente todos los documentos que le proporcionan sus superiores, la gente importante, en una oficina de la administración pública. Ante la oferta de subir un escalafón y ampliar sus actividades prefiere seguir como hasta el momento, cumpliendo su rutina, que por otra parte es lo único que sabe y le gusta hacer.

Pobre de solemnidad, este segundo Bartleby –algún parecido podría encontrársele con el personaje de Melville o incluso con el Samsa kafkiano, como sugieren en la contraportada― repite diariamente los mismos ritos, inasequible al desaliento, ignorando las burlas de sus compañeros de oficina y al desprecio de sus superiores. Pero un día la gota rebasa el vaso y se da cuenta que ha de cambiar de capote, se acerca el invierno y  en Rusia no es una broma ir sin un buen abrigo. Su capote ya no da más de sí; pero tampoco su bolsillo, a pesar de que tiene algún dinero ahorrado con grandes esfuerzos, resulta suficiente para pagar al sastre.  Éste, sin embargo, es un personaje muy gogoliano, un vivalavirgen que lo mismo exprime que regala la ropa que cose. Finalmente llegan a un acuerdo y nuestro hombre encarga su ansiado y necesitado abrigo, tras meses de ahorro y estrecheces.

El capote se convierte no sólo en una necesidad invernal, sino en todo un símbolo. El capote lo encarga como los mejores, como los que llevan sus jefes en la oficina, eligiendo un buen paño y confeccionándolo a la manera de los que ve llevar a aquellos que ocupan un escalafón superior. Le parece ascender de posición al llevarlo; Akaki se siente muy feliz, como si se hubiera convertido en otra persona al vestirlo; pero no sólo  por dejar de pasar frío e ir bien abrigado en las gélidas mañanas petersburguesas, sino porque llevar el capote nuevo y a la moda burguesa supone un progreso, un aparente nuevo escalón de nivel de vida, aunque al llegar a casa haya tenido que acostarse sin cenar y hacer muchos sacrificios para poder pagarlo. Incluso, con su nueva vestimenta es invitado a una pequeña fiesta junto a sus compañeros de oficina, para celebrarlo, y aunque él preferiría no ir, se ve impelido por la nueva posición que parece haber adquirido de pronto.

Sin embargo, la felicidad dura poco y la vida de los pobres es corta. La desgracia siempre se ceba en ellos y así le ocurre a nuestro pobre funcionario. En la parte final del cuento  Gogol se manifiesta  en su aspecto más imaginativo, y la fantasía se abre paso, entrando ya en lo legendario, como en sus mejores cuentos, Las veladas en un caserío de Didanka, donde fantasmas, aparecidos, demonios y duendes hacen un desfile por sus páginas. En este caso, el propio Akaki se convierte en aparecido, que aterroriza a todos aquellos que disfrutan de sus capotes y sobre todo, al «personaje importante» que le ha negado su ayuda y le ha despreciado públicamente.  Con una parte de fábula moral Gogol quiere mostrarnos la venganza de este personajillo que no perdona a los que le han humillado hasta que los pone en la circunstancia de comprenderle.

Muy bien ilustrada, como digo, por Noemí Villamuza, cuyos dibujos a grafito mostrando figuras que se interrelacionan muy bien con el texto, siguiendo muy de cerca el tono imaginativo de la narración, creando imágenes con una cierta influencia del artista ruso Chagall.

Ficha técnica

Ilustrador: Noemí Villamuza
Traductor: Víctor Gallego
PVP: 25 euros

El capote, escrito por Nikolái Gógol entre los años 1839 y 1841, y publicado en 1842, nos presenta a uno de los más conmovedores personajes de la Literatura: Akaki Akákievich Bashmachkin, un funcionario de la escala más baja de la administración civil, que se ve ultrajado por las injusticias sociales y la indiferencia egoísta de los fuertes y ricos, y cuyo destino es el de ser un «hombre insignificante». Akaki, para protegerse del gélido invierno de San Petersburgo, necesita un capote nuevo, pero cuando por fin lo consigue seguirá notando frío, el frío gélido que habita en los corazones de las personas que le rodean.
Este maravilloso relato y su protagonista tendrán gran influencia en la literatura posterior: Herman Melville y Franz Kafka nos presentarán a Bartleby y a Gregor Samsa, dos personajes descendientes directos de Akaki.
Las ilustraciones, que harán que este libro sea inolvidable para lectores de todas las edades, son de Noemí Villamuza, quien ya ilustró en esta misma colección El festín de Babette.

Reseñado por Ariodante

Escrito por Nikolái Gógol

Nikolái Gógol (Soróchintsi, Ucrania, 1809 – Moscú, 1852).
Escritor ucraniano en lengua rusa. Hijo de un pequeño terrateniente, a los diecinueve años se trasladó a San Petersburgo para intentar, sin éxito, labrarse un futuro como burócrata de la administración zarista. Entre sus primeras obras destacan Las veladas de Dikanka, Mirgorod y Arabescos.
En 1836 publicó la comedia El inspector, una sátira de la corrupción de la burocracia que obligó al escritor a abandonar temporalmente el país. Instalado en Roma, en 1842 escribió buena parte de su obra más importante, Almas muertas, donde describía sarcásticamente la Rusia feudal. También en ese año publicó El capote, obra que ejercería una enorme influencia en la literatura rusa.
Ilustrador / Noemí Villamuza

Noemí Villamuza (Palencia, 1971). Durante su infancia pasaba ratos estupendos dibujando, así que, llegado el momento, se fue a Salamanca a estudiar Bellas Artes. Vive en Barcelona desde el año 1998, utiliza bicicleta o metro para moverse por la ciudad y trabaja como ilustradora y profesora de futuros ilustradores.
Ya lleva más de veinticinco libros publicados, uno de ellos fue Premio Finalista Nacional del Ministerio de Cultura, y otros han sido editados en Corea, Estados Unidos o Japón… En 2007 recibió el Premio Junceda por sus ilustraciones para El festín de Babette.
Le gustan mucho los lápices suaves, vestirse de rojo y desayunar fuera de casa.

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